Fotografía: Wikimedia

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Adorno lo llamó desencantamiento. Según Walter Benjamin el aura de las cosas se diluyó en la época de la reproducción técnica. En cualquier caso, lo cierto es que hubo un tiempo en que este era un mundo de mitos y leyendas. Las verdades del poeta eran parte fundamental del sistema de creencias de una sociedad. El leviatán poblaba las profundidades del mar, Aquiles era el guerrero más temible, Ulises el más justo y nadie osaba acercarse a los límites infranqueables del mundo. 30 siglos después el mundo se ha desencantado, los mares ya no pertenecen a Poseidón sino a las plantas petrolíferas, el Olimpo es solo una montaña y ni siquiera (lo sabemos ya) es la más alta y los futbolistas son propiedad de fondos de inversión. Pero no siempre es así, a veces un héroe, al igual que Prometeo, surge para recordarnos nuestro estatuto perdido, mitad bestias, mitad dioses.

3 de noviembre de 1985. Un Maradona llegado unos meses antes a Nápoles se enfrenta al mejor equipo del momento: la Juventus, actual campeón de Europa, que cuenta con Platini, tres veces Balón de Oro. Esta diluviando en San Paolo, los hinchas, como salidos de una procesión de Semana Santa en Sevilla, se amontonan en las tribunas con impermeables oscuros que apenas dejan entrever sus rostros, y dentro del embarrado terreno de juego se disputa una dura batalla táctica. Apenas hay ocasiones de gol. Hasta que el árbitro señala un tiro libre indirecto dentro del área. El arquero de la Juve pone una barrera de seis a la que se le une un napolitano; parecen clavados con estacas al suelo, como guerreros de terracota. El portero se coloca en mitad del arco: a esa distancia la pelota no puede subir y bajar, el único peligro es el disparo fuerte al palo que defiende Steffano Tacconi, el meta juventino. Pero Diego la colgó del ángulo, por encima de la barrera. Como iba a saber Tacconi que aquel que tenía enfrente transgredía las leyes de lo posible. Pase a la red, caricia con efecto, dirían las crónicas futuras. Muchos años más tarde, uno de los testigos presenciales, el defensa napolitano Giuseppe Bruscolotti, revelaría: “Maradona fue a hablar con el árbitro para decirle que no había distancia de la barrera, la barrera estaba a cinco metros. Pero dice, está bien le pego igual. Cuando vimos que la pelota se alzó a cinco metros y pasó la barrera, el director técnico Boggi se rompió la cabeza y lloraba”. La procesión de los fieles ya tenía un ídolo al que adorar.

11 de agosto de 2015. En el Estadio Boris Paichadze de Tiflis, Georgia, el Barcelona se mide al Sevilla en la Supercopa de Europa. Los espectadores disfrutan de un partido vertiginoso. Hay quien dice que los neutrales son los que más disfrutan del fútbol, ya que no ponen en juego una parte de sí mismos en cada lance. Una supuesta falta a Luis Suárez es cobrada por el árbitro sobre la línea que delimita el área. Las protestas del delantero se vuelven ruido de fondo en medio de los reclamos de los defensores que entienden que el charrúa está fingiendo. Como si de una reminiscencia se tratara, el arquero va colocando uno a uno los muñecos en la barrera. También el lanzador apenas toma carrera, como un niño que apunta al cielo de la rayuela, y tras el silbido del árbitro golpea (o acaricia, eso solo él lo sabe) la pelota en su cara interna y la pone en el ángulo de la portería. Los jugadores sevillistas casi no se lamentan, como si no pudieran hacer nada contra eso; como Ulises en su vuelta a Ítaca, los barcelonistas se abrazan y se llevan las manos a la cabeza, buscando explicaciones a lo que acaban de ver, el origen del mito. Ajeno a todo esto Leo Messi levanta los dedos al cielo y sonríe, como un demiurgo, un creador de mitologías que hace y deshace a voluntad sueños de propios y ajenos.

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