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Ilustración: Untaltoni

En la madrugada del 11 de enero de 2016, y sin previo aviso, David Bowie ha abandonado el mundo de los vivos. Tres días después de la publicación de su última obra discográfica, Blackstar y tras 18 meses de enfermedad, David Bowie fallece a los 69 años de edad, dejando en estado de shock a gran parte de sus admiradores. Su muerte misma se representa ante nuestros ojos como una última obra artística.

Superado el trauma, todo cuanto ha sucedido en su vida (y en su muerte) parece tomar la forma de una obra de arte compleja, valiente. El último sencillo publicado días antes de la publicación del disco lleva por nombre Lazarus, título que hace evidente alusión al pasaje de la Biblia que relata la resurrección de Lázaro, amigo de Jesús de Nazaret que vuelve a la vida ante el imperativo del profeta: “Lázaro, levántate y anda”. La canción se inicia con un verso que desde el día de su muerte, es estremecedor. Bowie canta: “Mirad aquí arriba, estoy en el cielo”. En su solemne video de presentación, el cantante, postrado sobre su lecho (de muerte) agoniza mientras levita. “Tengo drama, que no puede ser robado. Todo el mundo me conoce ahora”, sigue cantando el inglés. Entonces Bowie baila y se incorpora (como Lázaro resucitado), escribe mientras huye de una presencia oscura (la muerte) y sentencia: “Seré libre, como el pájaro azul”.

La obra de David Robert Jones es extensa y compleja. Desde 1967 no dejó de crear canciones, álbumes, espectáculos y videos que alimentaron la admiración y el respeto de miles y millones de admiradores y compañeros de profesión. Su música es un referente capital para entender tanto el fondo como la forma de la música contemporánea. De él se recuerda su increíble capacidad de mutar. Una cualidad inherente a la creatividad; la suya siempre fue desbordante. Esa naturaleza le llevó a crear una música revolucionaria en su momento, vanguardista y siempre fundacional de la música popular contemporánea. Sobre los escenarios, se presentó con infinidad de indumentarias y personajes, siendo su alter ego Ziggy Stardust, el personaje más emblemático de cuantos interpretó y protagonista absoluto del que quizás sea el álbum más venerado de su discografía The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, de 1970.

Años antes, en 1962 y con solo quince primaveras, aquel joven de Brixton formó su primera banda, The Konrads, mientras estudiaba arte, música y diseño. Más tarde se unió a The King Bees, con los que exploró la música blues, que en aquellos años desembarcó en el viejo continente desde Estados Unidos, influenciando profundamente a infinidad de jóvenes bandas británicas. Sin embargo, en 1967 y tras la publicación de un primer sencillo con The King Bees, el entonces llamado Devie Jones, cambió su nombre por el de David Bowie e inició su carrera en solitario con la publicación de su primer sencillo The lauthing Gnome. A continuación llegaría, ese mismo año, su primer álbum en solitario, de título homónimo.

Dos años más tarde se publicaba el primero de tantos himnos populares surgidos de las manos de Bowie, Space Oddity. Desde entonces, su carrera inició una andadura triunfal que lo llevó a convertirse en una leyenda. Llegó entonces el álbum The Man who Sold the World, que grabó junto a una banda bautizada como The Spider from Mars. Algunas de esas arañas de Marte eran Tony Visconti (bajo) y Mick Ronson (guitarra). El primero de ellos, fue durante toda la carrera del Duque Blanco, productor de muchos de sus mejores álbumes y parte importante de la revolución que han supuesto los discos de Bowie en la concepción actual del sonido discográfico. El segundo, compañero de fatigas, con el que coprodujo álbumes como el emblemático Transformer de Lou Reed.

El álbum que siguió fue el nombrado The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, que disparó la popularidad de Bowie y de su personalidad andrógina y espectacular. A partir de entonces el viaje fue vertiginoso con discos que surcaban estilos e influencias y que siempre contenían grandes canciones: Diamond dogs, Young americans, donde exploró sonidos provenientes del soul; Thin White Duke, donde Bowie interpretó a otro de sus famoso personajes, el Duque Blanco; Station to station, de nuevo explorando raíces negras; de ahí, en 1976, Bowie se marchó a vivir a Berlín y junto a Brian Eno grabó su, a la postre conocida como trilogía berlinesa, formada por Low, Heres y Lodger.

En los 80, Bowie estandariza sus formas para crear y publicar, Scary monsters, y los bilables Let’s dance y Tonight y el más oscuro Never let me down. A finales de esa década Bowie creó la banda de hard rock Tin Machine, con los que editó dos discos. Ya entrados los 90, el británico comenzó una inmersión en la electrónica que lo llevó a publicar cuatro discos: Black Tie White Noise, The Buddah of Suburbia, Outside, Earthling y Hours.

Así llegó al nuevo milenio y lo inició con dos discos, Heathen y Reality, justo antes de sufrir un ataque al corazón que lo alejó de los escenarios y de los estudios de grabación hasta 2013, cuando The Next Day supuso una vuelta gloriosa de Bowie. El siguiente ha sido el último: Blackstar es, como ha apuntado Tony Visconti, la carta de despedida de David Bowie del mundo.

Es necesario superar las etiquetas y los estilos a la hora de describir la música de David Bowie. Le son más afines precisos conceptos –tan claros y complejos al mismo tiempo– como libertad absoluta o arte en esencia. La voz de David Robert Jones ha callado dejando un delay y una reverb interminables. Ha muerto dejando una obra magna e inclasificable que parece incitar a sus admiradores a acercarse a su tumba y pedir: “David, levántate y anda”.

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