La enajenación altiva de la poesía es, en síntesis, lo que plasma Jaime Chávarri en su radiografía de los Panero y, por extensión, del tardofranquismo. Este pseudocumental cuenta como protagonistas con la mujer del poeta, Felicidad Blanc, y sus tres hijos: Juan Luis, Leopoldo Mª y Michi. El retrato se prolonga durante casi dos años de filmación mientras los miembros vivos de este clan destilan sus recuerdos, miserias, rencillas y excentricidades. Una fotografía familiar que pone de manifiesto cómo la lucidez suele ser antagónica a la felicidad; cómo las mentes brillantes no suelen bordear la locura sino que son capaces de franquearla; cómo el patriarcado casi tiránico en torno a la figura de Leopoldo Panero padre condicionó y determinó a unos vástagos con su elevación engolada, tan cultos y tan lunáticos, de lastimero existir y admirable retórica.

Un intercambio fraternal de reproches, traumas y dardos, también dirigidos hacia una madre de sangre azul que, en su limbo, recibe –estoica– las andanadas fieras de su hijo Leopoldo, quién desprende un magnetismo tan cautivador que hipnotiza y perdura en el imaginario de la audiencia. Así ocurre en El desencanto, porque así es Leopoldo Mª Panero: poeta maldito, obtuso, rebelde, alcoholizado, deslumbrante y decadente. En un principio se mostró reticente a participar en la película, por ello, no aparece hasta ya mediado el metraje. Juan Luis y Michi discursean disfrazados con frívola elocuencia. Leopoldo, menos postizo, rezuma en cada intervención sus paseos por el infierno terrenal (e intelectual) en presidios y psiquiátricos. Los tres hermanos comparten verbo ampuloso, con fraseos referenciales en distintos idiomas, pero –a pesar del ingenio y artificio de (todos) los Panero–, en cada aparición del mediano, hay una sacudida en la conciencia del espectador:

“En la cárcel se rompe con la odiosa estructuración social del aislamiento, por lo cual es el único lugar donde es posible la amistad… que dura lo que dura el tiempo en prisión. La cárcel es el útero materno y fuera de él, el Yo se fortalece y empieza la guerra más inútil y más sangrienta, la guerra por ser yo, para lo que haría falta que el otro no existiera. Esto es lo que origina el intercambio de humillaciones, un intercambio mercantil que es el que estructura hoy la sociedad”.

Sirva como muestra del prisma refulgente, sórdido y repleto de aristas de Leopoldo, hijo, con esa voz aguardentosa y seseante de perfecto caballerete calavera.

Qué magnífica composición coral para describir la desintegración de una familia modélica del régimen franquista, cuya descendencia tal vez ya no trascienda más allá de las palabras impresas, los poemarios, las entrevistas o este documento audiovisual, que tuvo su segunda parte, Después de tantos años. Una demostración de savoir faire por parte de Chávarri en la dirección, Escamilla en la fotografía y Salcedo al montaje. Una creación que cala hondo, que no deja tibio y que sacude la cotidianeidad de los espectadores, desde 1976, cuando contemplan esta vitrina polvorienta donde una familia se diluye, en copas de Bohemia, entre las ruinas de la torre de marfil.

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