Hay formas de conocer de verdad a la gente. Lo que son realmente, incluso aquello que no saben que son.

La mayoría tendemos a ocultar lo que somos, en mayor o menor grado. Y no es una crítica, que conste. De hecho, creo que es una actitud inteligente. Sun Tzú ya hablaba de eso en El arte de la guerra, hace como 4000 años. Cuando tu enemigo conoce tus puntos débiles estás acabado, sólo es cuestión de tiempo. En la mayor parte de los casos, al menos. Y con tanto cabrón suelto es una buena idea no dar pistas.

Muchos animales que viven en ecosistemas peligrosos adoptan o desarrollan estrategias cuyo fin es parecer menos vulnerables de lo que son, si no pueden fundirse con el entorno. Fingen ser venenosos, o se hinchan para parecer más grandes. ¿Sabéis por qué los pingüinos son negros pero tienen el vientre de color blanco? Las focas leopardo son su principal depredador. Son carnívoras, muy ágiles, y con una dentadura parecida a la de una hiena. Si atacan desde arriba, el color negro de la espalda de los pingüinos se funde con el fondo del mar, pero si atacan desde abajo, el blanco se funde con el resplandor del sol. Así es como funciona. Y estamos hablando de una estrategia que es el resultado de millones de años de evolución, tenedlo en cuenta.

El problema es que la mayoría de las personas que opinan lo hacen desde la ignorancia, parcial o total. Creen, honestamente, que saben lo que es la vida y cómo son las personas. Puede que sea verdad, en algunos casos, pero en la mayoría no tienen ni puta idea. Es como si alguien que hubiera pasado años yendo a un zoológico cada día hablara del comportamiento de los animales. Los lobos, o los leones, o los guepardos. ¿Habéis visto a un hipopótamo atacando a un hombre, en un zoo? Los hipopótamos son mucho más rápidos y agresivos de lo que la gente cree. Es uno de los animales que provoca más muertes de personas. ¿Habéis visto a un oso defendiendo a su cría? No. Sólo habéis visto individuos reposados, bien alimentados. No importa que llevéis años observándoles, la verdad es que no les conocéis en absoluto. Y con las personas pasa lo mismo. La única forma de conocer su auténtica naturaleza es llevándola al límite y observando cómo reacciona en circunstancias extremas. Los bocazas lloran, los más callados sacan la navaja de la que nunca habían alardeado, y los aparentemente frágiles, de repente, resulta que prefieren meterse en una pelea antes que hincar la rodilla. Todo son sorpresas. Si no habéis estado con ellos en una guerra, o en un naufragio, o en una cárcel, es posible que no sepáis todo lo que se puede saber sobre la gente que conocéis. Y eso ocurre porque no solemos  tener en cuenta un hecho esencial, y es que seguimos siendo los niños que fuimos. Crecer es aprender a disimular, a adoptar un papel para adaptarse a las circunstancias. Lo malo es perderse en el papel, olvidar que estamos actuando. Como Johnny Weissmuller, el actor que interpretaba el papel de Tarzán, que acabó dando alaridos tarzanescos en los pasillos del geriátrico atado a su silla de ruedas, mientras babeaba. Y así acaba mucha gente, llamando a gritos a su madre cuando van a palmar, dejando de lado el papel. Seguimos siendo niños.

Madurar es bueno, claro. Nos convertimos en el padre o la madre del niño que fuimos. Pero si le tratamos mal o pretendemos deshacernos de él porque nos incomoda, por culpa de sus miedos o sus anhelos, creamos un monstruo. En la película Liberal arts hay una frase que lo resume muy bien, algo así como que “nadie siente como un adulto”. Conoced al niño que fue una persona y lo sabréis todo sobre ella. Pero también os puede dar pistas observar cómo se gastan el dinero o cómo actúan en circunstancias difíciles. Y cómo tratan a los animales.

Mi tía me adoptó como si yo fuera un perro de esos que no son de raza, de los que te encuentras en una cuneta y te los llevas a casa a pesar de que son feos. Y cuando los adoptas estás ya con ellos a muerte, no importa que sean cobardes, o torpes, o feos.

Ella sabía que yo no era gran cosa, y aún y así me adoptó. Me daba arcilla para que aprendiera a modelar, para calibrar mi talento artístico, mi sensibilidad espiritual y la precisión de mis manos. Y yo hacía tetas y pollas de barro, a escondidas. Pero ella lo sabía, claro. Siempre lo sabía todo. Es la forma más bonita de amar; cuando conoces a alguien, o a tu perro, y le quieres por lo que es. Amor incondicional, sin las influencias del interés o la admiración.

No sé hasta qué punto a ella le sorprendió lo que acabó pasando.

Todo aquello era como un sueño para mí. Vivir con mi tía, todo lo que me enseñaba. Yo la adoraba como un perrito. Y, desde luego, quería que estuviera orgullosa de mí.

Visitamos Grecia, que es una maravilla. La gente tan amable, los pueblecitos encalados, los cencerros de las cabras entre los olivos, las cigarras. Bebíamos vino de resina y mirábamos el mar, de un azul tan intenso y puro que resulta inquietante. Y allí conocí a una pareja de holandeses. Muy rubios los dos, y guapísimos. Iré al grano; ambos eran hijos de padres millonarios. Ebrios de soberbia, con ese punto de arrogancia que no se esfuerzan demasiado en disimular cuando se sienten entre iguales. Ese complejo de superioridad del que siempre ha sido tratado como si fuera mejor o más valioso que los demás.

Navegaban por el Mediterráneo en un velero pequeño, pero carísimo. El muchacho, en el fondo, se creía un aventurero. Y ella era su fan número uno.

Mi tía me animó a frecuentarlos. Ella quería que yo tratara con gente de mi edad. Pero aquellos dos eran tan ordinarios que me ponían nervioso. Bajo sus modales exquisitos y su educación esmerada eran muy ordinarios. En sus aspiraciones, en lo que esperaban de la vida. Pura ordinariez. Acabarían trabajando en la empresa familiar y teniendo una vida apacible y vulgar. Ya por aquel entonces se aburrían como ostras con todo. Les puse el cebo de la aventura delictiva y cayeron como corderos lechales. Les hice creer que tenía un contacto que me proporcionaba un hachís turco tremendo. Ellos se pasaban el día fumando de todo. Lo de mi contacto no era del todo falso. Me dejáis dos días en cualquier parte y al tercero ya seré amigo de la gente más chunga y peligrosa. Pero eso os lo contaré otro día.

El caso es que se excitaron mucho con aquella aventura. El muy idiota hasta trazó un plan y escribió en un papel lo que debíamos hacer si salía mal esto o lo otro. Planes B y C. Y nos hizo memorizarlo, en fin. Adoptó el papel de líder enseguida. Navegamos con el barco hasta una cala muy pequeña y remota. Y bueno, para no aburriros; cuando llegamos a la playa yo me metí entre los pinos y desenterré un paquete de hachís que había escondido. Les dije que mi contacto era muy discreto y no quería que nadie más le viera la cara. Y luego encendimos una hoguera y fumamos y bebimos en la playa. El muchacho quería irse de allí, tenía miedo y decía que era más seguro hacerlo en el barco o en otro sitio. Yo me reía de él, y la chica se reía conmigo como si ya fuera una delincuente experta y veterana, y el pobre se enfadaba. Nos pusimos hasta los topes de fumar y beber. La chica dejó que le tocara las tetas. Para ellos, aquello era una especie de bacanal, un romper con todo. Los guiris son así. Y el chico mirando y sonriendo, como si fuera un experto en llegar a lo más hondo de los abismos de inmoralidad. El corazón me iba a cien por hora. Al final no pude más y los maté allí mismo. Luego les corté los pies y los metí en una bolsa con hielo seco. A ellos los enterré entre los pinos y dejé el barco a la deriva. Me había asegurado de que nadie supiera que estaba con ellos, claro.

Volví con mi tía muy excitado y con una bolsa de un supermercado holandés rebosante de pies. Yo tenía tierra debajo de las uñas y en los zapatos. Hasta en el pelo. Y la ropa en muy mal estado por haber cruzado la isla a campo a través. Me había caído un montón de veces, caminando a oscuras. Pero estaba eufórico. Y le tendí la bolsa de pies a mi tía como una ofrenda. Era como un perrillo que dejara un hueso roñoso en el suelo, delante de su dueño. Moviendo la cola y con la mirada brillante. “He cazado para ti. Soy de la manada”.

Decepcionar a mi tía fue muy triste. Ella se dio cuenta de que yo no había entendido nada, y de que nunca sería como ella. En fin. Sólo me acarició la cabeza e intentó ser amable cuando me explicó que lo que yo había hecho era muy feo. Como harías con un perrillo.

Me hizo volver con Londa a Santiago, para retomar la carrera, y ella se fue a casa de unos amigos que vivían en las islas Molucas. O eso me dijo. Creo que necesitaba estar sola una temporada. Para mí fue muy triste, pero menos de lo que yo creía. Supongo que en el fondo yo ya me conocía bastante bien, y en cierta forma fue un alivio que ocurriera algo que tenía que ocurrir tarde o temprano.

Esta semana os dejo una receta muy curiosa. De la época del imperio romano!

http://salmorrejo.blogspot.com.es/2013/03/receta-romana-patas-cerdo-asadas-con.html

 

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Londa

 

 

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