Oscar es el hombre más respetable: tiene las manos donde las podemos ver, no dice groserías y, lo más importante, no tiene pene”, dijo Jimmy Kimmel en la entrega de los premios de la Academia de este año, que bien podían haberse llamado en la presente edición los premios Edipo. Porque son los padres y las madres -o su ausencia- los verdaderos protagonistas de las películas nominadas. Da igual que Churchill ejerza como padre de la patria (pater patriae) en Dunkerque y El instante más oscuro (al fin y al cabo las dos cuentan lo mismo); que la dueña de un periódico defienda los valores que debería defender un presidente o que sea la arrendataria de unos carteles la que exija lo mismo a su comunidad (en el fondo, también The Post y Tres anuncios en las afueras vienen a ser la misma película). ¿Qué diferencia hay entre el vecino gay de la protagonista de La forma del agua y el progenitor que quiere entender de Call Me By Your Name, o en la presencia fantasmagórica de los (carnales o políticos) padres castradores de ¡Déjame salir! y El hilo invisible?

Bromeó anoche el presentador de la gala: “Recordaremos este año como aquel en el que los hombres la cagaron tanto que las mujeres empezaron a salir con anfibios”. Pero más allá del #MeToo, lo que más bien muestran films como Lady Bird, Yo, Tonya o The Florida Project es que, frente a la disolución de la figura masculina, vivimos en una sociedad infantilizada y disneyficada que cuando se encuentra con verdaderos problemas está llamando a gritos a papá y mamá.

Tenemos el agua como líquido amniótico en la película de Guillermo del Toro; en la de Nolan, el mar y la trinchera como útero y liberación; en El instante más oscuro Winston Churchill (que dice ser como es por las carencias afectivas de la infancia, que pone la política sobre la familia) se sumerge en el metro para renacer. En todas ellas pueden estar el racismo, la libertad, los poderes públicos, la marginación o la brecha social; pero también en todas el amor como forma de protección y como conflicto edípico.

Ya hablemos de Coco, de Blade Runner 2049 o de la última de Star Wars, los protagonistas son niños abandonados que buscan al padre perdido, y que pueden encontrar a un cantante de rancheras, a un maestro jedi, al mismísimo Darth Vader o a su familia replicante. El nuevo superhéroe aparece para compensar esas carencias infantiles (Wonder Woman y Black Panther representan el fin del patriarcado en el olimpo de las ligas justicieras) pero nada será suficiente hasta que se repare la falta original.

Si en algún sitio ha aflorado esta subterránea apelación a la maternidad -que era literal y desesperada en la última de Aronowsky (Mother!)- ha sido en las dedicatorias de la gala: Gary Oldman ofreciéndole el premio a su madre cuasi centenaria (“Estará viendo esto desde su sofá. Gracias por tu amor y tu apoyo. Pon la caldera, que traigo el Oscar”) o Jordan Peele (director de ¡Déjame salir!) que recordó que su madre, Lucinda Williams, le enseñó a enfrentar el odio con amor.

No sé qué hubiera opinado Hitchcock de los Oscars de este año, pero desde luego Freud estaría encantado.

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