Hoy he visto en TV cómo un policía le pegaba a un padre delante de su hijo y delante del abuelo. He visto cómo un imbécil le pegaba a una persona por llevar una camiseta del equipo rival. He visto cómo un grupo de tarados metían gas pimienta en un pasillo y quemaban a futbolistas que salían a competir, rivales pero protagonistas del espectáculo por el que habían pagado. He visto una vez más a políticos mintiendo, a banqueros cómplices de desahucios y a candidatos gastando un dinero que no les pertenece. Vivimos en una sociedad violenta y cuando alguien se altera y se levanta para señalar al violento, para enfrentar al violento, para minimizar al violento, lo último que espera es que sea uno el señalado; uno, el motivo de controversia; uno, el elemento transgresor.

Pues eso está pasando todos los días y hoy no es distinto de ayer.

Toda una vida soportando la violencia dialéctica, la violencia emocional, el desprecio a través del grito, la prepotencia como arma arrojadiza, años callando y otorgando a esos seres inmundos que juegan con la estabilidad familiar de tantos y se encaran con todos, se enfrentan a todos, amenazan con el grito, juegan con el chantaje emocional, mienten y manipulan, esos que no respetan nombres ni edad, filiación o parentesco, esos que solo buscan salir airosos porque nunca tienen la culpa y por evitarla te llenan de mierda y te coartan la vida. Y justo cuando se les paran los pies, se les enfrenta, se les limita, se les condiciona, se les abre una vía llamada miedo, van ustedes, víctimas de todo el escarnio y señalan a quien tiene los santos cojones de parar al violento y de mirarlo a los ojos, incluso ofreciendo dos hostias que supondrían el fracaso de toda resolución de conflicto y lo critican y lo identifican como el creador del problema. Van y lo vuelven a justificar, otros lo vuelven a votar, otros se dejan llevar por una opinión sin base ni fundamento, opinión de muchos pero no opinión genuina.

Ante el violento, del rango que sea, no se puede ser condescendiente; pero ante el frustrado, ante el acomplejado, ante el egoísta que solo juzga lo que oye y no lo que ve, con esos no se puede hacer nada más que ir directo al corazón: “¡Váyanse a la mierda!” Cuando alguien está dispuesto a partirse la cara para garantizar la honorabilidad de lo que sea, para minimizar la violencia emocional de un impresentable y esa gente, que vive bajo la miseria afectiva de estos animales, bajo la dependencia cómoda del que ya está por costumbre, no saben identificar a quienes los defiende, a quienes tratan de diezmar el efecto de dicha violencia y lo venden por las formas, por la fachada, por la hipocresía de una educación mal entendida, sinceramente, no queda más que apelar a la burda realidad. ¡Váyanse a la mierda! El síndrome de Estocolmo con gente que condiciona la manera de vivir de familias enteras no tiene cabida. La cobardía del que esconde la cabeza y deja el cuerpo fuera, no tiene el más mínimo sentido de la consideración.

Mis respetos por los que transgrediendo las formas evitan catástrofes, evitan que animales de media neurona campen a sus anchas en sus cortijos privados. Mis respetos para quienes rompiendo con los protocolos de la buena educación se enfrentan a esos que solo saben gritar e intimidar. El fin no justifica los medios, salvo cuando la estabilidad emocional de quienes vienen mirándonos como referentes está en juego. Ojo, no es apología de la violencia, sino simple apología a la valentía. A levantarte y gritar, “hostia, ya está bien” y, si viene acompañado de un racimo de salidas de tono acordes con el contexto, si lo estás viendo, no juzgues por lo dicho, sino por lo hecho. Y si no eres capaz de quitarte tus prejuicios de delante de tus ojos, cuida de no señalar a quien puede ser una fuente inagotable de bienestar y, sobre todo, ojo con dogmatizar: no todo lo que se aprendió en la niñez tiene fundamento cuando se llega a la edad adulta. El miedo es una emoción, la valentía es la manera de hacerle frente desde el rigor del argumento, aunque sea dicho a voz en grito.

Si aun así no entiendes esto, sinceramente “vete a la mierda”. Necesitamos dejar de ser ñus, borregos, dóciles criaturas que se dejan llevar por falsos líderes. A veces necesitamos levantar la voz para hacernos oír entre tanto rebuzno, solo para preservar algo consustancial a todo individuo, el derecho a ejercer tu vergüenza de la manera más digna.

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