Es un día cualquiera y decido hacerme una limpieza facial. Quitar la mierda de la cara, pero ¿y la cara de mierda que a veces se me pone?… ¿quién me la quita a mí? Pido cita.

–Sí, sí, la normal. La barata.

–Serán 29 euros.

–Venga, va, dale.

Llego a mi hora. Quizás cinco minutos antes.

–Ahora estoy contigo.

Abro la ¿Cosmopolitan? O quizás otra, no lo sé. Todas me parecen lo mismo. Peinados imposibles y horteras, estampados de ensoñación (de borrachera) y complementos de chatarrería no barata. Consejos. ¿Acaso te pido yo que me digas cómo tengo que peinarme para una primera cita? El mundo se derrumba lentamente y ni siquiera nos damos cuenta.

Llega la hora.

Me siento como una condenada en el corredor de la muerte.

Una última ojeada al móvil. Que empiece la fiesta.

–Estírate, cierra los ojos. Te voy a dejar cinco minutos aquí con el vapor para que se te abran los poros.

Y empieza la tortura. La máquina es ruidosa, emite un silbido molesto y exasperante. No puedo respirar. El vapor, el calor, la intensidad. Aparto la cabeza, creo que voy a morir y ni siquiera hay nadie de mi familia para despedirme. El delirio me lleva al recuerdo de las tres veces que he entrado en una sauna. Siento odio y vergüenza. ¿Por qué esta auto mutilación? ¿Por que este masoquismo a veintinueve euros?

Llega Ella y se pone manos a la obra. Se clavan las uñas, penetra el dolor, sale la mierda. Por ese orden. También en la vida se da ese algoritmo. Matemáticas puras y fundido a negro, que diría Bolaño.

Tras 40 minutos, termina la sesión de embellecimiento. Tengo la cara roja como el ano de un macaco.

Esto se va en un par de horas,  asegura Ella convencida.

Eso espero, porque tengo un compromiso esta tarde. Miento deliberadamente mientras sonrío. Rojeces fosforitas que se ven a tres leguas de distancia. En realidad tengo que ir a firmar unos contratos, de esos de obra y servicio. Podría ir con la cara embadurnada de barro o de boñiga de vaca y posiblemente nade se daría cuenta, pero eso ya es otra historia.

Ahora soy libre, ya no tengo excusa para poner esa cara de mierda que tan a menudo se me queda. (O no).

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