Me gusta que la música suene natural, casi desnuda, lejos de la parafernalia a la que muchos artistas acuden para encubrir inseguridades o falta de talento. Cuántos arreglos instrumentales han  acogido en su seno la mediocridad. La sencillez es un valor. Un asunto de valientes en un mundo contemporáneo y sobre edulcorado. Todavía siguen grabándose los famosos desenchufados que MTV puso de moda en los noventa, donde, en numerosas ocasiones, lo único que se hace es intercambiar instrumentos eléctricos por acústicos, sin que el formato aporte nada nuevo.

No hace mucho escuchaba una versión acústica de Back to Black interpretada por Amy Winehouse. La acompañaba un guitarrista. No hacía falta más. Su voz dominaba el escenario y los giros vocales conmovían. Una interpretación como esa, pienso ahora, sólo puede ser fruto del contacto con la vida y esa extraña forma que tienen algunos de mancharse con ella. Una canción es un ensayo fugaz de inmortalidad, una manera de hacer frente a los deseos inexpugnables del tiempo. Cuando el virtuosismo desaparece, queda la experiencia tamizada por el sentimiento humano. En esa voz de suavidad rota de Amy, también se puede reconocer el latido palpitante del blues. Sin dolor no hay poesía.

Hay infinidad de cantantes/artistas que se asomaron a lo más profundo de sí mismos. Desde allí drenaron su espíritu y regresaron aquí arriba con una canción entre los labios. Para hacerlo no necesitaron más que una voz propia y un instrumento con el que dejarse acompañar. Pienso en John Lennon y un disco que reunía parte de su legado en solitario, interpretado con una guitarra acústica. Pienso en Robert Johnson, con toda la humedad del Mississippi pegada a sus ojos, y la voz dulcemente endemoniada. Pienso en Kurt Cobain cantando In Bloom con rabia contenida mientras el sonido metálico de una Fender sin enchufar amortigua el lamento del rubio de Aberdeen.

En estos tres casos las canciones fueron recogidas en grabaciones extemporáneas a la luz de una pequeña aparato que capturó el momento íntimo y verdadero. En esas maquetas, o discos de baja calidad en cuanto a sonido, está el germen de la verdad de su música. Refleja el talento en bruto que surge de una aflicción difícil de reparar o de un anhelo incombustible. Se canta a lo que se pierde. Si la vida es plena, plana, completa, para qué vas a cantar. Que se lo digan a los flamencos. Por eso es fácil reconocer a los impostores que vienen a tararearnos al oído sus estribillos manidos e impostados. Una cosa es quejarse, hacerse el artista, y otra, llorar de verdad.

 

@cercodavid

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