Usted no leerá esta carta y si lo hace no creerá que le he escrito yo. Nací en España en 1985, así que soy español le guste a usted, o a gente como usted, o no. Me guste a mí o no, soy español porque cuando voy al extranjero sólo puedo enseñar un pasaporte y ese pasaporte es el español. Lo siento mucho por usted, en ocasiones más lo siento yo, pero es así. Aunque para usted yo no sea español, para el resto del mundo lo soy, desde para un estadounidense hasta para un japonés. Sentimientos e identidades aparte, mi nacionalidad es española; aquí y en el resto del mundo. ¿Por qué le digo esto? Porque para usted siempre seré un extranjero. Sé que para usted soy extranjero porque no me llamo Paco o Xavi. Lo que me molesta no es que para usted sea un extranjero siempre, puede meterse la nacionalidad por donde acaba la espalda, lo que me molesta es que se crea que soy inferior.

Usted ha dicho cosas como que “el ritmo que sigue un colegio con alumnos de diferentes nacionalidades retrasa el aprendizaje” o que “se está condenando a los alumnos de barrios humildes a ir a clase en unas condiciones que no son las óptimas”. Cree que los alumnos autóctonos “están condenados” a ir al colegio con inmigrantes, pero lo más seguro es que ni sepa que posiblemente esos niños, a los que llama inmigrantes, hayan nacido también en España, mal le pese, y que sus padres llevan años en España. Usted cree que son de fuera porque el nombre o el color de piel no le cuadra. Cree que esos niños van a arrastrar al fracaso escolar a uno que se llame Paco, Antoni o Pau sólo porque les ve con rasgos exóticos y nombres raros. No son adolescentes que vienen con 15 años a España de un país cuya lengua no es el castellano o el catalán. Son niños de tres años que han nacido en España y que salen de la misma base que los hijos de Isabel de Castilla.

Su pensamiento es peligroso y ruin porque juega con el miedo y la ignorancia de la gente. Está lanzando un mensaje muy claro: Si su hijo fracasa es por culpa de los inmigrantes ¿Y para usted qué es un inmigrante? Cualquier personas que no entre dentro de su canon español. Es peligroso su mensaje, repito, porque si para usted, y para gente como usted, esos hijos son extranjeros aunque hayan nacido en España, significa que lo seguirán siendo cuando sean mayores; y nos seguiréis viendo como inmigrantes y nos será más difícil encontrar trabajo en nuestro propio país sólo porque para vosotros no somos españoles, sino extranjeros y, en vuestra cabeza enferma, inferiores. Si usted cree que arrastramos a los demás al fracaso y ese mensaje cala en la sociedad, ¿qué pensará un empresario? Pues que solo servimos para trabajo físico y que todo lo que está relacionado con el cerebro lo tenemos vetado vaya a ser que arrastremos a los demás trabajadores y tengan que venir a hacer de apoyo y baje el rendimiento de la empresa.

Sus declaraciones no distan mucho de las declaraciones que se vertían y acciones que se realizaban en aquellos EE UU racistas no tan lejanos. Aquellos que hablaban y defendían la segregación racial para preservar la pureza de la raza blanca, anglosajona y protestante. Aquellos que decían que los negros no eran verdaderos ciudadanos y que eran inferiores y que, al ser inferiores, no debían acercarse a los blancos para no contagiarles. Aquellos que los relegaron a trabajos físicos, aun estando supuestamente abolida la esclavitud, porque eran demasiado tontos e incapaces para otras ocupaciones.

Sin querer menospreciar a nadie, he de decirle que a mí los únicos que me arrastraban al fracaso, el aburrimiento, la monotonía, y el hastío, eran los propios españoles a los que usted llama autóctonos, valga su sangre pura. A mí me obligaban a sentarme con alumnos más lentos en el aprendizaje para hacerles refuerzo. No podía seguir aprendiendo porque dejaba a los compañeros atrás. Cuando yo tenía un ejercicio hecho, tenía que esperar toda la clase, incluso otras clases, a que los demás acabaran; y todos eran españoles. En los dictados yo acababa y me daba tiempo a dibujar un Son Goku mientras los demás aún estaban escribiendo con la cabeza agachada. Los que aprendíamos más rápido en mi clase éramos un hijo de filipinos y yo. Los que nos aburríamos hasta el hartazgo en clase mientras los demás sumaban con los dedos y leían arrastrando el dedo en la hoja, era ese muchacho y yo. Y todos los demás eran españoles.

Da igual el nombre, la procedencia, el sexo o la condición. Esto va de capacidades y las capacidades no entienden de eso como la meritocracia no entiende de enchufes. Mal le pese, posiblemente usted sea el inferior aunque se crea superior a los demás. Como me dice un amigo amigo al leer afirmaciones como la suya: ojalá hubiese tenido en clase a 20 Hamed Enoichi.

PD: Si quiere le puedo escribir otra carta en catalán o en otro idioma. No sé usted, pero yo tengo donde elegir.

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