Escribir hoy sobre los dinosaurios del rock supone elegir entre dos posiciones muy distintas: se puede brindar con ellos para desmentir con entusiasmo la actualidad y se puede tomar el camino medroso del acercamiento irónico o la nostalgia. Yo escojo el primero, aunque se me vaya a imaginar con una taza de Star Wars en la diestra y el último número de Jot Down en la siniestra. Hace tiempo que se impuso un pudor, un decoro, a la hora de citar ciertos nombres fundamentales en la historia del rock. Ya sólo las palabras “historia del rock” hieden a reediciones, a documentales mal producidos y a cajas de cartón pudriéndose en las estanterías de unos grandes almacenes. Podrían cerrarte las puertas de más de un garito si te las escuchan en la cola: me arriesgo. Y es que en un negocio que depende tanto de los productores y los promotores como de los músicos hace falta ventilar y es necesario impedir que Roger Waters vuelva a salir de gira, pero no está de más recuperar el empuje de los grandes nombres. Al fin y al cabo, por mucho que ya sepamos que la calidad de un concierto no se mide por el número de camiones que desplazó, por la potencia de los focos o por su recaudación, un jovencísimo Keith Moon comprándose el mismo Rolls-Royce que la Reina de Inglaterra supone una transgresión fuera del alcance de la literatura o del arte. Un golpe contra esa ingenua lista de enemigos que se debe recitar siempre con el ardor de un estudiante situacionista: los padres, los curas, los profesores y los policías. Y con su arma: el dinero.

Se ha dicho tantas veces: son una mitología, un santoral laico, una galaxia que brilla ahora con menos fuerza porque la reivindican con sinceridad sólo los que han superado los cincuenta, pienso en Rodrigo Fresán, Belén Gopegui, Manuel Vilas. Qué difícil hablar con un poeta novato que disfrute con el Dylan de los ochenta a pesar de Infidels, qué complicado dar con un grupo indie que se acuerde de Jethro Tull por mucho que mi amiga Teresa Cobo afirme haberse tatuado el logo de Chrysalis Records como homenaje a la banda de Ian Anderson. Ni me lo creo, ni está dispuesta a demostrármelo.

Ahora, concentrados en la maximización instantánea del detalle (de Foster Wallace a The XX), se nos pierden muchas cosas de esta herencia demasiado ostentosa para los defensores a ultranza del presente: es una pena que el discurso de estos coincida tanto con el ideario punk. También hemos llegado tarde a esto.

En cualquier caso, yo siempre regreso sobre estos clásicos y acabo de leer las memorias de Pete Townshend (Who I Am, Malpaso Ediciones). En ellas, bajo lo anecdótico —que es lo que más disfrutamos los que somos dispersos; de un tratado de anatomía, las ilustraciones— asoma una misma nota triste que vertebra todo el libro, toda su vida.

Conocemos el éxito que alcanzó Townshend con los Who, pero lo que un oyente casual nunca detectaría es la profunda insatisfacción de su líder. Nadie lo tiene más fácil para convertir su vida en relato que una estrella de la música, para llevar al extremo lo que Céline llamó un “viaje imaginario del otro lado de la vida”. Sin embargo, el guitarrista londinense renuncia una y otra vez a ello, para decepción de unos seguidores que siempre hemos valorado sus canciones rabiosas por encima de cualquier otra parte de su trabajo.

Sorprende, cuando uno está acostumbrado a que los miembros de las bandas acaben firmando con el nombre de su grupo por apellido, que Pete incluso reniegue de los Who y dedique más páginas a hablarnos de las mil causas menores que abrazó, de sus inquietudes espirituales siempre rozando el delirio o de sus composiciones menos exitosas (musicales, bandas sonoras…) que de los discos que le hicieron millonario.

Él mismo lo dice: es un pesimista. Ha vivido a una escala inimaginable para la mayoría y sin embargo, con casi setenta años, sigue dando más importancia a los proyectos frustrados que a los enormes triunfos. Se queja de que Lifehouse (una ópera rock que partía de unas premisas absurdas) no pudiera llevarse a cabo. De ahí salió el Who’s Next, con Baba O’Riley. Se embarca en cientos de aventuras que no le llevan a ningún sitio, en un momento escribe “decidí crear el primer teatro por Internet”.

Desde los ochenta, en definitiva, ha invertido todo su tiempo, dinero y energía en intentar aplacar unos fantasmas que nunca le permitieron sentirse afortunado. Impresiona comprobar cómo Pete Townshend, el gigante de los escenarios, el santo laico, el del elegante molinillo a la guitarra, nunca supo defenderse de sí mismo. Si él no pudo, quién nos defenderá a nosotros.

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