Igual que el punk y el ska cantado en las lenguas del Estado español no ha dejado de versionar canciones antifascistas, contemporáneas a la Guerra Civil, como Ay Carmela, o acuñadas en forma de protesta durante la dictadura, caso de L’estaca; en Italia, los componentes de la Banda Bassotti o de Modena City Ramblers también han modernizado temas que hablan de rebeldes que pelean por la libertad de su pueblo mientras sopla el viento en las montañas en las que se esconden de los fascistas. Letras que hablan de partisanos, la palabra comunista más conocida fuera del suelo transalpino. Pero no todo fue Bella Ciao y puño en alto en el país de los contrastes, el mismo que ha alumbrado genios y sucesos tan potentes como distintos. Leonardo y Maquiavelo son ejemplo de ello. Más si cabe cuando “una educación que implantó [Benito] Mussolini lo condicionaba todo”. Así comienza su relato Andrea Murru, un sardo de 28 años, establecido en Barcelona hace dos y sobrino de un fascista que salió de su Cerdeña natal para apoyar a los sublevados en la Guerra Civil española.

–Pidieron oficialmente ayuda a los “hermanos fascistas del extranjero”, especialmente a los italianos. La Falange española era una adaptación del Partido Fascista de Mussolini. Il Duce escribió personalmente una carta a su seguidores en la que pedía colaboración para conseguir que los “hermanos españoles” ganaran la Guerra Civil.

–¿Qué daban a cambio?

–Poco más que el sueldo de soldado y el honor de haber hecho algo útil por tu patria. Pero para entender la historia de Vittorio Manca, mi tío abuelo, debemos hacer un salto al pasado. Por lo menos, de quince años…

Para contextualizar el relato de Vittorio –algo que “siempre hace” la hermana de aquel joven fascista, una señora llamada Maria, que aún vive en el pueblo de Quartucciu, muy cerca de Cagliari–, Murru tira del hilo de los recuerdos de su abuela. Así, traza un dibujo en que los puños en alto enmudecían en aquella Italia previa a la Guerra Mundial porque las camisas negras se hacían oír en un país cada vez más militarizado. “Mussolini asume el poder en 1922 –explica Murru– con la famosa marcha [de las camicie nere sobre Roma]. Tenemos al clásico bambino italiano [Vittorio], que creció con la típica educación fascista: debía aprender en la escuela mucho más que las canciones de la época, tenía que convertirse en un servidor de la nación, en un chico que, de hombre pudiera darle algo grande a Italia. En el 36, mi tío tenía apenas 18 años”.

La pobreza de Cerdeña, un territorio “olvidado” por el Estado italiano, déficit al que “todavía” tienen que enfrentarse los sardos hoy, según Murru, hizo el resto. La educación que había implantado Mussolini permitía a los chavales de aquel entonces “no tener que abandonar el colegio en cuarto de Primaria para trabajar”. Así, Vittorio Manca aprendió a escribir y leer con fluidez, aunque moralmente se sentía “en deuda con la patria”. El día para devolverle el servicio prestado por el fascio llegó en el ensayo de la II Guerra Mundial: la Guerra Civil española. Partió a Roma, donde bajo el mando de las tropas que comandó el general Roatta, pasó algo más de un año guerreando por la Península Ibérica. El apoyo italiano fue clave para los ejércitos que, tras varias desgracias aéreas de sus posibles competidores por el mando, habían elegido a Francisco Franco como Generalísimo. Sus aviones y armada hostigaron a los republicanos por el frente del Este, asegurando que Mallorca y las Pitiüses quedaran en manos rebeldes y sembrando el terror a base de bombardeos  en  Barcelona y Alicante, ciudades rojas.
Un cartel republicano que denuncia la intervención de la Italia fascista en la Guerra Civil. Wikipedia

Un cartel republicano que denuncia la intervención de la Italia fascista en la Guerra Civil/N.T.

El Corpo Truppe Volontarie, como se llamó el contingente de civiles alistados en el que se integró Manca, apoyó, en cambio, por tierra a los franquistas, tomando Málaga y participando en la gran ofensiva fascista sobre Madrid que desembocó en la Batalla de Guadalajara. En esa derrota llegó el ocaso de este cuerpo extranjero, que alcanzó los 50.000 hombres alistados. Como consecuencia, Franco y sus más estrechos colaboradores prohibieron las acciones bélicas de gran calado que no partieran directamente del Estado Mayor de los sublevados. El ansia por tomar la capital española y acabar con la República se pospuso en favor de otros objetivos hasta vencer por agotamiento a la resistencia madrileña. Por su parte, el ardoroso fascista sardo volvió a casa y en su isla se quedó, dedicándose la carpintería  hasta su muerte a principios de los 90.

Dentro de un restaurante que sirve humeantes platos de pasta y en el que rostros adorados en Nápoles como los de Maradona, Sophia Loren o el cómico Totò decoran las paredes, Andrea Murru, el sobrino nieto de Vittorio, reflexiona sobre la imagen que se tenía en la Italia de los años 30 de la vecina España. Tras los vidrios de la trattoria, a pocos metros quedan la Gran Via, el Paral·lel y la Plaça Espanya, céntricas calles que se vaciaban a finales de esa época cada vez que sonaban las alarmas anunciadoras de los bombardeos de la aviación transalpina sobre Barcelona. “Siendo joven era difícil resistirse a la opinión crítica que había sobre España, pero había casos, también en mi familia. Mira, mi bisabuelo, el papá de Vittorio, era un veterano de la I Guerra Mundial, ya fallecido cuando su hijo vino a España, pero poco amigo del fascismo. Detestaba tener que ponerse la camisa negra para acudir a los desfiles que se organizaban en todos los pueblos del país. Pasaban lista y si faltabas, te podían echar del trabajo y a tus hijos de la escuela. Pese a que cedía, podemos decir que, incluso, antifascista. Salvatore Murru, el marido de mi abuelo Maria, era un socialdemócrata convencido. Por eso le mandaron a África en 1940, en el ejército que Mussolini tenía desplegado en Argelia. Era el frente más duro para luchar”.

Pese a la activa militancia fascista de Vittorio Manca, tanto su padre como su cuñado Salvatore eran personas opuestas al régimen de Mussolini

Según Andrea, existe una anécdota entre el matrimonio Murru-Manca que explica perfectamente el miedo a la II República. Salvatore era ferroviario [profesión organizada tradicionalmente en sindicatos obreristas] y, por este motivo, viajaba mucho por Italia. Roma, Bolonia, Génova… Estaba acostumbrados a desplazarse, lo cual era extraño en un país con una orografía tan complicada como la italiana. Más, si cabe, si el viajero provenía de una isla como Cerdeña. “Un día, mi abuelo –explica Andrea–  le dijo a su mujer: ‘¿Sabes que un día me gustaría viajar por España?’. Ella le contestó que no, que allí eran ‘comunistas’, que había que tener cuidado con ese país. Mi abuela Maria no leía los periódicos, pero escuchaba que España era “un lugar peligroso” por su sistema de gobierno”. La aversión anticomunista se alargaría durante décadas, cuando, una vez establecida la democracia, el PCI se convirtió en la principal formación marxista al Oeste del Telón de Acero.

José Antonio Primo de Rivera. Jordi Berenguer

José Antonio Primo de Rivera/Jordi Berenguer

Ese odio y rechazo entre buena parte de los italianos hacia las reformas que se estaban practicando en España y que podían haber tenido réplica en su vecino latino –sobre todo en el Mezzogiorno y las islas, organizados también en grandes latifundios de secano– tuvo en suelo ibérico, en cambio, réplica por parte de un nuevo partido que se convirtió en un agente principal de la vida política republicana pese a su escasísimo peso en las Cortes. Falange Española [luego de las JONS, tras absorber a la formación de Onésimo Redondo], el partido de José Antonio Primo de Rivera. Situado tradicionalmente como el partido fascista por excelencia que ha tenido España a lo largo de su historia, el hijo del dictador Miguel Primo de Rivera –José Antonio, a secas, como se conocía a este carismático personaje– encontró en el anticapitalismo del fascio un buen ingrediente para mezclarlo con su ferviente catolicismo. El resultado produjo una contradictoria ideología, basada en el populismo que debía acabar con el liberalismo caduco que había arruinado a la nación española.

Después de hacer sus pinitos en el periodismo –como Mussolini– y de crear Falange en 1933, José Antonio llegó a viajar a Italia para pedir ayuda al gobierno de Il Duce para su causa, ajena entonces a la vida parlamentaria y edificada sobre discursos incendiarios en locales madrileños y en el uso de la violencia como forma directa y eficaz de reivindicación. De hecho, el primogénito de Primo de Rivera llegó a cobrar una pensión mensual de 50.000 liras como prestación por los servicios prestados al Estado italiano en Iberia. Según se fue acercando julio del 36, Falange había moderado alguno de sus postulados más anticapitalistas sin perder afán violento: representaba la punta de lanza perfecta para que el alzamiento triunfase en las grandes ciudades. Su militancia activa así lo aseguraba. Una mezcla de niños bien con ganas de revolucionar el “obsoleto” panorama político, de dotar a su “nación” de una libertad y fortaleza que hiciera libres y fuertes a sus “hijos”.

Al final del invierno de 1936, con Manuel Azaña recién elegido como nuevo presidente de la República, el Frente Popular aunó esfuerzos por controlar a José Antonio en un clima cada vez más hostil, preguerracivilista, con anarquistas y falangistas prologando lo que ocurriría meses después. En Riña de gatos. Madrid 1936 (Premio Planeta, 2010) el novelista Eduardo Mendoza refleja de forma cómica, pero realista esas jornadas de tensión en el mes de marzo del año de la sublevación. Precisamente, Primo de Rivera –y su magnética y seductora personalidad– es uno de los secundarios de la narración, evidenciando la admiración y el rechazo que sentía la alta burguesía (urdidora del golpe) hacia su persona.

Eduardo Mendoza retrata a José Antonio en ‘Riña de gatos’ como un político seductor que causa sentimientos encontrados en la alta burguesía española

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Reconocimiento a Vittorio Manca por haber luchado en favor del bando sublevado/Archivo familiar

Riña de gatos acaba con la encarcelación de José Antonio por tenencia ilícita de armas. El 14 de marzo ingresó en prisión. Nunca saldría. Trasladado a Alicante un mes antes de la insurrección, allí morirá fusilado el 20 de noviembre. Tenía solo 33 años, la edad de Cristo, y fue elevado a los altares por la propaganda franquista: los gritos de “¡José Antonio, presente!” y las principales avenidas de las urbes españolas, como la Diagonal barcelonesa, fueron rebautizadas con sus dos nombres de pila. Por su parte y de manera más modesta, Vittorio Manca también fue condecorado cuando Franco declaró vencido al enemigo republicano. En casa de su hermana Maria se conserva un diploma de colores rojigualdos, coronado por un águila imperial, que llegó a Cerdeña pocos días antes de que se acabara la década del 30. “Un pequeño trozo de la historia reciente española está en Quartucciu”, apunta Andrea en un documento en el que se lee:

“En atención a los méritos contraídos en Operaciones de Guerra por el soldado Vittorio Manca, El Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos Nacionales ha tenido a bien concederle la Medalla de la Campaña y para que conste y para satisfacción del interesado, expido en nombre de Su Excelencia el presente diploma en Madrid a 5 de diciembre de 1939. Año de la Victoria,

 El Ministro del Ejército, José Enrique Varela”.

Epílogo

En una de las escenas más emotivas del filme argentino El secreto de sus ojos se afirma con rotundidad que un hombre puede cambiar los principios más sagrados de su vida excepto la pasión que muestra por un determinado equipo de fútbol. La ideología política, por tanto, es moldeable. El carpintero Vittorio Manca acabó votando al Partido Comunista Italiano. De aquel ragazzino cegado por el fascismo se hizo un adulto crítico con el sistema capitalista y corrupto que se fue creando al calor del boom económico italiano de las décadas de los 60 y 70, el autodenominado “milagro económico” del centro y norte de la bota al que se opuso el terrorismo de las Brigadas Rojas, contestado a su vez por una más que cuestionable política de seguridad estatal.

José Antonio Primo de Rivera, el mismo que en primavera alentaba a los Mola, Sanjurjo o Franco a levantarse en armas sin perder un día “si no querían que España dejase de existir” escribió líneas que marchaban en la dirección contraria en las semanas previas a su ejecución. “Que sea la mía la última sangre española vertida en discordias civiles”, dejó redactado. Y así, desde las rejas alicantinas, se supone que veía el golpe de Estado que se convirtió en larga y negra guerra: “España se deshace. El triunfo absoluto de un bando, no supervisado por nadie, puede traer de nuevo las guerras carlistas: un retroceso donde perecerán todas las conquistas de orden social, político y económico, la entrada en un periodo de tinieblas y torpeza”. ¿Arrepentimiento interesado para evitar su destino o arrepentimiento sincero de un agitador político que siempre había defendido el uso de la fuerza?

En su tumba del Valle de los Caídos, junto a Francisco Franco, dormirá eternamente la respuesta y vivirá la duda de qué hubiera ocurrido si los dos líderes más conocidos del bando sublevado hubieran coincidido después de la victoria ultraderechista. El ocaso y arrinconamiento que vivió la Falange posjoseantoniana –fusionada, además de con la JONS, con los tradicionalistas navarros– después de ocuparse con fiereza de la represión a nivel municipal y de ostentar bastantes carteras ministeriales en los primero gobiernos de los años 40 bien podría servir como pista: el mártir de Franco hubiera podido estar más cerca del destino de las SA alemanas que de ocupar con honores todavía no revocados el nicho contiguo al del Generalísimo en el gigantesco mausoleo de El Escorial.

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