La primera vez que fui al cine no había ni nacido, que estaba aún en la tripa de mi madre, tan cómodo. Intentando tragar algunas palomitas y con mi hermano gemelo al lado, patas arriba y danzando de un lado para otro. Que ya le dije, que se sentara bien de una vez, que no me dejaba ver.

La película era Pretty Woman, y me acurruqué feliz al ver las primeras imágenes de Julia Roberts.

–Qué piernas –le dije a mi hermano, mientras encendíamos unos cigarrillos y abríamos un par de botellines.

Y claro, conmovido por la película, tosí un poco y añadí:

 –¿Hacemos como Richard Gere y nos pedimos unas putas?

Quiero decir, que no es poca la importancia que han tenido las mujeres y el cine en mi vida, tanta que sin ambas yo no sé qué habría sido de mí. Probablemente habría terminado bebiendo los fines de semana, estudiando malamente la carrera de periodismo y suspendiendo numerosas asignaturas, escribiendo artículos baratos sobre cine en revistas de poca monta…

Y si el cine me deleitó alguna vez bien temprano, igual que las chicas, nuestros lazos se hicieron más fuertes al comenzar la adolescencia, cuando pasaba las noches con amigos y familia en aquel cine de verano de Cartagena, viendo todo lo que me echaran y comiendo pipas, mirando a las jovencitas de nuestro lado con picardía y regocijo, pero sin atreverme a hablar a ninguna.

Una tarde primaveral, mientras la gente estornudaba por la alergia y los jóvenes nos remangábamos las faldas preparados para el calor y las piscinas, para la vida, mi hermano llegó a casa después de haber ido al cine con una chica, y, cuando mis padres le preguntaron por la película, dijo:

 –Por lo que se oía, bien.

Porque la idea de ir al cine con una chica era algo verdaderamente prometedor, y enriquecedor. Sí, porque el cine es cultura y… Ir al cine, digo, con una chica, era entonces la mejor de las citas. No había fallo. Allí morreabas cien por cien, o muy mal se te tenía que dar para no hacerlo. Aquel invierno, fui con mi hermano y dos chicas a ver la película de Narnia, y me senté al lado de la que me gustaba, a petición de ella. Pasé toda la película pensando qué posición tomar para besarla, y mirando por el rabillo del ojo a mi hermano, que no se me adelantara con la otra. Que claro, cuando quise darme cuenta, de tanto sopesar mi táctica, estábamos ya fuera del cine y allí no se había besado nadie, o yo no me había enterado.

Así que la siguiente vez que llevé a una chica a ver una película, le pregunté si quería darme un beso antes incluso de que empezaran los trailers. Que ella, sorprendida y casi hasta enfadada, me dijo:

 –¿Y si no a qué coño hemos venido?

Pues cuánta razón; no me quedó otra que disculparme y cumplir con mi deber. Que salvar al mundo debería ser algo parecido a eso, a darse el lote en un cine. Y vi así, y toqué, la primera teta de mi vida. Sí, en un cine. No me enteré de la película, pero fue una gran película, casi seguro, porque lo pasé en grande.

He pasado, respecto a esto de cómo besar a una chica, todo tipo de etapas. Algunas mejores y otras peores, y aquellas más raras. Hubo un tiempo en que hasta recurrí a hacer trucos de magia en discotecas (pero eso sería otro artículo). Porque hay que ganarse la vida un poco como se pueda. Y si de algún lado he aprendido más o menos el modo en que hay que lanzarse a esa aventura, como es la de besar por primera vez a una chica, ha sido en las películas. Y por ello he dado besos a lo Harrison Ford y George Clooney, como Johnny Depp y Brad Pitt, como Richard Gere. Incluso pasé una época jodida en que besaba como Javier Bardem, no sé por qué. Pero luego se me pasó, tal como vino. Y así me ha ido que el otro día me regañaba una chica, porque a oscuras morreé su nariz, con lengua y todo, confundido, creyendo que era su boca. Y me dijo que había sido demasiado directo. Pero es que soy un romántico, me cago en la puta.

Y a eso hemos venido, que las películas no duran toda la vida en cartelera y vendrán nuevas y hay que darse prisa. Corran, corran a besarse, carajo. Del modo que sea, donde fuere, con quien quieran y quiera. “Y lo único que ahora puedo hacer es convertir la vida en diversión”, que dice Lord Byron en sus Diarios. Antes que “el ancho mundo se resquebraje”.

Diré, antes de olvidarme, que he visto películas en las que me gustaría haberme quedado a vivir una larga temporada, como Dreamers, y otras, como en una de Woody Allen, en las que no he podido ni besarme, aun yendo con chica, que solo hice manitas para no perderme nada. Y una vez lloré en mi butaca, viendo Troya. Cuando Héctor mata al joven Patroclo, confundiéndole con Aquiles. Lloré como una magdalena, y no soy yo muy de llorar en el cine.

Le pido a un amigo alguna anécdota suya entre salas, para este artículo, porque me suena que tiene varias dignas de una epopeya… Pero no sé por qué acabamos enviándonos por Whatsapp enlaces de varios vídeos porno, como tratando de ponernos al día, y ni me cuenta anécdota alguna ni yo le pregunto más. Pero diré lo básico, y es que el tipo sigue recordándonos continuamente sus hazañas de niño en los cines de la periferia madrileña, a donde iba siempre a darse el lote con una muchacha de su colegio. Retozaban durante toda la película en las primeras filas, levantando discretamente los reposabrazos. Y ahora, en épocas de sequía, se agarra a aquel reincidente pasado, como haríamos cualquiera. Porque si la crisis ha hecho mucho daño a nivel cultural, sabrán ustedes en el ámbito de las relaciones sexuales… Puto IVA. “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”, que escribía Fitzgerald de cierre en su gran novela.

Incluso cuando viví en Francia durante diez meses, intenté ir alguna vez al cine con varias amigas, aunque no me enterara ni del nombre de la película. Pero por no perder las buenas costumbres. Yo me reía cuando los demás reían, y punto. Y después estudié cine en la facultad de allí, Histoire du cinéma I e Histoire du cinéma II, y suspendí las dos asignaturas, supongo que porque la profesora no supo apreciar mis perspectivas, quizás menos academicistas de lo que requerían sus apuntes. O eso o no supo entender mi letra, o mi idioma.

Y he intentado utilizar siempre cualquier tipo de oferta para entrar al cine, porque los precios se han ido disparatando, digo, disparando. Que hasta una vez intenté dar mi carnet de prensa a ver si me dejaban pasar gratis, como si tuviera que cubrir la película. Mi media es de una o dos veces a la semana, pero hubo un tiempo en que mi hermano, un amigo y yo, íbamos tanto que echábamos las tardes enteras, entrando a tres películas diferentes con horarios consecutivos. Siempre había una en la que nos quedábamos dormidos. El caso es que pagábamos la primera y el resto… Supongo que puede parecer una imprudencia esto de haberse colado al cine alguna vez, pero es que si algo no soy es un modelo de conducta: me como las pizzas con las manos, y las croquetas también. Y escribo sobre sexo en artículos que leerá mi madre (quién si no).

–Mamá, me voy al cine –digo cada dos por tres en casa. Y salgo cargado de provisiones, como si me fuera a pasar varios meses a las montañas.

Porque la comida es algo fundamental en mis idas y venidas al cine. Para mí, ir al cine sin comida ni bebida es como ir al fútbol sin pipas, no tiene tanto sentido. He llegado a llevarme hasta un plato de pollo empanado con ensalada cesar, cuchillo y tenedor, un yogurt, la cuchara, un plátano, pipas de calabaza, cacahuetes, almendras, anacardos, un actimel y una cerveza, todo de una. Aunque es cierto que suelo ser más formal, y aparecer con bocatas o hamburguesas del Burguer King con sus respectivas patatas fritas y salsas de ketchup y mahonesa desplegadas para untar. Algo discreto, vaya. Las palomitas o nachos son solo para cuando se tuercen las cosas.

Y para cerrar un poco todo este despropósito, quisiera añadir que me gustaría morir como el abuelo de Stravinski: con ciento un años, trepando una verja para asistir a una cita de medianoche. Así lo cuenta Saul Bellow en Son más los que mueren de desamor, y nada más juvenil. Aunque lamentaría mis modales, claro, por no haberla llevado al cine, no haberla besado antes.

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