Ayer Esperanza lloró de rabia antes de comparecer. Lo delataban los músculos faciales, la irritación de los párpados y la flojera de la barbilla. Daban igual los gramos de maquillaje o la intensidad del colorete: anoche Esperanza lloró de rabia.

La debacle de Esperanza Aguirre es la de una bestia ciega, encerrada en su mismidad, que podría protagonizar la literatura de Sábato, Kafka o Chéjov. Hemos asistido a sus zarpazos desesperados entre nubes de periodistas que le acercaban el micrófono, confiados de que el animal ya sólo mordía con la encía blanda. No es que faltaran al respeto ni al rigor, pero se acercaban a ella con un puntito de cómica conmiseración, que para estos egos descomunales es el mayor de los ataques.

Hemos visto a una Esperanza faltona, canallesca, marrullera, condesa de mercaillo con las manos rebosantes de tomates podridos, empujándolos hacia el hocico de los madrileños, obligando a comer bajo amenazas de caos. No conservaba su poco de compostura de otras veces. Debajo de tanta chulería y de tanta frivolidad, se entreveía un ser lleno de asco; un ser narcisista, desquiciado, corrosivo.

Ayer Esperanza lloró, y sería un llanto violento y terco; la explosión de alguien que descubre que el mundo, lejos de lo que creía, no está moldeado con sus manos.

Esperanza se ha volcado en destrozar a sus adversarios a base de desprecio. En el famoso debate electoral de Telemadrid, sus intervenciones no pretendían rebatir las ideas de los contrincantes, al contrario, se percibía un ansia por desintegrar al otro, no ya como candidato, sino como ser humano. Ella, la Presidenta, no necesitaba enzarzarse en el terreno de las propuestas o las ideas. ¿Para qué? Tiene una percepción de sí misma tan deformada, tan enaltecida, que es incapaz de saber de qué está compuesta, no conoce de sí nada más que su propia superioridad sin causa, y por lo tanto se arroga el derecho de condenar a los demás. La gente así ya no tiene ideas, tiene espasmos.

Se publicó su declaración de la renta. En la escena de las declaraciones, “y al que le pique que se rasque”, Sábato o Chéjov se habrían jugado todo su talento narrativo. Cada movimiento de Esperanza describía el colapso. La rabia la devoraba por dentro. Se la veía débil. Intentaba disimular, pero el sentimiento de humillación es la metástasis del territorio íntimo: un globo que se infla, poblado de miserias ocultas, y parece llegar a todos y tocarlos, provocando miradas acusadoras, burlas. Y eso se le notaba mucho, “y al que le pique que se rasque”, lo desvelaba con su forma de callarse palabras que luego masticaba con odio.

Ayer encontramos de nuevo a una coronela a la que ya no escribe nadie, que tiene la casa desbordada por sus propias cartas. Anoche cayó la bestia ciega y lloró a escondidas.

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