Hoy me disponía a escribir cuando caí en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no realizaba mi ejercicio asceta de observación y escucha pasiva. Sí, vivimos en una sociedad que no atiende, que no escucha; solo oímos ruido pero no escuchamos, vemos formas pero no miramos. Intencionado o no, se nos hace imposible pensar con claridad al tener el cerebro atorado de información inconexa que escoramos en nuestra cabeza para otra ocasión que nunca llega. No hay tiempo para nada, ni para nosotros mismos, por eso es tan fundamental tirar del freno ocasionalmente, y desplegar los cinco sentidos.

Para este ejercicio mensual de reflexión no es necesario irse al Tíbet ni caer en el ostracismo de un ermitaño. En mi caso, prefiero los sitios concurridos, de gran actividad, llenos de vida para extraer de mi retina toda una paleta de matices. En esta última ocasión, elegí el Metro de Madrid y una línea tan odiada como necesitada: la línea 1, la azul celeste. Por una buena razón, porque desde Plaza de Castilla hasta Vallecas esta línea traza una recta tan extensa que cubre muchos barrios antagónicos, gente la mar de variopinta, y muchos ‘madriles’ al gusto de cada ciudadano. Es un curioso microscopio para obtener una aproximación bastante acertada de la realidad con la que convivimos. Un inconveniente previo de la línea 1 es su bien conocida “Alta Velocidad”, ya que todo el mundo sabe que el Metro de Madrid “vuela” tanto como Montserrat Caballé. Pero no importa, más tranquilidad para hacer de voyeur novato.

Cuánto ha cambiado el suburbano. Me di cuenta nada más comprar un metrobús que ya cuesta lo mismo que una entrada de cine en 3D. Lo aboné en una de esas máquinas automáticas que copan ya todos los vestíbulos que cada día se parecen más a un casino de Las Vegas. Malditas máquinas que se han llevado por delante cientos de empleos. La máquina que “me atiende” se traga mi euro, la golpeo, meto otra moneda, se venga y se la vuelve a comer. Con mi cara de imbécil busco a alguien responsable que me ayude, pero no encuentro a nadie. Caso contrario ocurre cuando te cuelas sin pagar, que aparece de repente el coro de San Ildefonso con el logotipo de Metro. En fin, al final por no perder más tiempo, pago con tarjeta y paso por el único de los cinco tornos ultramodernos que no están bloqueados con cintas amarillas. Miro los tiempos de espera del vestíbulo: mi tren llegará en 1 minuto y el siguiente… ¡¡en 11!! “¡Coño!” Miro mi reloj para saber si tal frecuencia se debe a que es domingo medianoche… pero no: ahora es lunes, 11:17 horas del mediodía. Corro como si fuera Usain Bolt por las escaleras de granito, saltando de tres en tres los escalones y evitando como puedo los cubos amarillos recoge-goteras, que son ya un símbolo en el Metro madrileño como el Oso y el Madroño en la Puerta del Sol. La escalera mecánica al parecer lleva fuera de servicio desde hace semanas y está empapelada con carteles de no sé qué “compromiso de 15 días” sin dejar claro si es para informar o amenazar. Con la lengua fuera y con los meniscos jurando venganza para dentro de unos años, sonrío feliz al comprobar que hay gente aún aguardando al tren. Pero mi gozo en un pozo: el minuto de espera del indicador se queda congelado en rojo… otros tres más. Quisiera advertir al lector que la medición de esperas del Metro de Madrid es conocida por su fascinante desafío a toda teoría cuántica de espacio-tiempo; no se me ocurriría otro sitio mejor que la línea Circular para que el CERN estudiase el origen del Bosón de Higgs en las entrañas de nuestra ciudad en lugar de hacerlo en Suiza.

Fabri 9 (oso y madroño)

Por fin llega el tren y se abren sus puertas. Al ver una marabunta entrar de golpe, deseando tirar jabalinas para marcar un asiento libre, prefiero quedarme de pie. Hay un olor denso, indescriptible, me quita hasta el hambre; tampoco ayuda que no haya aire acondicionado, ni que el tren se empiece a zarandear más que una yegua salvaje, pero doy comienzo a mi objetivo de observación-conclusión que es a lo que he venido.

En esta línea siempre hay bastantes personas de edad avanzada. Hay otros viajeros en este vagón: un chino hablando por teléfono, dos chicas con septum que van vestidas casi idénticas, una señora cotilleando por encima el smartphone de su vecino, un obrero, un ejecutivo… En realidad, el tren va atestado de gente pero nadie habla con nadie porque casi todos están con el móvil en posición de ataque; solo el tren produce un ruido constante que actúa como un bálsamo sobre un silencio perturbador. A mí estos personajes no me interesan, me llaman más la atención los viejos que suben y bajan. A mi izquierda veo una chica sentada que escucha bachata con cascos que se la oye igualmente; a su lado un anciano la reprueba pero no le escucha. Más tarde, en frente, una señora mayor empieza una conversación banal con un joven que la ignora porque anda entretenido con el Whatsapp. Al parar en Tetuán, se sube un hombre completamente canoso que balbucea borracho. Un viajero se aparta de él con cara de asco. Llegamos a Bilbao y se sube una pareja muy mayor que andando lentamente –uno de ellos es ciego– se perchan en la barra de en medio al no encontrar un sitio vacío ni nadie que se lo preste. Un hombre con la piel quemada y el rostro desfigurado acaba de entrar en Tribunal y pide dinero. Todos miran a otra parte. Le sustituye dos hombres con acento del Este europeo con un micrófono y un bafle, y se arrancan a cantar (léase, destrozar) Imagine. Las notas de Lennon inundan el convoy.

Entonces, es cuando percibo que una señora octogenaria parece sollozar suave, sin dejarse notar, pero yo sí sé lo que está pasando porque la tengo a mi lado. Ladeada en un asiento, lleva un pañuelo de flores en la cabeza y sujeta un carrito de la compra. Repasa con el dedo los rostros de una fotografía desgastada aparentemente por el tiempo con una de sus manos de mil pliegues, y le cae la primera lágrima sobre los rostros de quienes para mí son solo desconocidos. Aprieta la imagen rasgada contra sus arrugados labios y, sin más, la música se para. Hemos llegado a Sol, y decido poner fin a mi experimento de observación. Es suficiente. Suficiente para comprender que la invisibilidad social es una enfermedad que se acentúa con los años, y cómo la infinita soledad que le acompaña es más cruel y dolorosa cuanto más se está rodeado de gente. Y en Madrid somos 3.165.000 personas.

Fabri 8 (metro)

Me enfilo a la salida de la estación con el estómago revuelto, sin dejar de pensar en lo que he visto. Atrás dejo carteles institucionales de la Comunidad de Madrid con fotos de personas mayores que irradian felicidad bajo el lema “La suma de todos”. Más tarde sabré que sólo el año pasado, más de cien personas mayores murieron en la más absoluta soledad.

Fotografías: Fabricio Triviño

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