El cataclismo al que se está viendo abocado el periodismo patrio puede tener diferentes lecturas según el punto de vista desde el que se mire. Hay muchas circunstancias que confluyen hasta culminar en este abismo. Una de las más importantes es el paro. En España se estima que cerca de 30.000 profesionales de la comunicación se ven privados de ejercer su profesión (las empresas han sabido sacar tajada tanto a la crisis como al despido a precio de saldo) y este hecho ha motivado que los medios busquen alternativas para seguir adelante. Internet y las redes sociales parecen ser la vía de salida más fácil, barata y recurrente. Junto a ella llegan contratos basura para recién licenciados o para personas que no les queda más remedio que aceptar lo que les den para seguir subsistiendo. Estos son los verdaderos jornalistas (curioso que en lenguas como la portuguesa, la inglesa –journalist– o la italiana –giornalista– la palabra que denomine este oficio se parezca a una ocupación tan patria como la de jornalero) de la profesión, no esos presuntos periodistas que van de estrellas y acaban estrellados en su propia mediocridad.

En el polo opuesto llega otro tipo de precariedad, la del oficio en sí, un pájaro de mal agüero que aterriza en las distintas ramas del periodismo. Sin embargo, esa falta de derechos y recursos convive con los sueldos de los “profesionales” mencionados, emolumentos indignos –por desorbitados– para la función que realizan. En televisión (y desgraciadamente en la pública que pagamos todos) sin ir más lejos, hay ejemplos halitósicos. Uno puede llegar a pensar que son gazapos o errores puntuales, pero por esta razón se ejemplifican varios casos de plumillas con fama que no han caído en la errata por despiste sino que a lo largo de su carrera son propensos al fallo. ¿Son humanos? Sí. ¿Tienen derecho a equivocarse? También. Pero cuando son muchos los errores canta que sigan ejerciendo su trabajo cuando hay tantos compañeros en las colas del INEM.

Mariló Montero es un caso paradigmático. La que se autodenomina “el bufón de España” golpea sin rubor a la lengua del Quijote y a quienes la usamos. El esperpento más sonado fue cuando confundió las siglas ‘QDEP’ (que descanse en paz) con las iniciales del nombre de una persona. “Tengo a mi compañera en medio de un río, el Nilo” (cuando se refería al Miño) tampoco le anduvo a la zaga. También se lanzó a la piscina cuando su programa programó en la escaleta el seguimiento del crimen de Asunta Basterra: “Si acaba de ser asesinada, todavía está blandita”. Lindezas que, aun así, la mantienen en la parrilla de la 1 de TVE con un sueldo de Champions.

La lista de equivocaciones no termina aquí. La presentadora del Canal 24 Horas, Beatriz Pérez Aranda, se coronó hace algunos años con varias ‘joyas’ periodísticas. Mientras estaba hablando de una carrera de Fórmula 1, que se estaba disputando en esos momentos, Aranda leyó la clasificación momentánea que le habían pasado en papel viéndose obligada a improvisar para unir esto con la siguiente noticia. Su comentario no tiene desperdicio: “El piloto Robert Kubica va como si fuera un pepino”. En otra ocasión, esta jornalista informó sobre el concierto del cantante estadounidense Jack White, que presentaba su álbum Bunderbluss (trabuco en castellano). El problema vino en el orden en el que dijo las palabras, que dio lugar a demasiadas connotaciones, no relacionadas con el tema del que hablaba. Otra salida de guión de la periodista de TVE ocurrió cuando durante un informativo calculó mal el tiempo que le quedaba para la conclusión de la noticia y cuando la cámara volvió a conectar con plató ella gesticulaba como si se estuviera bebiendo una botella.

Carlota Vizmanos y Paco Caro son los responsables de presentar los resúmenes de los partidos de Primera División en el programa Estadio 1. Ellos, haciendo gala de su supuesta profesionalidad, dan la impresión de que no preparan sus comentarios, puesto que hay silencios, errores en el nombramiento de los jugadores, o desconocimiento de los minutos en los que se producen jugadas polémicas o goles. Esos son los ‘premios’ que le regalan al televidente que sintoniza con el mítico programa de la tele de todos. Les invito a que les sigan los sábados y domingos por la noche para que juzguen ustedes mismos porque repiten su mala praxis semana sí semana también.

Un último ejemplo, para no aburrir al lector, lo protagonizó Diego Martínez, narrador de los partidos de Liga Femenina de baloncesto en el vilipendiado canal Teledeporte. Hace algunos años, este locutor contó para toda España un encuentro entre el Puig d’en Valls de Ibiza y el Mann Filter de Zaragoza. En él, estuvo refiriéndose durante tres cuartos a una jugadora del equipo ibicenco (Sandra Prsic) que había dejado el club meses atrás. Se dio cuenta en el último periodo del partido. Martínez suele cometer este tipo de equivocaciones de manera habitual, además de errar, entre otros aspectos, en las reglas del juego.

Quizá la radio sea la menos castigada por las continuas meteduras de pata de sus trabajadores, si bien también se cae en el error con frecuencia. Famosos son los casos de dar la hora equivocadamente en el archipiélago canario: “Son las 10, las 4 en Canarias”, oído en Radio Nacional. O dar paso a un corresponsal que no responde o bien quedarse en silencio (mortal en la radio) o bien que el corresponsal esté hablando de otro tema distinto o con alguien que pasaba por ahí. Pero insisto en que son casos puntuales no repetidos por un mismo profesional. Todos somos humanos, todos nos equivocamos.

La prensa escrita (sobre todo en papel, no tanto en Internet) sí es dada a errores, tanto en titulares, subtítulos, textos, fotos o pies de fotos. La ventaja de los gazapos impresos –a pesar de su permanencia en el tiempo– es que al haber muchos y variados (que no repetidos) suelen pasar desapercibidos. No es norma habitual ver a un medio equivocarse día sí, día no, más que nada porque si fuera así sus responsables no durarían mucho en el cargo.

Nuestro idioma también ha sido el yugo (involuntario quiero pensar) de periodistas tanto en televisión como en prensa. Puede pensarse que en los casos que se muestran en este enlace hay dejadez, falta de atención o simplemente desconocimiento del castellano (que sería lo más grave para alguien que vive de la palabra). “El PP obtuBo el 45% por ciento en intención de voto”, “Ataque deBastador”, “Madre coraGe” “Las llamas han deBorado 10.000 hectáreas de una zona de alto valor ecológico”, “Reparto chapuZero”, “Ponemos el trigo en una HoYa con agua y dos cucharadas de sal”, “Gracias a la boda el inmigrante accede a la tarGeta comunitaria”, “El equipo femenino exiJe respeto”, “Los voluntarios Hizaron la bandera”. A eso hay que añadir los errores de personajes públicos a los que cambian el cargo o el nombre, así como fallos básicos en un mapa (Telemadrid colocó Austria en Francia en uno de ellos). Estas y algunas bofetadas más al español se pueden leer continuamente en las televisiones estatales, lo que deja en mal lugar primero a los redactores que las escriben y segundo a los responsables de emisión que las editan.

Acabemos con una reflexión en voz alta. ¿Cuál es la solución a tamaña mediocridad en los medios de comunicación? Les aseguro que me encantaría saber la respuesta. Yo, de momento, seguiré siendo un jornalista común. Es decir, un periodista en paro.

Fotografía: Javier Micora

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