Hay cosas con las que no se puede jugar, barreras imaginaria que no se pueden saltar. Está bien soportar con romántica y tierna resignación los continuos cortes de luz, la escasez de agua, el desastroso tráfico… “Qué exótico”, es el pensamiento del occidental que llega a este extraño enclave llamado Líbano con una maleta a rebosar de ropa de verano y un idealismo puro, casi celestial.

Pero no es exótico, ni es divertido, ni es la esencia del país. El Líbano está lleno de mierda. Hasta arriba, y no estoy hablando metafóricamente. Durante semanas las basuras han colonizado las calles de todo el país y las ratas han criado en cada esquina –y no es que haya pocos roedores– como si de un experimento de laboratorio se tratara. El 17 de julio se ponía fin al contrato del Gobierno libanés con la empresa de recogida de basuras Sukleen, dejando al país sin uno de los servicios públicos básicos. En realidad, sin ningún servicio básico. Todo falla, nada funciona.

La gente está cansada, hastiada de la corruptela que rige el país. Puede soportar muchos envites pero llega un punto en que la situación apesta. “Algo huele a podrido en Dinamarca” dijo Marcelo en Hamlet. Algo huele a podrido en Beirut. El Gobierno libanés apesta. “You stink” es el lema de todos aquellos que se han concentrado durante este último mes en la capital. Una campaña que pide la dimisión del ministro de Medio Ambiente, Mohammad Machnouk, del Primer Ministro, Tamman Salam, y unas nuevas Elecciones Legislativas. Y puestos a pedir: la “refundación” –I’ada Ta’asis– de la República libanesa.

Sin embargo, la sospecha de que el movimiento ha servido para intereses políticos personales y no sólo sociales y globales resuena por todo el país. Michel Aoun, el líder cristiano del Movimiento Patriótico Libre y actual miembro del Parlamento, ha realizado una jugada maestra. Ha sabido ligar las protestas que inició unas semanas antes con la campaña “You stink”.

Casualidad o no, llega un punto en que uno no sabe si salir a la calle con una pancarta que clame “Vosotros apestáis” o, por el contrario, consagrarse espiritualmente y, con una actitud mesiánica, proclamar: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Fotografía: Craigfinlay

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