En tiempos de injusticia, el lugar del honrado está en la cárcel

Henry D. Thoreau

Le soy sincero, mucho no entiendo el mundo en el que vivimos. Ya me dirá usted que en la diversidad está la diversión y puede que así sea. Pero yo me amargo rápidamente. No tanto cuando las cosas no salen como quiero sino más bien cuando mis niveles de comprensión se muestran tan pobres y limitados como usted ya supone.

Llevo varios días queriendo escribir acerca del amor, la verdad y la banalidad, pero no sé como. Debo confesarme incapaz ante usted que lee estas líneas; no he podido desligarme del contexto en el que vivo. Me había prometido, como aconseja Gay Talese, evitar escribir sobre nadie por quien no sintiera un grado considerable de respeto, sin embargo no encuentro la fórmula y no sé si algún día lo haré. Esto que aquí confieso define mi existencia y mi precariedad: yo escribo sobre lo que siento que no está bien, y lo que sí funciona no me emociona lo suficiente para merecer grandes muestras de admiración; lo entiendo como el deber ser.

Por ejemplo, a mí me intriga la fascinación de muchos lectores del diario El País acerca de los preparativos nupciales de Charles Manson y su prometida, la señorita Afton Elain Burton. Ya sé que todos tenemos derecho a ser felices, pero ¿realmente nos importa tanto la vida amorosa de un asesino en serie? Definitivamente somos, como dirían mis amigos argentinos, una banda de pelotudos, y las estadísticas están para reafirmar ese concepto. No en vano, Manson y su relación sentimental han ocupado el top diez de noticias más leídas y más compartidas en Twitter por los lectores de ese diario.

Cualquiera de ustedes podría reprocharme, y con muchísima razón, que el primer derecho que se gana cada recién nacido es el del libre albedrío, que no es más que la posibilidad de equivocarnos mil y un veces, siempre y cuando demos por cierto que hay un ser superior que nos perdona hasta las conductas más sorprendentes. ¿O es que los asesinos de los 43 estudiantes mexicanos, escondidos quien sabe dónde, no creen en la posibilidad del perdón divino? Eso es el libre albedrío: cagarla para luego pedir perdón.

Es posible que mi pesimismo sea exagerado, aunque también cabe la posibilidad de que realmente estemos muy ocupados mirándonos el ombligo; prueba de ello es que la gran mayoría de los movimientos ciudadanos que surgieron en los últimos años (la primavera árabe, los movimientos de indignados, etc) han perdido fuerza o sucumbieron ante la vieja política y sus vicios. Lo cierto es que muy poco nos importan cosas reales y peligrosas como que algún gobierno de turno se apodere del Estado, lo someta como una herramienta más para la impunidad y lo subordine, a él y a sus poderes, a la voluntad de cualquier iluminado que hace las veces de elegido. Lo dicho, somos una banda de pelotudos.

Decía Nietszche: “Nada es verdadero, todo está permitido”, y no estaba equivocado el alemán. Así es este mundo. Somos un rebaño necesitado de profetas, caudillos, mentirosos, revolucionarios y asesinos de verbo fácil, cualidades suficientes para recordarnos que todo puede ser verdad sin dejar de ser mentira. Al fin y al cabo, a muchos se les va la vida pensando en idioteces como el próximo enlace matrimonial de Manson mientras que a otros se les escapa la existencia luchando a favor de un mundo con mayores opciones para los que están por venir. Libre albedrío… Tenemos lo que creamos, ni más ni menos.

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