Fueron la gran sorpresa de las elecciones al Parlamento Europeo del pasado 25 de mayo. Podemos consiguió cinco diputados tras solo cinco meses de existencia y fue, además, el único partido junto a Ciudadanos que superó las previsiones y los datos que auguraban las encuestas. Tanto Izquierda Unida como Unión, Progreso y Democracia aumentaron su representación, pero lograron unos resultados por debajo de lo que se esperaba.

Pronto corrió el pánico. Y es que, si trasladamos los resultados de las Elecciones Europeas –con 54 eurodiputados y circunscripción única– a unas elecciones generales –con Ley D’Hont, circunscripción provincial y 350 diputados–, Podemos conseguiría 19 escaños provenientes de once comunidades autónomas diferentes: Madrid (4), Andalucía (3), Comunidad Valenciana (2), Galicia (2), Canarias (2), Aragón (1), Asturias (1), Murcia (1) y Baleares (1). Tras el gran varapalo electoral de PP y PSOE, la única opción previsible de gobierno sería un pacto entre socialistas y populares, algo que al PSOE podría suponerle su fin. Y todo esto sin contar la posibilidad de un aumento en el apoyo al partido de Pablo Iglesias, que no ha parado de crecer.

Hasta las elecciones, el éxito de Podemos se había configurado a través de dos factores principales: ser la única fuerza política que ha conseguido erigirse como heredera del legado del movimiento 15-M y una excelente utilización conjunta de los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales. Después, la campaña de desprestigio que se lanzó hacia el partido desde casi todos los medios de comunicación, hizo el resto.

La formación ha pretendido desde su inicio llegar a todo el mundo, alcanzando niveles de populismo y culto a la personalidad nunca vistos antes en España, como usar la efigie de Pablo Iglesias, su líder y político más popular, como logo del partido. Aunque arreciaron las críticas, ellos defendían que Iglesias era, simplemente, el elemento más conocido para el resto de la población y la forma más fácil de hacerse conocer. Los resultados demostraron que no se equivocaron.

Con su discurso anti “casta”, listas abiertas, campaña financiada por crowdfunding, metodología asamblearia horizontal y una estructuración en círculos temáticos (Educación, Sanidad, TIC, LGTB, Discapacidad, Vivienda, etc…) y geográficos –por localidades o barrios, según la ciudad–, Podemos ha adaptado y aprendido de los movimientos sociales surgidos de las asambleas ciudadanas de mayo de 2011 y ha conseguido introducirlos en el sistema de partidos tradicional. Y es que ha sido su intento de cambiar las cosas desde dentro lo que ha provocado el temor de los que desdeñaban manifestaciones, “mareas” y movimientos sociales. El tan reiterado discurso de la mayoría silenciosa y de “que lo demuestren en las urnas” ha acabado sirviendo para que la izquierda al margen de IU acabara reaccionando.

Gran parte del éxito de Podemos se debe a Pablo Iglesias. El carismático profesor de Ciencias Políticas de la Complutense se ha recorrido prácticamente todas las tertulias de televisión del país en su esfuerzo de que su mensaje llegue a toda la ciudadanía, frente a otros nuevos partidos que solo recurren a las redes sociales. Su afán globalizador le ha llevado incluso a hacer un libro en el que divulga ciencias políticas basándose en la serie más mainstream del panorama internacional, Juego de Tronos. Se titulará Ganar o morir. Lecciones políticas en Juego de Tronos y ya se puede leer un adelanto en la página personal del político.

Para frenar el éxito del partido la mayor parte de las críticas han ido dirigidas a dinamitar a su dirigente. La campaña contra él ha sido tal, aderezando argumentos legítimos con verdaderos disparates, que no solo han ayudado a aumentar su omnipresencia sino a generar lástima ante una situación de acorralamiento constante.

En un momento en que los partidos políticos y los medios tradicionales están cada vez más lejos de la ciudadanía, el ataque continuo a Pablo Iglesias no hace sino generar simpatía en las masas. “Si tanto le temen, será qué puede cambiar las cosas”. De momento, con la renuncia de los eurodiputados de Podemos de parte de su sueldo, del 90% de la subvención electoral por votos conseguidos o de los viajes en primera clase, han conseguido que sus votantes respiren tranquilos.

Mientras, las críticas arrecian. Al día siguiente de las elecciones, La Gaceta iniciaba la caza anunciando que Pablo Iglesias se compraba la ropa en Alcampo. Otros medios encenderían la mecha mostrando una foto en la que Iglesias le daba la mano al –entonces– Príncipe de Asturias tras recibir una beca de la Fundación Caja Madrid. Rosa Díez le acusaría de populista y le compararía con Marine Le Pen, la líder ultraderechista del Frente Nacional francés. Carlos Floriano, vicesecretario de organización del PP, afirmó que los miembros de Podemos eran los que rodeaban su casa y a los que la ley no les importaba nada. Del mismo partido, el asesor Pedro Arriola, afirmó que eran “unos frikis”. Esperanza Aguirre tampoco se hizo esperar. Pero no solo fue el PP, desde el PSOE el ex presidente Felipe González afirmaría que Iglesias pretendía traer la revolución bolivariana a nuestro país. El País, por su parte, tendría que rectificar tras censurar las explicaciones sobre su relación con Venezuela en una entrevista con el propio Iglesias. Y suma y sigue.

Cada vez que aparece una nueva crítica, Iglesias consigue aumentar su popularidad, siendo el líder político mejor valorado en la actualidad. Tras las elecciones, cada una de sus apariciones mediáticas ha logrado espectaculares resultados de audiencia. A la vez, su partido iba creciendo. Cada nueva asamblea de Podemos abarrota sus círculos. Cada vez más gente quiere participar en el movimiento que pone tan nerviosos a los poderosos. La atmósfera recuerda a los primeros días del 15-M en Sol, pero con las lecciones aprendidas. “Si no nos dejan jugar en la calle, lo haremos en el Congreso”.

Sin embargo, no lo ha tenido fácil. La petición del círculo de Terapias Naturales de incluir la homeopatía o el reiki en el sistema de salud público supuso las primeras críticas desde los afines, especialmente desde el círculo de Podemos Ciencia. La postura del partido fue siempre la misma: esto es una democracia, así que aceptaremos lo que quiera la mayoría. También las relaciones de Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero –número dos del partido– con Venezuela, les han supuesto varios quebraderos de cabeza.

En concreto, se les acusó de recibir subvenciones directas de Hugo Chávez y Nicolás Maduro a través de la Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS) para la que ambos trabajaban. Pablo Iglesias ha afirmado que simplemente ha mantenido una relación laboral pero que no tiene ninguna relación con el régimen bolivariano y mucho menos han financiado al partido. Desde Radio Nacional de Venezuela, por su parte, lo han acusado de “Judas”, por renegar del chavismo.

También las palabras de Iglesias sobre ETA, a la que le ha reconocido tener también explicaciones políticas “pese a causar mucho dolor”, han causado malestar en grandes sectores de la población española, especialmente en las Fuerzas de Seguridad del Estado. Parece que, pese al éxito de Ocho apellidos vascos y el cese de la actividad armada de la banda en 2011, la causa terrorista aún sigue siendo un proyectil político de primer orden.

Los que han sido bastante más cautos en sus críticas a la nueva formación son los miembros de Izquierda Unida. Vistos los resultados y las previsiones, parece que ambas formaciones están condenadas a entenderse si la federación quiere sobrevivir. Para ello, tendrán que ceder y aceptar las listas abiertas y un funcionamiento interno mucho más democrático. La alianza con Izquierda Unida también podría suponer el fin de Cayo Lara y el enfrentamiento de Iglesias con Alberto Garzón, que también surgió del 15-M y que es el político más mediático y popular de la federación de izquierdas, por el liderazgo en el Congreso. Si esto se produce, se espera que partidos como EQUO o el Partido X también se incorporen a una gran federación republicana de izquierdas que frenaría la división típica de su espectro político y recordaría los tiempos del Frente Popular. Algo que la derecha ha utilizado para amenazar rescatando el fantasma de la Guerra Civil.

Sea como sea, la irrupción de Podemos en el Parlamento Europeo no solo ha supuesto lo que parece intuirse como el fin del bipartidismo sino también la configuración del panorama político con más posibilidades y más interesante de la última etapa democrática de España.

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