Un hombre ingresó a la Casa Rosada, el palacio presidencial de Argentina, con una caja negra en las manos. Se trataba de un estuche sin señas, forrado con terciopelo, y tenía un libro en su interior. Era la réplica de un antiguo tratado de quiromancia que había pertenecido a la biblioteca del libertador José de San Martín. Pocos rasgos más intrigantes en la historia universal del poder que la curiosidad de un gran estratega militar por leer el futuro en la palma de una mano. El salón de la Casa Rosada se fue colmando de ministros, diplomáticos y altos funcionarios peruanos y argentinos. Minutos antes del mediodía, llegaron los presidentes. Ramón Mujica, el portador de ese libro para adivinos, se sentó en la mesa circular de los gobernantes y colocó la caja negra a la vista. Era una escena insólita en América Latina: dos presidentes estaban a punto de quedar intrigados por un libro.

Ollanta Humala visitaba a Cristina Kirchner en un viaje relámpago para firmar varios acuerdos, desde la lucha antidroga hasta el traslado de presos. Ramón Mujica viajaba en la comitiva como director de la Biblioteca Nacional del Perú. Cuando llegó su turno de firmar el convenio cultural, Mujica se las arregló para romper el protocolo: en vez de regresar a su silla, junto a las demás autoridades, dio unos pasos hasta la mesa de honor y entregó la caja negra a Ollanta Humala, quien se levantó para recibirlo. Por unos segundos Mujica le dijo unas palabras que sólo Cristina Kirchner pudo escuchar. Humala no resistió la tentación de abrir el estuche en ese instante y la presidenta de Argentina se sumergió durante varios minutos en ese libro lleno de dibujos de manos marcadas con signos extraños. La política, como el esoterismo, es un reino de símbolos: entre los títulos que le corresponden como presidenta de Argentina, Cristina Kirchner ejerce el de Gran Maestre de la Orden del Libertador San Martín. Nadie parecía recordarlo cuando, minutos después, le tocó imponer al presidente del Perú un collar de oro con la imagen de un cóndor, una espada sobre una corona de laureles y la efigie de San Martín rodeada de brillantes. Acaso el único que valoraba la coincidencia era el bibliotecario que acaba de romper el protocolo para entregarle un libro de quiromancia.

Ramón Mujica llevaba meses persiguiendo ladrones de libros antiguos en Lima y había hallado pruebas de que una de las rutas del tráfico pasaba por Buenos Aires. Atraer la atención de ambos presidentes con un detalle enigmático era un movimiento digno de un prestidigitador: los políticos cautivan a la gente con discursos; los bibliotecarios, con misterios. Un tratado de quiromancia como ese es más que un manual de instrucciones para leer el futuro: es una máquina del tiempo y de conocimiento, un objeto capaz de transportar a un lector a otro mundo y a otra mentalidad. «Este libro es impreso medio siglo después de la invención de la imprenta por Guttemberg [sic]», dice una anotación en la primera página de ese ejemplar. Trescientos años más tarde, estuvo en la colección que el general San Martín donó para fundar la Biblioteca de Lima y fortalecer con libros la libertad ganada por las armas. El tratado de quiromancia sería robado durante la guerra que enfrentó a Perú y Chile al final de ese siglo de rebeliones ilustradas. «Lo recobré del poder de un soldado chileno en 1881, por dos reales de plata», dice la misma anotación. La firma es del tradicionista Ricardo Palma, el director que en ese tiempo reconstruyó la Biblioteca Nacional del Perú a fuerza de pedir libros de puerta en puerta. Mujica, el hombre de la caja negra, es su más reciente sucesor. También es un hombre en busca de tesoros perdidos.

[II]

Ramón Mujica es un experto en el poder de los símbolos antiguos. Durante años se ha dedicado a descifrar mensajes en las imágenes religiosas de grabados, pinturas y esculturas del tiempo de los virreyes del Perú. A inicios de los años noventa del siglo pasado, entusiasmó a la comunidad académica con un libro que arrojó luces sobre uno de los temas más intrigantes de la época colonial: la aparente obsesión de sus artistas por pintar retratos de ángeles arcabuceros. Varias series de cuadros sobrevivientes de aquel tiempo muestran a esos personajes celestes vestidos con trajes militares y con armas, como soldados con alas. El mayor enigma de esas obras era que numerosas pinturas tienen inscripciones con nombres de ángeles que no aparecen en la Biblia. Nombres que nunca fueron reconocidos por la Iglesia Católica. Mujica, un erudito fascinado con la historia de las religiones, hurgó en bibliotecas americanas y europeas en busca de pistas. Encontró documentos desconocidos sobre el tema. En vez de un estudio sobre historia del arte, lo que hizo parecía un esfuerzo por resolver un acertijo de la antigüedad clásica: combinó referencias de disciplinas como los estudios bíblicos, la patrística —el estudio de los escritos de los padres de la Iglesia primitiva—, la filosofía neoplatónica medieval, la magia renacentista, la teología tridentina y la antropología. Sus hallazgos revelaron la existencia en América de un antiguo culto angélico, que reivindicaba la devoción a siete ángeles específicos como príncipes del cielo y guerreros del Apocalipsis. En su momento, este culto había sido investigado por el Santo Oficio debido a sus aparentes vinculaciones heréticas con la cábala y la magia. Sin embargo, tras una serie de complejas reinterpretaciones, terminó convertido en la doctrina político-religiosa que facilitó «la Conquista espiritual del Nuevo Mundo»: las pinturas de ángeles soldados abrieron los caminos de los Andes a los evangelizadores de la monarquía española.

Mujica puede contar esta historia como si fuera una novela de misterio. Más que un estudioso encerrado en una torre de marfil, parece un científico de la era victoriana, uno de esos exploradores que se vestían como catedráticos para presentar sus hallazgos ante sus colegas de la comunidad científica. Algunos detalles de su biografía explican el origen de su curiosidad: es hijo de Manuel Mujica Gallo, un recordado mecenas que combinó una activa vida política con su acentuada pasión por el arte, y estudió Antropología en el New College de Florida, una universidad experimental de estilo socrático, de la que se graduó con una tesis sobre los conceptos del amor y la guerra en la poesía hispano-árabe del siglo XII. De regreso al Perú, durante una época repartió su tiempo entre el negocio familiar de bienes raíces y las visitas diarias a los conventos de Lima: por las mañanas daba directivas y firmaba cheques, y por las tardes se internaba en bibliotecas religiosas sumidas en un silencio monástico.

En una época en que el mundo entraba a una vorágine de conquistas tecnológicas, Mujica frecuentaba recintos donde la mayor tecnología permitida eran sus anteojos redondos de carey. El hombre que quería resolver un enigma sobre ángeles se asomó a la oscuridad del pasado con la curiosidad como linterna. «Un estudioso —escribió Virginia Woolf— es un entusiasta concentrado, solitario, sedentario, que busca en los libros ese grano especial de verdad en el cual ha puesto todo su afán». Mujica lo encontró en antiguos tomos amarillentos, algunos de los cuales no habían sido leídos en siglos. Su mayor descubrimiento no fue hallar esos libros y documentos, sino entender lo que revelaban acerca de las ideas y costumbres, miedos y esperanzas del tiempo en que fueron escritos. «Es obligatorio beber de las fuentes que animaron a nuestros artistas con el fin de comprender el significado de sus visiones y el sentido final de sus obras», explicó Mujica en su estudio sobre las pinturas de ángeles.

Fue esta certeza sobre el valor de los libros antiguos como valiosos artefactos de la memoria la que lo motivó a lanzar un mensaje de alerta desde Lima a Buenos Aires una mañana de agosto del 2012, tres meses antes del episodio con el tratado de quiromancia y los presidentes de Perú y Argentina. Ese día Mujica iba a contar detalles sobre el sofisticado robo de un manuscrito de la Biblioteca Nacional del Perú. Esta vez el experto en ángeles no actuaría con un sigilo de convento, sino con la resonancia de la era digital: revelaría el caso en una teleconferencia con un grupo de invitados a la embajada del Perú en la capital argentina. El libro robado era un catecismo del siglo XVIII escrito en quechua, una evidencia de cómo los evangelizadores españoles reciclaban palabras del idioma nativo para predicar conceptos occidentales como el cielo y el infierno, los ángeles o el diablo. Pertenecía a una de las colecciones más importantes de la Biblioteca Nacional, pero nadie supo de su desaparición hasta que un académico francés lo redescubrió de manera casual en una prestigiosa biblioteca de Washington. Entonces se supo que esa institución lo había comprado a una librería anticuaria de Buenos Aires. Tras una odisea por ambos extremos del continente, el libro había sido devuelto, y ahora el director de la Biblioteca Nacional trataba de obtener aliados en una cruzada internacional para detener el tráfico de libros. «Con la aparición del manuscrito se puede reconstruir el circuito del robo», dijo Mujica al grupo que lo escuchaba desde una pantalla gigante, media docena de personas entre las que estaba Horacio González, director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, y Alberto Casares, presidente de la Asociación de Libreros Anticuarios de ese país. El autor del robo, explicó Mujica, no sólo se había llevado el ejemplar —como ha ocurrido en otras bibliotecas del mundo—, sino que había eliminado casi todos los rastros de su existencia, desde las fichas bibliográficas hasta el registro de la bóveda donde había estado guardado. El ladrón también se cuidó de eliminar las papeletas de los investigadores que habían visto ese libro en años recientes. Había sido, en palabras de Mujica, un trabajo interno.

[III]

Una tarde Mujica me contó cómo había descubierto la gravedad de los robos en la Biblioteca Nacional. Había ocurrido en su segundo mes de director. Durante una reunión en su despacho, una funcionaria le dio una noticia: alguien había tratado de robarse parte del archivo que perteneció a un antiguo presidente del Perú. Unos operarios de mantenimiento habían encontrado siete carpetas con documentos escondidas al interior de un mueble viejo en la azotea de la antigua sede de la BNP, un edificio del Centro de Lima que por casi doscientos años guardó los mayores tesoros bibliográficos del país. Los técnicos que acudieron a verificar el hallazgo se toparon con más de cuatro mil páginas de la correspondencia del mariscal Andrés Avelino Cáceres, dos veces gobernante del Perú en el siglo XIX, y uno de sus mayores héroes militares. Eran papeles históricos que debían estar en la bóveda.

El hallazgo accidental había ocurrido el mismo día en que el presidente Humala firmó la resolución suprema que nombró a Ramón Mujica director de la Biblioteca Nacional del Perú. Sin embargo, Mujica no recibió la noticia de los robos al tomar el cargo ni en las semanas siguientes, sino hasta que regresó de un viaje. Su reacción inmediata fue presentarse en el viejo local de la Biblioteca con una comitiva de funcionarios y personal de seguridad para esclarecer el robo. «Estaba consternado —recordó una trabajadora que presenció la escena—. Decía que no entendía por qué le habían ocultado eso». Allí se enteró de que desde el día del hallazgo, la jefa del Archivo, Martha Uriarte, había tenido que hacer malabares en su oficina para proteger los documentos de Cáceres: cada tarde, antes de irse a casa, los cambiaba de estante en secreto, para evitar que algún intruso de la mafia se los volviera a llevar durante la noche. Uriarte no confiaba en nadie y por eso esperaba el retorno del director para entregárselos en persona. El asunto era más grave que un intento frustrado de robo. Otra funcionaria había dado una orden general para ocultárselo. «Sentí indignación: me di cuenta de que todas las personas que me habían sonreído, que me habían felicitado, que me habían dicho que iban a trabajar conmigo, todas estaban mintiendo», dice Mujica sobre algunos de los funcionarios de la BNP al recordar el incidente.

No era el primer caso conocido de hurto en la Biblioteca Nacional. En años recientes, antes del nombramiento de Mujica, varias denuncias periodísticas habían revelado el robo de grabados y de tomos completos de sus fondos más valiosos, cuyo acceso solo está permitido a investigadores. El problema no había terminado ni siquiera con la mudanza de la antigua sede del centro de Lima a un nuevo edificio en uno de los distritos más residenciales de la ciudad. La respuesta oficial seguía pareciendo una política para aliviar goteras: cada denuncia era asumida como un caso aislado y no como la operación de una mafia. Así había ocurrido incluso cuando un par de académicos peruanos, especialistas en religiosidad colonial, entregaron a un diario limeño la prueba documental de uno de los robos. Se trataba de la copia microfilmada de un grabado del siglo XVII que muestra un retrato de Nicolás de Ayllón, un noble indígena a quien la Iglesia Católica llegó a declarar venerable, el segundo de los cuatro pasos a la santidad. Los investigadores habían estudiado el grabado en físico para unos libros que estaban preparando. Tiempo después, esa página había desaparecido del tomo original. El tema no había pasado inadvertido para Mujica: el experto en ángeles es también una autoridad en la historia de los santos. Durante sus propias investigaciones, había trabajado con documentos y libros de la misma época. Alguna vez había tenido el grabado de Ayllón en sus manos. Por eso, días antes de sentarse como nuevo director de la Biblioteca, Mujica indagó sobre este caso con dos de sus antecesores, un sociólogo y un historiador. Según recuerda, uno de ellos le dijo que el caso Ayllón era una manipulación periodística. El hallazgo del archivo de Andrés Avelino Cáceres en la azotea del edificio antiguo acabaría con cualquier duda: los robos eran sistemáticos.

El experto en ángeles y santos se había transformado en una especie de fiscal con buenos modales. Su habitual elocuencia de palabras relacionadas con el arte y la historia había dado un giro hacia un lenguaje jurídico de expresiones como «sospechosos», «delito», «evidencia», «pruebas». Este vocabulario era un síntoma de las circunstancias: su primer año y medio como director de la Biblioteca Nacional del Perú había resultado más típico de una procuraduría anticorrupción que de una institución con fines académicos. El hurto frustrado en el edificio antiguo fue apenas un primer punto de inflexión: en lugar de intimidarse por la mafia de traficantes de libros, Mujica lideró una cruzada para combatirla. En los meses siguientes ordenó que se hicieran denuncias penales y que se contactara por correo electrónico a más de siete mil usuarios para consultarles si sabían de algún otro robo. Las presiones internas para traerse abajo las pesquisas, provenientes de ciertos grupos de trabajadores de la Biblioteca, lo empujaron a una medida extrema: el cierre total durante unos meses para hacer un inventario de tesoros bibliográficos. Fue entonces cuando confirmó que cerca de mil ejemplares antiguos habían desaparecido de sus bóvedas. El día que hizo pública la cifra, Mujica mostró una evidencia de la obscenidad de los ladrones de libros: un video del momento exacto en que un vigilante de la bóveda principal entró a llevarse un tomo del siglo XVII que acababa de ser inventariado. Por primera vez se tenía una prueba indiscutible de que la mafia estaba adentro. «Si a Ricardo Palma lo llamaron el Bibliotecario Mendigo, a este historiador de arte colonial le caería bien el título de bibliotecario detective», dijo sobre Mujica uno de los principales diarios de Lima. El ejemplar robado en el video era una biografía de Toribio de Mogrovejo, el santo que impartía sacramentos a otros santos en la Lima virreinal. Mujica lo convertiría en el símbolo de su campaña para recuperar los libros robados.

[IV]

Frente al escritorio de Ramón Mujica, en su estudio particular, se ve un grupo de condenados en un clímax del dolor: hay un hombre desnudo colgado de cabeza que es apaleado con un garrote. Unos pasos más allá, otro hombre es torturado con chorros de agua que entran por el embudo que le han insertado en la boca. En el mismo ambiente, un tercer hombre está amarrado a una cama cubierta de afiladas puntas de fierro. Algo más abajo se ve a un cuarto sujeto forzado a copular con un sapo gigante, muy cerca de tres personas que gritan de horror mientras las meten a una gran olla con agua hirviente. La imagen más imponente de este lugar muestra casi veinte variedades de sufrimiento. Es una pintura del infierno. Las víctimas son pecadores, los verdugos son demonios. Para un visitante, la agonía eterna en un cuadro del tamaño de un gran televisor puede causar un efecto dramático. Frente al escritorio de Mujica, es la evidencia de su interés en el profetismo, el Apocalipsis, la iconografía sobre el final de los tiempos. «No son castigos imaginarios», me explica sobre las imágenes de la pintura. «[Casi todos] son castigos que practicaba el sistema judicial virreinal». Era la justicia de la época en que se publicaron los libros ahora robados por los mafiosos.

En este lugar Mujica ha escrito varios de sus propios libros. Junto al escritorio tiene una pintura de piso a techo sobre el triunfo de la independencia americana. El personaje central es una mujer que representa a la Patria. Debajo lleva una especie de leyenda a pincel que dice:

El genio de la Independencia Americana, coronado por las manos de la Prudencia y la Esperanza, y llevando en las suyas el símbolo de la Libertad, empieza su carrera triunfante. Seis caballos tiran de su carro en representación de las repúblicas de México, Guatemala, Colombia, Buenos Aires, Perú y Chile. La Templanza y la Justicia la dirigen.

La interpretación, en palabras de Mujica, es algo como esto: la Patria desciende del cielo, pisoteando las nubes negras del coloniaje. Lleva la escuadra de la masonería y el gorro frigio de la Revolución Francesa. Es coronada con rosas por la Esperanza, que lleva el ancla de Santa Rosa, y la Prudencia, que porta el espejo donde se ven los defectos y la vara sanadora de Hermes. Alrededor de ella vuelan ángeles que cargan símbolos masónicos: uno muestra el martillo del escultor y la paleta del pintor, otro sostiene la cornucopia que aparece en el Escudo Nacional del Perú; un tercer ángel tira del Uróboros o serpiente que se devora a sí misma, y el cuarto carga el libro cerrado de los masones. «Es un cuadro único», dice Mujica sobre esta pieza anónima de inicios del siglo XIX. La imagen podría ser motivo de un concurso sobre la influencia esotérica en la gesta de la Independencia Americana. También sugiere una verdad más esencial: toda gran conquista humana está salpicada de secretos.

El primer ambiente de su estudio es una biblioteca especializada en historia del arte que cubre tres paredes. Mujica habla de sus cuadros con el mismo entusiasmo que de los libros antiguos. Es una pasión heredada de su padre, quien llegó a formar un museo privado y fue amigo de Picasso. Hay algo contradictorio entre su tono racional de historiador y las inflexiones de voz que utiliza para enfatizar ciertos detalles reveladores de cada pintura, en especial los retratos de santos y otros personajes del arte religioso. Es como un estado de asombro recurrente ante las cosas ocultas, esas que nadie más capta con la misma facilidad. «Santidad significa que una idea o una cosa posee cierto valor extraordinario, cuya presencia obliga al hombre a enmudecer», escribió el psiquiatra Carl Jung, un gran estudioso de los símbolos antiguos. Visto de ese modo por un iniciado, estos cuadros ya no son solo cuadros, sino ventanas: portales que uno puede atravesar por un instante para escuchar la voz perdida de sus personajes, tocar sus túnicas, oler el aire que acaba de rozar sus cuerpos bienaventurados o malditos y quizá hasta percibir sus tormentos o instantes de iluminación, como un voyeur del Día del Juicio Final. El director de la Biblioteca Nacional tuvo hace un tiempo una experiencia parecida. Dice que vio un milagro a través de un sueño.

Una noche Mujica soñó que entraba en una galería de arte para ver una exhibición del pintor peruano Pepo León. Entre los cuadros de la muestra, distinguió uno que lo conmovió: la imagen del cadáver de Jesucristo sentado y vestido a medias con una túnica blanca, con heridas en las palmas de las manos y el rostro cubierto por un lienzo suspendido en el aire. En el lienzo se veía el rostro de Santa Rosa. Era la representación del instante exacto en que el rostro de Cristo empieza a imprimirse milagrosamente en una pieza de tela, como en el paño de la Verónica durante su camino al Calvario, pero con las facciones de la santa limeña. Mujica buscó al artista de inmediato. Le dijo que había visto en sueños un cuadro suyo que todavía no estaba pintado en la realidad. Quería preguntarle si aceptaría hacerlo por encargo, como se hacía durante la Edad Media o el Renacimiento. «Sólo él era capaz de representar el momento mismo del milagro que se produjo en mi sueño», me dice Mujica, ahora de pie frente a la pieza colgada en una habitación extrema del estudio. Es, asegura, la recreación exacta de lo que vio. Una pintura visionaria. «Aquí Santa Rosa es la Vera Imago, la verdadera imagen, la efigie viviente de Cristo», dice antes de regresar a su oficina en la Biblioteca Nacional para seguir con el caso de los ladrones de libros.

No es casual que esas pinturas de la Patria y la santa compartan refugio en este estudio privado. En su libro sobre Santa Rosa de Lima, Mujica demuestra que la imagen de la limeña no ha sido uno, sino muchos símbolos a la vez: la mística, la contrarreformista, la enemiga de los piratas, el emblema de la corona española para la extirpación de idolatrías, la profeta de la restauración del Imperio de los Incas y hasta un blasón político, símbolo del incipiente patriotismo criollo. A principios del siglo XIX, en medio de la guerra emancipadora, el general Simón Bolívar escribió una carta en que se quejaba de que los combatientes de América del Sur no tuvieran un ícono unificador como la Virgen de Guadalupe para los patriotas mexicanos, quienes la llevaban en sus banderas durante la lucha por la libertad. Bolívar decía que aquella imagen les había dado una mezcla de fervor e impulso político. Meses después, en el decisivo Congreso de Tucumán, en Argentina, los patriotas sudamericanos eligieron como emblema a la santa limeña. El encargado de llevarla como símbolo fue el libertador que leía tratados de quiromancia. «‘Entre las instrucciones que se entregaron al General San Martín para el Ejército Libertador de Chile y del Perú’ –cita Mujica– se decía que ‘la campaña libertadora estaba bajo el Patronato de Santa Rosa de Lima’». El libro en que Ramón Mujica desentraña esta historia se titula Rosa Limensis, en referencia al título de un fascinante tratado de 1711 que incluye cuarenta jeroglíficos sobre la primera santa americana. Es una joya de la literatura emblemática de la Colonia. Lo había consultado varios años antes como investigador en la propia Biblioteca Nacional y fue una de las primeras reliquias que quiso volver a ver apenas se instaló en su oficina de director. Cuando la mandó pedir a los encargados de la bóveda, le informaron que no estaba. Se la habían robado.

[V]

Una tarde Ramón Mujica me contó que últimamente le dolían las manos. «A veces me despierto de dolor por las noches», me dijo en su oficina con el fastidio con que uno se queja de un ataque de migraña. Una tendinitis se le había agudizado al punto de obligarlo a usar un guante terapéutico que parecía inmovilizar su muñeca izquierda. El problema había empezado a raíz del esfuerzo que hizo para cargar maletas durante un viaje, pero por alguna razón se le había extendido de una mano a la otra. Ese día, el dolor era tan intenso que no podía cargar una bolsa de tela morada que usa para llevar sus libros. A la hora de irse a casa, apenas pudo llevar unos periódicos y algún ejemplar ligero que sostenía con los antebrazos, mientras una persona de confianza cargaba sus demás lecturas hasta el auto. En medio de las pugnas de su gestión para detener el robo de libros, era una escena extraña, paradójica. «No es un signo de bendición haber estado obsesionado por la existencia de los santos», escribió el filósofo E. M. Cioran, quien en una época estuvo intrigado por los tormentos físicos de Santa Rosa de Lima. «Uno no se inquieta por la santidad más que si ha sido decepcionado por las paradojas terrestres». ¿Puede una dolencia ser una señal del destino? No es descabellado pensar que el experto en ángeles y santos estuviera somatizando sin querer su desafío, como un pálido reflejo de los personajes que ha estudiado mucho. «Todavía en tiempos de Rosa sus ayunos y autoflagelaciones poseen significados teológico-sociales: limpian y responden a los pecados públicos», dice Mujica en su libro sobre la santa. A él le había tocado combatir el tráfico de libros.

Ramón Mujica no es el primer director de la Biblioteca Nacional del Perú que enfrenta un desastre que no le importa demasiado a nadie más. A fines del siglo XIX, el tradicionista limeño Ricardo Palma dedicó veinticinco años a recuperar los libros saqueados durante una guerra. A mediados del siglo XX, el historiador Jorge Basadre aceptó el cargo entre los escombros de un incendio y estableció el Ave Fénix como emblema de un nuevo comienzo. Pero el cataclismo del siglo XXI es incluso más pernicioso, porque es fruto de la perversidad: si quien destruye un libro mata la Razón misma –como decía el poeta John Milton–, quien roba un libro comete un delito tan grave como un secuestro perpetuo. Y resulta que ambos crímenes han ocurrido en los ambientes más inaccesibles de la Biblioteca Nacional del Perú. La mejor evidencia de la situación está en la oficina de Mujica. Es la escultura de un Ave Fénix donada por un famoso artista peruano. Debía simbolizar el triunfo de la esperanza después de la tragedia, y así fue, hasta que, en medio de las pesquisas para acabar con el robo de libros, una cámara del circuito cerrado captó a un funcionario mientras trataba de meterla en la maletera de su auto para llevársela.

Desde un inicio el experto en ángeles y santos debía luchar contra fuerzas oscuras. «Alguien tenía que ponerle el cascabel al gato», me dijo el ex ministro de Cultura Juan Ossio, quien durante su gestión nombró a Ramón Mujica en el cargo de director de la BNP. Ossio sabía de los problemas en la Biblioteca, pero no fue hasta las primeras investigaciones de robos impulsadas por Mujica que comprendió la dimensión del delito. «Comenzaron a circular rumores y [a hacerme llegar] mensajes anónimos de que si seguían las investigaciones, iban a incendiar la biblioteca», comentó. Ante semejante amenaza, dijo, la única opción posible era seguir adelante. Días antes de que terminara la gestión de Ossio, y del cambio de gobierno, Mujica convocó a la conferencia de prensa en que iba a anunciar el cierre de la Biblioteca para esclarecer la magnitud del robo. Ese día lo acompañaron sus dos antecesores más recientes: a su derecha estaba Hugo Neira, el historiador que había recuperado libros que permanecían como trofeos de guerra en otro país; a su izquierda estaba Sinesio López, el sociólogo que había levantado el moderno edificio de hoy en un terreno que había estado vacío por años. Ese mismo día, Mujica dijo que su prioridad sería atrapar a los ladrones y proteger los libros que se habían salvado de la mafia de saqueadores. «Hay algo mágico en luchar contra la corrupción. Es como contribuir a un proceso de curación colectiva», me diría luego el bibliotecario que a veces no puede cargar libros.

Para entonces algunos amigos del mundo académico le habían recomendado que dejara la Biblioteca. Le aconsejaban que retomara su trabajo intelectual y que no jugara a hacerse el moralista en un país como el Perú, donde una cruzada por la verdad tendría escasos aliados. En paralelo habían recibido ataques de los grupos interesados en detener las investigaciones internas y en provocar su salida. «Felizmente he trabajado mucho el concepto barroco del vanitas, y asocio los símbolos del poder con lo efímero y la muerte», me dijo. Con eso dejaba a la providencia su duración en el cargo. Había un signo adicional a su favor: en el libro Rosa Limensis, el tratado de 1711 que da título y sirve de fuente al libro de Mujica, aparece un grabado emblemático que identifica a la santa con el Ave Fénix, el símbolo de la Biblioteca Nacional del Perú. El grabado tiene una frase que significa que ella «surge de la tumba para iluminarnos con sus milagros». Un día le comenté a Mujica la coincidencia, pero la tomó como una simple curiosidad.

[VI]

Hay un hecho que el bibliotecario Mujica no se puede explicar. Ocurrió en el Congreso de la República, el día en que se iba a realizar el debate final de la Ley del Sistema Nacional de Bibliotecas, la primera norma integral sobre la BNP desde los tiempos del Libertador José de San Martín. Mujica estaba sentado en las galerías para invitados de los pisos superiores. «Era un momento muy emotivo, porque el proyecto de ley había tardado tres años en llegar hasta allí», me dijo una funcionaria de la Biblioteca que acompañó al director a esa visita. Cuando el debate estaba en sus momentos finales, Mujica recibió una invitación del canal de televisión del Congreso, que queda en otro sector del mismo edificio: lo querían entrevistar junto al primer vicepresidente del Parlamento, quien había apoyado las gestiones. Por un instante vaciló ante la posibilidad de perderse la votación. Pero le aseguraron que podría verla en un monitor del circuito cerrado.

Ramón Mujica llegó con prisa y dejó que lo maquillaran mientras la pantalla del monitor mostraba los últimos diálogos previos al momento de la votación. Cuando la voz del presidente de la sesión anunció que se entraba al voto, la imagen de la pantalla cambió repentinamente y lo que apareció fue la efigie de Santa Rosa de Lima. Mujica pensó que era la broma de alguien que conocía de su culto personal por la Rosa Limensis. Segundos después, cuando la imagen del hemiciclo fue restablecida, la ley había sido aprobada por unanimidad. «Fue algo que no tiene explicación», me dijo una funcionaria del Congreso que estuvo en el set de TV y que por un momento se convirtió en sospechosa de haber activado el control remoto por accidente. Pero ella no tenía ningún control en las manos. Minutos después del extraño suceso, Ramón Mujica participó en la entrevista con una sonrisa contenida, como si tuviera ganas de revelar un secreto. «La cultura produce milagros», deslizó en un momento. Poco después comentaría, con su habitual lógica académica, que a lo mejor se trató de lo que Carl Jung denominaba sincronicidad: la ocurrencia en simultáneo de dos sucesos relacionados entre sí, sin causa explicable, vinculados por un impulso desconocido. Algo que no somos capaces de comprender.

Parecía una batalla ganada en medio de su guerra personal contra los traficantes de libros, y estaba bien, hasta que una tarde, dos meses después, los encargados de los repositorios descubrieron la desaparición de más libros. El último era un manuscrito de 1765. Al momento de sacarlo de la bóveda, a solicitud de una investigadora académica, el bibliotecario de turno encontró que el sobre que lo protegía estaba vacío. Mujica, que debió recibir el informe como un parte de guerra, decidió revisar en persona el sistema de seguridad. Una de esas tardes, tras la hora de almuerzo, se presentó de sorpresa en la oficina que controla las cámaras del circuito cerrado de vigilancia. Se anunció con cuatro golpes secos a la puerta. Nadie respondió. Siguió tocando hasta que alguien le informó que la sala estaba vacía: el único agente de turno había salido a hacer un trámite. Hubiera dado lo mismo si estaba presente. Cuando el vigilante regresó, Mujica le pidió una prueba sencilla: debía mostrarle a pantalla completa las imágenes que en ese momento llegaban de la cámara que custodia la bóveda donde habían ocurrido los últimos robos. El agente nunca pudo hacerlo: no tenía los códigos del sistema de vigilancia. Fue como despertarse después de haber pasado la noche bajo siete llaves sólo para descubrir que se han llevado la puerta. Al momento de salir de esa habitación, Mujica era un hombre con fuego en los ojos. Un estado que este bibliotecario suele llamar ira santa.

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