En la soledad de ese cuarto atiborrado de cómics, sembrado con papeles volanderos repletos de viñetas, ideas y rostros por terminar. En ese microcosmos, un joven visionario extiende, más allá de sus confines mentales, átomos de tinta sobre el papel. En esa íntima esfera, van sucediéndose estallidos y líneas de tiempo, implosiones y nebulosas, y esa carga de fenómenos que asaltan a este dibujante, una especie de Samwell Tarly, amable, pausado y mortífero, bajo ese halo de candor.

La voz propia es la más difícil de alcanzar en materia creativa. Ese registro genuino determinado por patrones de singularidad es la aspiración de todo artista para alcanzar, desde lo particular, el rango de universal. En este proceso de búsqueda -o quizá de encuentro-, Carlos Vermut, ha logrado cruzar el Umbral, más allá del paso de la viñeta al cine, al dotar a sus historias de una pátina de incertidumbre constante que maravilla y consterna al espectador. La austeridad envuelve y determina la obra de este tipo, sereno, consciente de una sola marca de estilo, hacer por carecer de la misma. La premisa: inyectar vida al marco estático de una viñeta, y que la cámara sea la cuarta pared.

Diamond Flash resultó un aerolito que impacta en el maizal del cine ibérico. Un relato turbador que provoca densa congoja. Un ejercicio artístico humilde y elevado. Una sacudida en la hibridación de géneros. Como si la perspectiva visual de Vermut fuera un laboratorio casero donde elabora una psicótropo inusitado. En definitiva, una ruptura.

Tras la manifiesta osadía argumental y escénica de su ópera prima, tiene lugar la concepción de Magical girl. Un meteorito con elementos químicos asemejables a los del aerolito pero con un pulimento y unos vértices (aún más) extraordinarios. Respecto a esta película, cuando ya se han realizado doscientos treinta y nueve análisis y para no caer en la redundancia, propongo enfocar hacia el elenco de secundarios. Cómo enriquecen el conjunto, cargándolo de matices y veracidad, con notables réplicas al trío protagonista. Como si cada uno de los rostros concéntricos hubiera sido perfilado con la misma dedicación que los ejes primordiales.

  • Marina Andruix como Bárbara de niña. Consternación y aplomo.
  • El yonqui, Javier Botet, impecable.
  • Los parroquianos y el barman. Menos es más.
  • La seca contundencia en cada marca de expresión de Elisabet Gelabert.
  • El monólogo de Miquel Insua. Inapelable.
  • La cancerbera gélida, Eva Llorach, frente al lagarto negro.
  • Marisol Membrillo. Puede encarnar a la mujer que se proponga.

Mención a parte requiere Bárbara Lennie.
De José Sacristán, ni hablamos.

Entre los meandros y afluentes por los que discurren (todos) los personajes flota una especie de sustancia oleosa que se impregna en la retina. Como si Vermut convirtiera en delicadas composiciones pictóricas todos los planos de su filmografía. Las proporciones y simetrías de sus cuadros quedan potenciadas cada vez que aguanta y se extiende hasta el desasosiego, con la misma crudeza que Haneke y, a la vez, con la solera castiza de un Almodóvar tímido, que hubiera sido freak en el instituto.

Una poderosa obra incipiente. Una Reverencia de la crítica junto a la playa de Zurriola. Un joven Cineasta -sí, en mayúsculas- que supone un estímulo al involucrar, del modo en que lo hace, a los lectores que contemplan sus relatos, como un lienzo dinámico desbordante de sugerencia.

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