Ya hace siglos que sale a debate el tema de pintar a un blanco de negro para representar a Baltasar. Yo mismo he participado del debate porque me ha indignado que, habiendo tantos negros en España, tengan que pintar a un blanco de cualquier manera dando una imagen ridícula. Podrían molestarse en buscar a una especialista del maquillaje y la caracterización. No puedo creer que un Ayuntamiento no sea capaz de encontrar a una profesional capaz de realizar dicha tarea. Si no pueden contratar a una profesional porque el presupuesto se lo han pulido inflando el gasto en caramelos para llevarse una buena tajada, estoy seguro de que en alguna academia de estética pueden encontrar a alguien con ganas. Para una estudiante es positivo incluir en el curriculum haber maquillado a más de 40 personas para una cabalgata municipal.

Probablemente, con la mano de profesionales o estudiantes podrían evitar que la carroza de Baltasar parezca una carroza de mineros asturianos –solo les faltarían los cóctels Molotov. ¿A qué persona adulta se le puede ocurrir pintar de negro a un negro? ¿Acaso están tratando de recrear los dibujos de Tintín? Hay que estar ciego o infantilizado para no ver que los negros somos marrones, ¡motherfuckers! Niños de 7 años –repito–, niños, me dicen en el colegio: “Tú no eres negro, eres marrón”. Estáis haciendo el ridículo delante de los niños. Nadie les dijo que los Reyes son los padres, fuisteis vosotros quienes les hicisteis ver que algo fallaba en esa caracterización. Los niños tienen compañeros negros y saben que no son como los que representáis el 5 de enero. ¡No son mecánicos despistados que se han pasado la mano por la cara! Si esos que veo en la carroza representan a personas de raza negra, Rambo era un afroamericano. ¿Cómo podéis hacer que el Rey más querido sea una chapuza?

He sido Baltasar tres años seguidos. Los 2 primeros fue en Sant Joan Despí. Fue una experiencia genial. Mágica. Lo disfruté más que nadie. Estuve sonriendo durante más de tres horas. El segundo año aterrizamos en helicóptero y pronuncié un discurso sobre un escenario ante la mirada de centenares de personas que aguardaban nuestra llegada. Me habían dado por escrito el discurso unas semanas antes, pero al llegar el día, después de haberlo memorizado con mucho esfuerzo, decidí improvisar. En catalán. Cuando empecé a hablar se hizo el silencio. Mi voz grave parecía anunciar un mensaje de Dios. Veía en los ojos de los propios padres la emoción que habían perdido. Me acordé de aquellos niños que no tenían tantos regalos, que debían compartir y ser agradecidos, que los regalos no era lo más importante de este día sino pasarlo bien y disfrutar. Fueron unos tres minutos que parecieron quince. Los nervios se desvanecieron con las primeras 20 palabras (saludos y felicitaciones para romper el hielo), pero a medida que avanzaba buscaba la manera de cerrar el discurso de forma victoriosa. Notaba que la gente me escuchaba, incluso los adultos (quien ha tenido que hablar para grupos de adultos sabe lo difícil que es hacerles escuchar sin cuchichear por lo bajo. Son peor que niños). Realmente yo hablaba para ellos, los niños se conforman con ver a los Reyes y los padres con ver a sus hijos felices. Me aproveché de ello para hablar de lo importante de estas fiestas, como ya he dicho antes.

La gente me pasaba a los niños para que los cogiera en brazos. Todo el mundo, incluidos padres, quería que el Rey Negro tocará sus manos y a sus hijos. No me lo podría creer. Sin ser futbolista es complicado conseguir esa popularidad en España. Y mucho menos que desconocidos te pasen a sus hijos. El efímero espíritu navideño supera todo tipo de prejuicios.

En mi carroza seríamos, de unas 20 personas, unos cinco negros (mi hermana pequeña también). El resto eran puros blancos, ni latinos ni nada que se les parezca. Estos blancos habían pedido estar en la carroza del Negro porque siempre ha sido su Rey favorito. Toda una muestra de afecto hacia nuestra raza que me gustaría creer que va más allá de la Noche de Reyes.

El tercer año, a diferencia de los anteriores, cobré por hacer de Rey. Ese año recibí la llamada del Ayuntamiento de Sant Joan Despí, pero una tercera vez me parecía demasiado. Me arriesgaba a convertirme en Rey de por vida como lo eran mis compañeros de Cabalgata. Uno llevaba unos 25 años y el otro más de cinco. Yo no quería tener esa obligación con el acontecimiento infantil más grande del año. Si lo hacía era por ver las caras de felicidad de los niños pero tampoco hay que hacer las cosas que uno disfruta de forma obligada. Lo rechacé y lo entendieron perfectamente. A última hora, pocos días antes de Reyes, un amigo me dijo si quería hacer de Rey Mago a cambio de 100 ó 150 euros. Me lo pensé dos minutos y dije que sí, me iría bien la pasta. La ruta consistía en visitar en tres o cuatro casinos y repartir regalos a quienes estaban jugando. Cuando llegábamos se interrumpía la partida y repartíamos un pequeño obsequio a los clientes. La situación era deprimente. Decenas de personas desalmadas se encontraban rascando cartones de bingo una tarde del 5 de enero. A algunos incluso les molestaba nuestra presencia. No sé porqué. Desde mi punto de vista no me daba la sensación de que alguien se estuviese divirtiendo. El premio para la gran mayoría era recibir un fular, una cartera-monedero de los chinos y no sé qué chorradas más que no valían más de 2 euros. Los había que decían que la silla vacía de al lado estaba ocupada por otra persona que había ido al lavabo, que dejáramos allí el obsequio. Ni los niños pequeños son tan ansiosos. Entrábamos rozando la inoportunidad y nos marchábamos como lo hace la orina al tirar del retrete cuando te levantas de madrugada a mear y ni le prestas atención al inodoro. Apuesto que al llegar a casa eran incapaces de recordar quién les dio el fular que tenían en el bolso.

Ese día decidí que mi aventura como Rey Mago se acababa ahí. Como dice un amigo: “M’ha agradat molt però no torno mai més (me ha gustado mucho pero no vuelvo nunca más)”.

Durante los años siguientes me molestó más que nunca que pintaran a Baltasar. Pero con el tiempo he aprendido que todo no es ni blanco ni negro. Ni mucho menos neutro. En todas las historias hay varios puntos de vista.

¿Por qué Baltasar no es interpretado siempre por un negro auténtico?

Después de haberlo sido dos años seguidos en Sant Joan Despí, rechacé un tercero. Cuando me lo pidieron la primera vez noté que les había hecho un favor enorme porque últimamente habían tenido a un negro auténtico pero ese año se les complicaba el tema y temían tener que utilizar el truco del betún. Yo fui la salvación de una cabalgata que ellos tratan de hacer lo mejor posible. Contactaron conmigo porque estaba trabajando para el Ayuntamiento como monitor de actividades al aire libre. No estaban seguros de convencerme, pero yo estaba tan agradecido de haber trabajado dos veranos allí que sentí que aceptar era mi muestra de gratitud.

Lo que sí tuve claro era que esta gente no tenía la confianza suficiente como para pedirle a algún negro que el día de Reyes lo pasé paseando en carroza con la cara maquillada y con un traje que era de todo menos cómodo… ¡y gratis! No es tan sencillo como parece. La gente tiene mejores cosas que hacer. No todas las personas tienen el atrevimiento a disfrazarse y realizar el papel. Al igual que no todos los negros sueñan con ser el Baltasar del pueblo. A esto hay que añadirle que todos los negros no son cristianos, lo cual me hace suponer que un negro musulmán no tendrá muchas ganas de formar parte de una representación cristiana. Se hace complicado encontrar negros dispuestos a ello. Recordemos que es gratis. Los hay que tienen niños y prefieren disfrutar del día recogiendo caramelos con sus vástagos. O quizás necesiten acabar de hacer las compras de última hora.

Cuando un ayuntamiento consigue tener a su auténtico Baltasar, trata de mantenerlo durante años a cambio de nada. Un compromiso así no puede durar mucho tiempo. No creo que una persona que sea invisible durante todo el año quiera ser el centro de atención del Gran Circo de Reyes que tan buena imagen da al Ayuntamiento.

Respecto a los pajes, es necesario un buen número de niños negros, y para ser honestos, si todas las carrozas de la ciudad tuviesen que coger a 40 ó 50 niños negros, tendrían que importarlos. No es viable juntar a tantos niños para este evento. Solo recuerdo una vez en la que todos los pajes éramos negros. Fue en la cabalgata de Barcelona del año 91 ó 92. Fue algo espectacular, pero solo nosotros sabemos lo que llegamos a caminar ese día con la única recompensa de un sandwich y una bebida. No sé si se ha vuelto a repetir o ese año fue excepcional.

Ahora, gracias a las redes sociales podemos ver la opinión de muchas personas al respecto de este asunto. Los blancos también, pero me centro en los negros que reclaman que el Baltasar sea negro. El problema tiene fácil solución: es tan sencillo como presentarse voluntario para el próximo año. Me gustaría ver cuántos se ofrecen. Hay asuntos que están al alcance de nuestra mano pero es más cómodo quejarse y esperar a que otro ejecute la faena. Si de verdad nos importase que pinten a Baltasar ya lo habríamos solucionado. A veces creo que tratamos de decir cosas en el contexto equivocado. No podemos tratar de racista a quien se pinta de negro para hacer de Rey Mago. En caso de ser una actividad remunerada, sí que me parecería racismo que para un puesto en el que está mejor dotado un negro contraten a un blanco, pero en este caso –me refiero a las cabalgatas en las que ni se cobra ni se paga– se pinta a los blancos por falta de voluntarios para formar parte de la última carroza. Es más, dudo que un racista se quiera pintar de negro, lo cual dice mucho en favor de aquellos que son negros por un día. Seguro que si un negro pide el puesto todos estarán de acuerdo en que sea él el Rey Baltasar.

Puedes preocuparte por ser rey un día o serlo toda tu vida. Esta es una batalla pequeña en la que no hay que entrar. Sabiendo que son los padres ¡a mí qué me importa que un blanco se pinte con kanfort negro! Yo quiero que los negros seamos hombres, mujeres y niños. No inmigrantes ni subsaharianos.

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