La rutina es un ataque suicida efectuado por nosotros, miembros de la unidad especial perteneciente al sistema, que nos obliga a ejecutar la misma obra casi todos los días: Aventar esa alarma que nos recuerda que estamos vivos y tenemos que marchar desde el planeta cama para sumergirnos en el abrazo de la ducha y la prisa por devorar el desayuno en una cucharada, cuando el autobús o el tráfico nos truenan los dedos.

–Cinco minutos más –decimos, mientras esquivamos los kamikazes y estiramos el cuerpo con algunos bostezos que lanzamos al techo como souvenir de resistencia.

Atrás han quedado las viejas prácticas de filosofar mientras miramos por la ventana como avanza la ciudad o cómo se detiene el tráfico para esquivar los daños que la automatización provoca. El consuelo ante tal muerte diaria, es tratar de sentirnos útiles al prostituir nuestra energía y tiempo un par de horas que pueden prolongarse según los designios de nuestros dueños temporales. Leer, delirar, ser trotamundos de la ciudad y las experiencias, pueden aliviarnos luego de mecanizarnos en cuanto dan las ocho matutinas y comenzamos a producir dinero, mientras la capacidad de asombro se ve opacada y reducida.

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Un lanzamiento de bombas desciende de los aviones y apuntan sobre cualquier transeúnte que va rumbo al destino Vida, pero es atacado por la automatización y de repente se ve agredido por un golpe de luz que regresa a las víctimas a una extraña esquizofrenia donde todos son monstruos que se reencuentran carentes de motivación.

“Uno tiene en sus manos el color de su día, Rutina o Estallido”, pensaba Mario Benedetti, pero la realidad nos dice que tripulamos en la realidad haciendo las mismas cosas una y otra vez lo que provoca que seamos nuestros propios asesinos al no buscar el cambio en la más mínima circunstancia.

No hay peor explosivo que uno mismo puede lanzarse que la rutina. Sin cuenta regresiva, los deberes vienen a asesinar el sentido de nuestra existencia cuando en palabras de Rosa Montero, la rutina nos ciega y solo vemos lo que creemos ver hasta el pesimismo y la mediocridad hacen de las suyas y funcionan como un escudo contra toda falta de predicción

La única salvación es renunciar a la monotonía y atreverse a ser emprendedor, al cabo que está de moda. Es increíble como se disparan los pensamientos estando lejos. La gran ciudad parece vigilarnos. Somos un puente entre sueños y fatalidades.

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