Juguemos a los supuestos. Si hay un país que vive con intensidad el fútbol es Argentina. Si señalamos la bandera que vive el rock con más intensidad apuntamos a la albiceleste. Si existe un lugar donde la guitarra eléctrica da patadas al balón son las cuadras de Buenos Aires. Si se idolatra a un futbolista en el gigante sudamericano, ése es Diego Armando Maradona. Si nos susurra la voz del rock argentino escuchamos a Andrés Calamaro (con el permiso de Charly, Fito o Spinetta). Si todos estos supuestos no fuesen ciertos, al menos en parte, tantos futboleros amantes de la música que nació del blues no habrían podido tararear aquellos versos que hablan de “un hombre pegado a una pelota de cuero”, “con el don de tratarle muy bien al balón” y “con un guante calzado en el pie del lado del corazón”.

Maradona es el ejemplo preclaro de cómo el fútbol invade la poesía de Calamaro. En menos de dos minutos, al ritmo de una animada sección de vientos que levantaría a cualquier grada, el músico bonaerense resume la trayectoria y magia del mítico ’10’ del Nápoles y Boca (y que no se enfaden las doces de Sevilla o Argentinos Juniors). El tema dedicado al astro argentino (incluido en su disco Honestidad Brutal, 1999) es solo una muestra de una vastísima carrera musical donde la pelota aparece y desaparece en las letras y acordes de los temas de El Salmón, el apelativo por el que se conoce al ex vocalista de Los Rodríguez. Una espiral que habla de la simbiosis que se da en Argentina entre el deporte rey y el hijo del blues y el country. El rock se adueñó del planeta USA en los 50 y luego descendió a las pampas patagónicas, creándose un nidito irreductible en Rosario o Baires, donde el balompié era una novedosa religión necesitada de una música electrificante para agrandar su sombra.

Pero el bandoneón y la guitarra española también podían oler el pasto. El Palacio de las Flores (tema del trabajo homónimo editado en 2006) nos sumerge claramente en la edad dorada del Club Atlético Independiente, el mejor equipo sudamericano de los 70. Sus cuatro Libertadores entre 1972 y 1975 así lo atestiguan.

No me interesaba la pelota,
iba a San Telmo a comprar cosas viejas y rotas,
pero el papá de un compañerito
nos llevaba a ver a Independiente
Era la época de Pastoriza,
Santoro y el Chivo Pavoni

En su infancia, aquel chico de cabello oscuro y ensortijado vivió los éxitos de la elástica rojiblanca de Avellaneda mientras hilvanaba sus primeros temas. Pero más que un retablo poético sobre los éxitos de Independiente o del ambiente futbolístico de uno de los barrios bonaerenses más conocidos, El Palacio de las Flores es un recorrido por el barrio de Retiro, un paseo por la calle Basavilbaso, una reflexión sobre la Argentina tardoperonista que tanto prometía y que tan en bandeja dejó el control de la política y de la sociedad a unos militares ávidos de sangre. Para conocer el latir balompédico de Avellaneda hay dos opciones audiovisuales clarísimas. Una es el reportaje de Jon Sistiaga sobre las barras bravas, donde se retrata la peor versión del aguante y aliento del hincha. Allí, en un plano precioso, aparecen los estadios de Independiente y Racing, separados por menos de un kilómetro en ese océano urbano en el que vive la mitad de la nación argenta, metáfora de la pasión que despierta el esférico de cuero. La otra cita ineludible es la película Luna de Avellaneda, filme de Campanella en el que Ricardo Darín Eduardo Blanco (¿quiénes si no?) se desviven por salvar de la desaparición en pleno corralito a un club deportivo, vecinal y modesto, que se va a pique medio siglo después de haber sido fundado por unos galleguitos a los que da vida, como superviviente del trío fundacional, un José Luis López Vázquez brillantemente argentinizado.

El fútbol ha sido un Guadiana en la vida musical de Calamaro, quien cuando se mudó a España cambió el rojo independiente por el blanco del Real Madrid, ni que fuera para darle pimienta a su amistad con Joaquín Sabina. Dos años antes de El Palacio de las Flores, en 2004, el álbum El cantante llevó al artista a darle su particular barniz a algunos de las canciones más emblemáticas de la música hispanoamericana. Entre ellas, coló un par de composiciones propias. Una de ellas fue Estadio Azteca, firmada a pachas con Marcelo Scornik. Las explicaciones sobran. El “gigante” con el que se quedó “duro” Calamaro es el mismo donde Argentina jugó los cuartos, las semis y la final del Mundial de México ’86. Las notas iniciales, con el piano desnudo, siguen siendo un clásico en sus conciertos, un momento de conexión entre el ya cincuentón rockero-cantautor y las miles de personas que siguen abarrotando estadios poseídas por la ronquera sempiterna de Andrelo.

Para los desmemoriados, un tal Diego marcó el gol más recordado de la Historia, se permitió el lujo de engañar al árbitro con un remate de voleibol que se deificó y levantó la segunda Copa del Mundo para los argentinos. Hasta ahora, la última. Sin embargo, si hay unos versos que mejor definen el idilio entre la música de Calamaro y la cancha futbolística son esos en los que se declara miembro de la “generación que vivió el Mundial ’78”. Cuando Argentina albergó el evento más importante del fútbol mundial, el cantante daba sus primeros pasos en la música con 17 años y eso lo plasma en sus Crímenes perfectos (un corte de Alta Suciedad, álbum con el que se consagró en solitario en 1997 después de abandonar a sus rodríguez).

Calamaro frisaba la mayoría de edad convulsa en un país convulso, que vibraba con los goles de Kempes mientras las tropas del dictador Videla hacían desaparecer a disidentes en dependencias de muerte y tortura no tan lejanas de los estadios. “Me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor” define el bonaerense, diseccionando con precisión de cirujano la idiosincrasia de un país único para bien o para mal. Ya lo avisaba con candor infantil en la estrofa de El Palacio de las flores en la que explica qué pasó con el padre de su amigo, el hincha que le llevaba a ver a Independiente.

[…] y el viejo de mi amigo que vivía en Ciudad de La Paz
fue desaparecido y no lo volví a ver más
Ojalá que estén vivos y bien
en el país de síganme
“síganme, no los voy a defraudar”
adónde, donde se cagó un conde
adonde los capos los crucifican
primero míralo al número 10,
pero no basta con abrir los ojos
para darse cuenta de todo a la vez
Cuidado con las palabras que terminan con ina,
yo también quiero mucho a Argentina
aunque nadie me preguntó si en Argentina quería nacer,
donde el que no come se deja comer
La turrada que nunca termina
ina, guillotina, anfetamina y alquitrán
Cómo nos dan, cómo nos dan en Argentina,
nos dan Boquita y ritmo tropical
y base para la latita en el extrarradio y en Capital

Sin duda, las canciones calamerescas demuestran que el salmón y la pelota forman una receta deliciosa para el oído. Disfruten y grítenlo, como si estuvieran en el Monumental, la Bombonera… o el Estadio de la Doble Visera del Club Atlético Independiente de Avellaneda.

***

Epílogo

Reeditar un artículo no es tarea fácil. Conlleva enfrentarse con la escritura del pasado. Este texto, en concreto, tiene un lustro de antigüedad. En la relación de vídeos que aquí se adjunta, unas imágenes seguían siendo desconocidas para mí en 2010, pese a que datan de 1994. Son necesarias para reafirmar la tesis principal: la pelota y las seis cuerdas siempre han ido de la mano en la patria de Borges, quien, por cierto, odiaba el fútbol, al contrario que los literatos uruguayos Benedetti y Galeano. Argentina is different. Por lo menos, a España. Ni madre patria ni leches. ¿O se imaginan a la estrella de la selección hablando en Barajas con dos rockeros de éxito horas antes de partir hacia un Mundial de fútbol? Eso es lo que hace Diego Armando Maradona con Fito Páez y Andrés Calamaro en Ezeiza, durante el invierno austral del 94, poco antes de emprender camino hacia Estados Unidos y enterrarse deportivamente tras su segundo positivo. Antes de la desgracia, el popular tridente se desea suerte, deportiva y musical. Impera el colegueo y el buenrollismo. No haremos valoraciones sobre el estado etílico del trío; tampoco especularemos sobre si consumieron o no alguna que otra sustancia prohibida. Se canta Salud, dinero y amor. Todo un hit de Los Rodríguez, el grupo que la partía a un lado y otro del charco con su mezcla de rumbosidad y rockerismo ilustrados. Lo interpreta canta Calamaro con una guitarra, acompañado a los coros por su colega de Rosario, mientras el de Cebollita les pone el micro –sí, antes de La noche del 10 ya le tocó a Diego hacer de periodista– y hace esfuerzos para no empaparse de baba. Maradona nació para ser cantado, pero eso ya será carne para escribir otro artículo.

www.youtube.com/watch?v=1wYSbh3CU6Y

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