Esta historia empieza en una colorida pantalla de título y termina en una muerte entre orines. Mi psicóloga me advirtió de que debía centrarme en mis problemas, conocerme a mí mismo, todas esas cosas. Pero yo decidí instalar Los Sims 4, un videojuego que te anima a crearte tu propia casa de muñecas, con pequeños seres humanos que pululan por ahí y cagan y comen y follan y a veces huelen mal. Puedes crear a quien quieras, pero mi sadismo me anima a hacerme un homúnculo a mi imagen y semejanza: le pongo mi barba y mis gafas, el pelo que quisiera tener, y ropa entre siniestra y elegante. Es escritor. También le gusta pintar. Qué criaturilla. Es mi responsabilidad que cumpla los sueños que yo no me atrevo a afrontar.

Ese maldito monigote es mucho mejor que yo, escribe novelas a toda velocidad; a las dos horas de juego ha hecho más amigos que yo en un año. Les habla en un lenguaje incomprensible que obedece a los comandos de mi ratón. Adulaciones, chistes verdes, bofetadas, besos, o debates sobre estrategias de ajedrez. A veces tengo la oportunidad de elegir una “conversación profunda”. El homúnculo habla como un disco invertido y yo entiendo que esto significa algo para él.

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“No importa si pinto mierda, lo importante es hacerlo con ilusión”

A las cinco horas ya tiene una extensa obra literaria, aunque la mayoría consiste en libros infantiles con títulos como No te duches con el cura, Tus padres son hermanos o TEO va a la BBC y no regresa. A las seis ya ha conocido a un seductor latino llamado Juan Tenorio; en unos minutos están prometidos: en Sim City el matrimonio igualitario se aprobó en el 2000, también en eso nos superan.

A las siete me doy cuenta de que debería comer algo, pero no sin antes comprar ese horterísimo sofá duboir para acompañar mi piano de cola. A las ocho me invade una enorme sensación de vacío. Me fumo un cigarrillo frente a la ventana, cierro los ojos y veo a los pequeños monigotes saliendo de sus casitas, trepando por mis piernas, arañando mi cara. Estoy en el infierno. Me vuelvo a sentar frente a la mansión, siento náuseas. Este miniyo se ha casado con Don Juan Tenorio, ha publicado sus libros, ha vendido sus cuadros, y tiene un estudio de gentleman con vitrola, violín y decoración de jazz.

A las nueve horas me digo que quizá si fuera laborioso como él, tendría una gramola y una máquina de escribir antigua, qué debería cerrar el juego y salir ahí fuera, con andares gallardos y actitud jubilosa, listo para recibir el maná. Llego hasta el supermercado y me compro una botella de vino. A las diez horas soy una fuente de odio. El estómago me arde como si me hubiera comido un dragón. Odio a mi criatura, su felicidad me hace sentir vacío. No entiendo por qué está tan contento, a estas alturas su vida es un reloj rutinario de inspiración y seguridad, y sin que yo se lo ordene se pone a escribir libros de autoayuda. Libros de puta autoayuda, ¿cómo puede respetarse a sí mismo como autor? Este juego quiere que ponga visillos blancos y tome criada.

A las diez horas decido matarle; romperé sus ventanas y quemaré su coche. Creo a un vecino especial para él, le llamo Ángel Maldoror, y es un completo psicópata aficionado a los esteroides y las cenas precocinadas. Disfruta humillando a los demás, está completamente loco, habla solo delante del televisor. Está convencido de que su vida está controlada por un ente superior, es decir, yo. Y tiene razón. Es mi asesino a sueldo. Pero a diferencia de la mayoría de videojuegos, Sims 4 no me permite asesinar directamente. Son necesarias técnicas más sutiles, y Ángel es como una Rebecca De Mornay con perilla negra: atrapado en un thriller sexual de principios de los noventa, seduce a mi homúnculo y produce una crisis matrimonial. Don Juan Tenorio está viejo y deprimido, además de muy débil, y Ángel viene cada día a humillarle.

A las once horas mi venganza está preparada. Don Juan Tenorio está atrapado en una habitación llena de chimeneas, velas y cocinas eléctricas. Es sólo cuestión de tiempo antes de que el fuego purificador del Señor de la Luz reclame este sacrificio. Por fin mi homúnculo está triste, y a veces tiene que encontrarse al fantasma de su marido cornudo recriminándole su affair con el sociópata culturista.

A las doce horas he orquestado una perfecta sinfonía de muerte. Miniyó se ha recuperado del duelo, y está listo para consumar su atracción fatal con Ángel. Cocinan un enorme banquete para la boda, invitan a todo el pueblo, todos ríen y hablan de frivolidades y toman bebidas no alcohólicas mientras bailan al ritmo de un pop infernal. Tomo control de Ángel y le humillo delante de todos los invitados, el homúnculo se siente avergonzado, y este es el momento clave: decido destruir por entero el lavabo y sellar la sala, convirtiendo mi casita de muñecas en una recreación colorida de El Ángel Exterminador.

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Mi Sim se mea encima. Se echa a llorar, se hace un ovillo y muere de vergüenza en un charco de orines. Humillado hasta el último estertor. Me enciendo un cigarrillo para celebrar mi triunfo. La muerte se lo lleva delante de los sollozantes invitados. Todos están tristes menos Ángel, que se pone a flirtear con la dama de la guadaña, él que se ha quedado sin mojar. Este evento es recordado en el pueblo como la Boda Amarilla.

No sé si los Sims 4 está intentando decirnos algo sobre la condición humana, la vorágine consumista, la inevitabilidad de la muerte o las ventajas de comprar electrodomésticos de calidad para evitar morir consumido por las llamas. Pero creo que todos los juegos, esencialmente, nos dicen algo de nosotros en función de cómo los jugamos. Hay jugadores violentos y pacifistas, meticulosos o impacientes. Los Sims 4 ha conseguido que ganar sea ver a un facsímil de mí mismo muriendo por mearse en su banquete de bodas. Ahora, si me lo permiten, me voy a jugar a algún juego normal, de esos de disparar a gente en la cara.

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