Son las cinco de la tarde y el cielo mira amenazante hacia los mortales. Se avecina tormenta. Los voluntarios empiezan el despliegue: sillas, pancartas, globos y carpas. El merchandising de Ada se apodera de Plaça Catalunya, donde las palomas y turistas venidos de todas las partes del mundo (gracias, alcalde Trias por entregar la condal al turismo barato y de borrachera) miran curiosos. Algunos extranjeros hacen gala de su ingenuidad y se aproximan a las ratas voladoras portadoras de toda clase de miserias. Les dan de comer y hasta casi las tocan. Viendo esta estampa se podría decir que el hombre es bueno por naturaleza, como apuntaba Rousseau, pero todos sabemos que dar de comer a unas palomas infestadas de suciedad no garantiza el cielo, más bien lo contrario.

Decido tomarme una cerveza en algún bar del Carrer Tallers. Parece que refresca y los mítines políticos se suelen alargar más de lo que a mí me gustaría. Mejor estar preparada.

A las seis y media la plaza ya está medio llena. Gente más mayor de lo que esperaba, me gusta. Que el cambio llegue de nuestros mayores es aún más significativo y valioso, sin lugar a dudas. Tomamos asiento, saludo a algún compañero de prensa, de los que lanzan teletipos. Las campañas políticas son una tortura para candidatos, partidos y sus equipos de comunicación, pero también lo son para los periodistas. Miro alrededor y la mayoría parecen diez años más viejos de lo que probablemente son. Me alegro de no estar en el otro lado de la valla, sinceramente.

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Y empieza la fiesta de la democracia. Salen los y las candidatas de lista, con artistas que no tocarán ni cantarán ni palmearán porque hoy es el día sin música. Distingo a Nacho Vegas en la segunda fila. Distingo a Santiago Auserón, con sombrero y gafas de sol. Y a Marinah, de Ojos de Brujo. Prende la mecha Gala Pin, y luego, como una bocanada de aire fresco, aparece Ada. Que habla de recuperar la ciudad, de no resignarse. Una Ada que agradece a su equipo, a los voluntarios y a su familia todo el apoyo mostrado. Quizás es una impresión, pero se la nota emocionada.

Desfilan los artistas. Ramón Faura, de Le Petit Ramón, reivindica el espacio público: “No quiero que Barcelona sea una puta tienda”. Asiento con la cabeza. No podría estar más de acuerdo. Habla de parques con bancos para echarse una siesta, de desinfectar la ciudad del el turismo barato y las despedidas de soltera. Vuelvo a asentir. Habla Nacho Vegas de Xixón, de Asturies, de la necesidad del cambio. Lídia Pujol, que recita a Verdaguer con un potente y sereno hilo de voz. Acústica para el alma. Santiago Auserón pone el punto hispter a la celebración: en diez minutos va a empezar a llover, pero él no se quita las gafas de sol. Faltaría más. Cierra el acto Marinah, que se siente tentada a cantar. Entona unos estribillos y se le escapa alguna cadencia.

Y también hablan los y las candidatas, pero eso ya lo sabemos.

Barcelona se muestra frígida, el entusiasmo del catalán de a pie se lleva por dentro. Se corea, pero poco. No significa que nos falte intención. El cielo continua mirando con desprecio, negro, abatido y amenazante. Barcelona en Comú empieza a desfilar hacia esos barrios que tantas veces han salido en el discurso de Ada: Vila de Gràcia, Nou Barris, Sants, Eixample, Raval, Les Corts… En diez minutos se vacía la plaza. Las papeletas engullen el suelo y las palomas vuelven a sus aposentos. Los compañeros y compañeras de prensa terminan de grabar imágenes de recurso, lanzan esos últimos tweets y envían ese último teletipo a la redacción.

Yo estoy esperando una llamada mucho más importante que todo eso. Las leonas siempre luchan hasta el final y el cielo negro, abatido y amenazante lo sabe. Empiezan a caer las primeras gotas. Todo ha terminado.

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