Robin Williams fue piloto, doctor, niñera, presidente, profesor, un grandioso Peter Pan y todo lo demás. Pero él fue alguien único. Llegó a nuestras vidas como un extraterrestre pero terminó tocando cada elemento del espíritu humano. Nos hizo reír. Nos hizo llorar. Entregó su inmensurable talento a quienes más lo necesitan, desde nuestras tropas en el extranjero a los marginados en nuestras calles”.

Barack Obama

Robin Williams daba vergüenza ajena. Estaba absolutamente pasado de moda. Siempre interpretaba el mismo papel sobreactuado y ni tan siquiera consiguió reciclarse como tantos otros. Y lo más conmovedor de todo es que lo sabía. Lo sabía de tal manera, que se colgó el otro día con su cinturón, confirmando que era un hombre de los de antes.

Nada de dejar notitas ni esas ñoñerías de los barbitúricos y sobredosis varias. Ese día había amanecido con la noticia de que China superaba por primera vez como potencia económica a los Estados Unidos de América.

Hijo único -en eso parecía chino- de una supermodelo y un alto ejecutivo de la Ford en la conflictiva y obrerista zona del cinturón de Illinois, empezó su juventud estudiando Políticas pero al trasladarse su padre a California empezó a forjarse en el teatro callejero, como mimo. Y así discurrió su carrera. Porque Robin Williams jamás fue un actor, lo suyo fue la mímica con moraleja. No había película suya sin tesis final de nítida moralina. Él tenía un estilo y se interpretaba así mismo, en la más antigua tradición del cine mudo. Muchos críticos miopes le han achacado precisamente eso mismo que le hizo triunfar -y que le impidió acabar de adaptarse al cine sonoro- al hoy en día hegemónico actor versátil y camaleónico para cualquier papel, como esos futbolistas modernos que pueden jugar en varias posiciones, en detrimento del clásico 9 depredador o el indolente y con clase interior zurdo.

Así pues, nadie puede negar que Robin Williams fue la última gran estrella para todos los públicos, junto con el también difunto Michael Jackson. En cierto modo, ambos, ídolos de los 90 y masacrados en la siguiente década, representan algo así como las dos caras de la misma moneda.

Michael Jackson llevó al extremo la tendencia de la humanidad hacia el mestizaje y la indiferenciación generalizada: ya no era ni negro ni blanco, ni joven ni viejo; en cierto sentido ya no era ni hombre ni mujer. Nadie podía imaginarse su vida íntima. Había entendido de qué iba la cosa y se había adelantado a su época, muriendo incluso a la manera futurista, por ingesta masiva de pastillas.

Robin Williams representaba precisamente todo lo contrario, la sensibilidad por excelencia hacia todo lo que dejamos atrás. Estuvo la friolera de seis veces en Afganistán y cinco veces en Irak animando a los soldaditos rasos de infantería de Ohio o Texas; incapaz de asumir la era nuclear y los ejércitos mercenarios subcontratados, agarrándose como un clavo ardiendo al antiguo entusiasmo caballeresco. Le pagó todo el carísimo tratamiento a su amigo de la residencia universitaria Christopher Reeve, y lo que más impacta: tras haberlo arruinado sus dos primeras mujeres, a las pocas semanas, ya se había casado con una tercera. En un caso único de sentimentalismo jamás firmó el contratito prematrimonial ahora tan de moda entre los actores de Hollywood. Le levantaron toda su fortuna de 130 millones de euros, aunque por suerte les hizo un fideicomiso a sus hijos.

Irak

Pero tenían preciosos puntos en común. Ninguno de los dos había venido a este mundo a acumular éxitos eróticos o enriquecerse -era proverbial la costumbre tanto de uno como de otro de enrolarse en cientos de donativos a cualquier ONG que llamaba a su puerta-. Y el punto más decisivo para lo que nos atañe: tanto el uno como el otro fueron destruidos por las leyes de su propio imperio, cuyo imaginario universal colaboraron decisivamente a crear, y ambos lo asumieron con resignación.

Así como Michael Jackson fue la última gran estrella musical para toda la familia; Robin Williams fue el último actor cómico con el cual podías llevar sin rubor al cine a tu madre y a tu abuelo. No era Adam Sandler, ni Eddie Murphy, ni mucho menos Ben Stiller, por no decir de todas esas comedias norteamericanas de parodias autorreferenciales a sus propias producciones patrias. Es en este punto, el de último actor de comedias estadounidenses con resonancia universal, donde nos dirigimos a la simbólica coincidencia de su suicidio con el sorpasso chino y donde entendemos la emotiva carta de su paisano Obama a nada más y nada menos que un suicida. La muerte de Robin Williams es la confirmación, ahora sí, del declive norteamericano como generador de ideas universales, de su repliegue como imperio. La muestra, de botón, que, a día de hoy, absolutamente todas las producciones cómicas estadounidenses son de consumo interno y, como decíamos antes, con target por edades, con chistes de política interior estadounidense, actores de sus series televisivas o parodias de películas de alto taquillaje

En España, por poner un ejemplo cercano, sólo calan las producciones de Hollywood románticas, de mutantes o ciencia ficción. En el terreno de la comedia, que es el coto tradicional de las masas, el más social, el que más modifica el lenguaje y las costumbres, ya sólo triunfan las comedias nacionales. Sea Torrente o los apellidos vascos. En Francia tres cuartos de lo mismo. Ahí tenemos a Bienvenidos al Norte o Los Visitantes.

A día de hoy, la vanguardia cultural estadounidense, lo que define a un Imperio hegemónico, a saber, Hollywood, tiene socavado absolutamente su suelo. No se trata de falta de imaginación de los guionistas, pobres de ellos, jamás se han tenido que exprimir más el seso. Los guionistas saben de buena tinta que el discurso patriótico norteamericano ingenuo, naive, bonachón, de médicos y profesores nobles y reformistas encabezado por Robin Williams ya no cuela ni de Blas.

El cine de Robin Williams no es si no motivo de rechifla entre una juventud a la que le resultan cada vez más seguros los terrenos tribales, chovinistas y de corte nietzscheano a los que los propios Estados Unidos la ha dirigido, en parte tras la destrucción y despiece de su ejemplarizante némesis soviética.

Ya no es sólo que las generaciones venideras del área de difusión hollywoodiense estén exentas de valores universales, es que además han sido exhaustivamente entrenadas en la burla de dichos valores a los cuales consagró su vida Robin Williams.

Lo han matado sus adicciones dicen algunos. Lo mismo decían con, permítaseme el salto de disciplina, Marco Pantani. Muy facilón. La pregunta, mucho más sutil, sería, ¿cómo un símbolo universal puede acabar en alcohólico y drogadicto? La razón es sencilla, su mundo se había acabado. Su eterno papel tragicómico ya no existía. Algunos dicen, “que se hubiera reciclado en indie como Bill Murray“. Pero, ¿quién era Bill Murray?”. Estamos hablando de Robin Williams, una auténtica superestrella de masas, un símbolo.

Hollywood, que está en todo y siempre a la última, incluso en las tendencias más autodestructivas, precisamente le otorgó su único Oscar por El indomable Will Hunting, en un intento desesperado por reciclar a nuestro hombre. En El Indomable se ve a un Robin Williams absolutamente distinto al habitual bienintencionado personaje de fábula dickensiana. Un Williams vengativo con su propio país, al que tanto quería. En El indomable ni más ni menos que ayuda a Matt Damon a tomar la difícil decisión de escoger una humilde vida familiar en lugar de acabar destinado como un cargo de alto cuadro en los servicios de inteligencia estadounidenses.

El indomable

Fue su canto del cisne. Imagino que si has sido César no puedes reinsertarte como un porquero o un simple locupletes de los gustos residuales pequeñoburgueses, esos que se hacen llamar cultura indie.

Su carrera, como buen mimo, era su vida. Estaba acabado. Su Estados Unidos soñado, el de los honrados ciudadanos estadounidenses que salvaban a la humanidad de la barbarie y la irracionalidad de sus propios dirigentes, representado por los nobles soldados irlandeses de Good Morning Vietnam, estaba también acabado. Hollywood no desterró al actor, desterró al hombre. Los mismos gays a los que contribuyó a normalizar a lo bestia, en los oscuros tiempos homófobos, con la tronchante Una jaula de grillos lo veían desfasado. Los mismos médicos que se identificaron con Patch Adams lo veían como un pardillo a día de hoy. Los mismos enamorados que lloraban como madalenas cuando tras toda la parafernalia de Miss Doubtfire, nada más y nada menos que Sally Field volvía con él, ahora lo veían cursi e irreal. Para qué irnos más lejos, los mismos alumnos que lloramos con la escena final de Oh capitán, Oh capitán de El Club de los Poetas Muertos, (Robin Williams tiene el duduso honor de haber recitado un montón de poemas en un taquillazo) llevábamos años sin poder soportar la visión de Robin Williams en pantalla. Los que hemos cambiado hemos sido nosotros, no él.

Confieso que no sé que lección extraer de la vida de Robin Williams. Independientemente de que estemos de acuerdo con él o no y del balance final que hagamos de todas y cada una de sus interpretaciones, no hay más remedio que admitir que Robin Williams era de esos extraños hombres que trabajan para el mundo, para la humanidad, que dedican su vida a luchar en contra de la humillante desigualdad social, de la degradante hambruna, de la miseria humana.

Y todo ello en un país como los Estados Unidos, en el que la gente más socialista, rara y marginada son los fans de Zapatero, vistos por la multitud como despiadados marxistas-leninistas. Y es aquí donde surge lo trágico de su destino, mientras más se esforzaba él en ello más terrible resultaba su lucha, puesto que, quizás, movido por los mejores y los más bellos ideales imaginables no hizo sino contribuir a germinar los más espantosos males.

En sus increíbles ojos tristes se puede apreciar que nunca dejó de darse cuenta de ello. No se entiende de otra manera, que todas sus películas fueran comedias en las que siempre terminabas llorando. La verdad es que esa mirada impotente de hijo único no reflejaba sino ese anhelo castizo del ¡que buen vasallo habría sido, si hubiera tenido un gran señor!

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