Julio de 2012. Era en torno a medianoche, ese paso de un día a otro que es mero trámite en la medina marroquí porque allí hay vida a cualquier hora.

Tras un interminable intervalo de tiempo intentando buscar aparcamiento sin éxito, Nadia y yo encontramos un hueco al abrigo de las colosales murallas de la ciudad antigua de Fez. No pierdo ni un segundo en disponerme presuroso a estacionar nuestro Peugeot de alquiler.

Concentrado en las maniobras habituales de volante hacia un lado, volante hacia el otro, pasa a nuestro lado a toda prisa una moto y de ella baja en marcha un chaval de unos catorce años. Mantiene la carrerilla a la que le obliga, pues eso, bajarse de una moto a cierta velocidad –tenía práctica, no cabe duda- y viene directo hacia nosotros. Meto primera casi inconscientemente, sin planteármelo, y salimos corriendo de allí.

¿Por qué? Estábamos ya un poco cansados de que nos tratasen como lo que al fin y al cabo éramos: turistas. Intentábamos disimularlo a toda costa; de hecho el padre de Nadia es sirio y a mí me catalogaban como bereber, pero ni por ésas.

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Pero ¿por qué esa espantá? Por una experiencia muy poco agradable esa misma mañana con otros dos motociclistas que se habían ofrecido para ayudarnos y que, digamos, no nos habían guiado por amor al visitante. Nos agarraron en mitad del caos circulatorio de la hora punta del centro de la ciudad y, sabedores de que acabábamos de llegar y que andábamos un poco bastante perdidos, se ofrecieron gustosamente –o eso creíamos nosotros- a orientarnos. “Seguidnos”.

Cabrón, maricón, etcétera, me dijeron cuando me negué a darles la propina que no me pedían sino exigían. Todo esto una vez se puso el semáforo en verde y decenas de automovilistas, casi tan acalorados como Nadia y yo, me apresuraban a que comenzase a circular.

Meto primera, decía, y el chico se sube a la moto, conducida por el que podría haber sido perfectamete su abuelo. Nos persiguen. Los dejamos atrás pero nunca los perdemos de vista a través del retrovisor. Alucino: no somos capaces de despistar una destartalada cuarentainueve con dos ocupantes por más que piso el acelerador por las largas avenidas que rodean la medina de Fez. Un semáforo en rojo me obliga a detenernos. El chaval:

-Amigo, hacia allí los hoteles, hacia allí los restaurantes, hacía allí…

-Gracias, no te preocupes. Sabemos perfectamente adónde vamos.

-No, amigo, pero…

-Que no, que sabemos adónde vamos. Gracias, no te preocupes, de verdad.

-No, amigo, yo trabajo para la Agencia de Turismo de Marruecos. Yo no quiero propina.

-¿Perdona?

-Sí, la Agencia de Turismo.

-¿Que tú trabajas para la Agencia de Turismo y te bajas en marcha de una moto? Pues vaya, sí que son exigentes tus jefes, ¿no?

Evidentemente ahí el pobre tuvo que agachar la cabeza y no insistir. Primera por enésima vez y ni nos despedimos. El supuesto abuelo dejó de dibujar la sonrisilla con la que nos agasajó desde el primer momento. Lección aprendida.

(El único problema fue que Nadia vio “agentes de turismo” en todas partes tras estos episodios y se mantuvo a la defensiva con todo el que se acercaba… Tampoco era para tanto, si soy sincero)

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