Yo suelo leer las Sagradas Escrituras. Especialmente el Nuevo Testamento. Hay mucha sabiduría en él, aunque hay que buscarla. Es necesario masticarlo bien para percibir más allá de lo evidente, de la primera lectura. La mayoría de las parábolas provienen de leyendas seculares, muy antiguas. Son sabiduría en estado casi puro.

Pasa como con las fábulas de Esopo. Bueno, con cualquier fábula. La cigarra y la hormiga, o La liebre y la tortuga. La teoría es sencilla; hay que trabajar para asegurarse el futuro y posponer la satisfacción inmediata, la tentación de pasarlo bien y no pegar golpe. Y la perseverancia y el tesón, a largo plazo, son armas tan formidables que podemos vencer con ellas a individuos mucho mejor dotados. El problema es que la teoría es fría, no nos llega al corazón. Como si te dicen que el fuego quema. Lo sabes a nivel consciente y almacenas la información. Pero si un día te quemas recuerdas el dolor para siempre, y cuando vuelves a acercarte al fuego no sólo es tu cerebro el que te alerta con su vocecilla fría y desganada, es todo tu cuerpo, y tu corazón sobre todo, el que te mantiene alerta a gritos.

Y con las fábulas, y con las buenas novelas, pasa un poco lo mismo. La teoría penetra más allá del cerebro y te llega al alma, porque empatizas con los personajes y lo que les pasa a ellos es como si te pasara un poco a ti. Siempre y cuando el autor sea bueno de verdad y acabes sintiendo simpatía por los personajes, claro. Aunque eso no es frecuente.

Admito que a mí me costaba entender el sentido de las fábulas. Mi madre solía leerlas con su voz de hada, mientras yo apoyaba la cabeza en su busto. Y yo pensaba que hubiera seducido a la hormiga, y que a la cigarra le pasó lo que le pasó porque no supo seducirla. Y a la liebre la hubiera engañado para acercarme a ella y le hubiera rebanado el tendón de Aquiles con una cuchilla. O tal vez una arteria, y después me la hubiera comido con tomillo y tomate a la plancha. Tal vez hasta me la hubiera zumbado, en caso de tener un día especialmente malo. Pero claro, ya os expliqué que para mí resulta fácil seducir a la gente, que es un don natural. Como los grandes jugadores de ajedrez, que ven la posición de una partida y saben enseguida cuál es el movimiento adecuado. En fin, es un don que tengo, uno de los pocos. Y no me enorgullezco especialmente de él. La verdad es que hubiera preferido tener el Don para ser un gran cocinero. Uno grande de verdad. En fin.

En cuanto a la parábola del hijo pródigo, la primera lectura es sencilla. El padre que te ama y todo lo perdona. Dios. El hijo que se harta de vivir en la granja, exige su herencia y se la patea en bebida y mujeres, y luego se arrepiente y vuelve al redil, descalzo y cubierto de ceniza para humillarse. La incondicionalidad del amor auténtico e infinito y el arrepentimiento sincero. Tocar fondo y perdonarse a sí mismo. También nosotros podemos ser nuestro propio padre para perdonarnos, por cierto.

Y sin embargo, a mí me fascina el personaje del hijo mayor. El tío se queda en la puta granja, trabajando como un pringado. Y cuando vuelve el niñato gimoteando el padre le abraza y ordena matar al ternero cebado para celebrarlo. Y claro, el hombre se enfurruña. Y ha pasado a la historia como el pringado. “Es que su entrega y la fidelidad a su padre eran interesadas”. Bueno, ¿y quién no es interesado? ¿Quién, en el fondo, es capaz de hacer lo que debe hacer sin que haya, al menos, una pequeña recompensa, un reconocimiento? Pues muy poca gente. Yo he conocido apenas a media docena.

Yo no me comí el corazón de mi padre porque estuviera cabreado con él. Que lo estaba, que conste. Fue por una cuestión práctica. Sabía que aquel hombre me iba a joder la vida como se la había jodido a mi madre. Lo sabía igual que si pudiera ver el desarrollo de una partida de ajedrez. Mate en cinco jugadas, y tal. Y darme cuenta de que podía cargarme a mi padre y quedarme tan tranquilo, sin tener remordimientos ni nada, fue una revelación. Como si descubres que tienes un superpoder. Y también me di cuenta de que en mi caso no se me iría de las manos, como les pasa a los supervillanos. Los supervillanos son muy aburridos. En el fondo son tipos que no han tenido la inteligencia de controlar a sus fantasmas y se dejan arrastrar por sus pasiones negativas.

En fin. El corazón de mi padre me lo comí a la brasa, e hice unos espárragos para acompañar. En el aniversario de aquel día me preparo unos espárragos para celebrarlo, aunque improviso recetas y pruebo cosas. Hoy os pasaré una. También suelo contratar los servicios de una señorita de compañía, pero primero recuesto la cabeza en su busto y le pido que me lea el libro de fábulas que me regaló mi madre y que me acaricie el cabello y enrede el dedito en los rizos, como hacía ella.

canibal44

La receta

Ahora es temporada de espárragos. Se pueden preparar de cientos de formas, pero probad con ésta:

Compráis un par de manojos de espárragos de buena calidad. Mejor que no sean ni muy gruesos ni muy delgados. Lo ideal es que sean como un lápiz, más o menos. Si son más gruesos podéis hervirlos un ratito para que no queden crudos por el centro, y luego los escurrís bien. Cortad la base, que es muy dura. Cogéis la plancha y calentáis aceite de buena calidad muy despacito, añadiendo un par de ajos cortados y removiéndolos bien para que el aceite adquiera el sabor. Y luego ponéis los espárragos y los vais haciendo muy despacio, a fuego mediano tirando a bajo. Y los vais girando hasta que queden tostaditos por todas partes, un pelín crujientes. A última hora podíes añadir tacos de Bacon o un poco de embutido cortado a lonchas muy finas. Es mejor retirar el ajo para que no se queme, que estropea el sabor. Y bueno, podéis acompañarlos prácticamente con lo que queráis. A mí me encantan las rodajas de tomate a la plancha, por ejemplo. O un poco de carne de ternera cortada a tiras. Aunque todo tiene su tiempo de plancha distinto, hay que estar atentos!

Y para los espárragos, un poquito de sal gorda, si tenéis, aunque con la sal fina también os podéis apañar.

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