Altas paredes resguardan el olor a incienso. Piernas tembleques, ojos agazapados, oídos tensos escuchan con atención el regaño del Padre Héctor en la sacristía. Una tenue luz y un sangrante crucifijo, testigos incómodos del correctivo. La trémula voz de quien respeto. El dedo índice en lo alto. Una, ¿dos? venas zigzagueantes en el dorso de la mano izquierda hecha puño. Tenía diez u once años y le oía con llano interés, volaba por momentos a lugares menos funestos. Escondía en mis bolsillos el sudor de mis manos. Estando sentado, había cruzado plácidamente las piernas durante la homilía, graso error que un acólito como yo no debía cometer. ¿Por qué no? me atrevo a preguntar. Porque no, usted obedece y guarda las buenas maneras, recibo la respuesta tantas veces dada, respuesta que siguió surcando por la vida, respuesta que escuché, escuchamos, a lo largo de nuestros días: la familia, la escuela, la calle, la iglesia, la fábrica, la empresa, el gobierno, El Sistema nos educa para callar y obedecer, para no cuestionar, para guardar “las formas’ revestidas en conformismo.

El “por favor”/ “gracias” dicho descomedidamente, el “mande usted” tan mexicano, el “discúlpeme” continuo, son, quizá, signos evidentes de un lenguaje que refleja el grado de programación no sólo lingüística, sino de actitud ante la vida, ante la suciedad de nuestra sociedad. Y entonces, cuando algunos/as logran brincar esas barreras de pulcritud autoimpuesta, cuando algunos/as deciden gritar y salir de los cánones, quebrar supuestos, quedar expuestos, cuestionar medidas, decir ‘no’, cruzar las piernas ante la verborreica homilía de el Sistema, entonces las buenas conciencias se ofenden.

Se ofenden porque un grupúsculo radical intenta incendiar la puerta de Palacio Nacional sin ver que el fuego que realmente quema las entrañas es el del hambre de 53,3 millones de mexicanos pobres.

Las buenas conciencias se ofenden cuando una valiente dama hace llegar al presidente Peña Nieto una nota que calza la leyenda: “Pida perdón”. No es el lugar ni las formas, dicen. Entonces hay que preguntarnos, ¿cuáles y cuándo se dan esas formas ante un títere resguardado por decenas de soldados, que no sabe andar a pie más que en helicóptero, que no piensa si no es con telepromter?

Las buenas conciencias se avergüenzan de que el joven Adán Cortés haya interrumpido la premiación del Nobel de La Paz en Oslo blandiendo una bandera ensangrentada. La laureada Malala Yousafzai pasó del asombro a la solidaridad. “Que vergüenza”, dicen. Vergüenza es que tengamos un puñado de familias que controlan el poder y la riqueza nacional, vergüenza es la desigualdad que cala en este país. En México existen 16 personas con más de mil millones de dólares y poco menos de tres centenas apenas por debajo de esa cifra. Lo anterior se traduce en que el 1.2% de la población posee la mitad de la riqueza total del país. Según un estudio de Intermón Oxfam, si Carlos Slim decidiera gastarse sus 73mil millones dólares necesitaría derrochar un millón de euros diarios durante los próximos 220 años, esto sin tomar en cuenta los intereses que cada día gana. Esto es vergüenza. Más allá de la riqueza desmedida, la desigualdad lacerante que ignoramos.

 Las buenas conciencias se molestan cuando se bloquean las calles en busca de que la solidaridad fluya. No alcanzan a ver que el problema de circulación no está en las avenidas sino en los pasillos de Palacio, en una pirámide poblacional que tiene atascados a los de más abajo sin más salida que la puerta fácil, la de la delincuencia que compra vidas jóvenes por un puñado de pesos y unas cuantas ilusiones.

Amamos las buenas formas, la buena educación, la formalidad y la legalidad que no existe. Nos vendieron falsos sueños, como espejitos de conquistadores. Por años, esta nación luchó y sangró por elecciones limpias. Bajo la dictadura del PRI pensábamos que el día que tuviésemos elecciones transparentes, creíbles y verdaderas, ese día, como por arte de magia, arribaríamos a eso que Occidente vende como Democracia. Graso error. Elegimos, sí, más o menos, libremente –bajo auspicio de Televisa–, a una bola de orangutanes (con el perdón de la fauna) que sólo utilizan sus puestos para desgobernar, exprimir, traficar y robar. Elegir entre una bola de pelafustanes no significa libertad política. Hay que buscarla en la calle, bajo otras formas, bajo otro cielo, bajo otro México.

Si el país se resquebraja, se cae en pedazos; si la clase gobernante es lo que es; si las buenas conciencias no arreglaron nada con las buenas maneras, entonces al carajo con las buenas formas, al carajo con la buena educación, al carajo con las intuiciones, con lo que no funciona. Salga a la calle, únase al Paro Nacional, blandee banderas ensangrentadas en foros internacionales, vuélvase revoltoso, diga “ya basta” en lengua tzental, deje los ‘Me Gusta’ en Facebook por los me disgusta frente al poder y sus lacayos; tenemos más de 43 razones para ser “maleducados”.

Si las buenas maneras no funcionan, si lo políticamente correcto está en desuso, entonces, a la chingada con ello.

Posdata en botella de mar

Como en el cuento de Andersen, los tramposos sastres de HIGA transparentaron la estupidez del rey. Lo vemos ahora desnudo, corrupto, tal y como siempre ha sido.

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