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Hoy vamos a terminar rápido. Si no han leído a Ian McEwan, a Emmanuel Carrère y a Ricardo Piglia, abandonen este inútil artículo y corran a la librería o a la biblioteca a buscar cualquiera de sus obras. Si los han leído y apreciado, también. Si quieren darles otro repaso, bienvenidos sean.

Me llama poderosamente la atención que entre las recomendaciones habituales de libros para, por y sobre periodismo no figuren tres obras maestras del año 1999 como las que voy a referir a continuación: El adversario, de Emmanuel Carrère, Amsterdam de Ian McEwan y Plata quemada, de Ricardo Piglia. Sí, ya sé que son todas de Anagrama, qué quieren que le haga.

Durante años de carrera y máster nos atiborramos a leer toda la obra de Capote, Kapuscinski, Orwell, García Márquez, Kerr y Walsh, sin darnos cuenta de que tenemos algunos autores vivos que, si bien no han superado a los clásicos citados, al menos han llegado a su nivel. Podría mencionar a latinoamericanos como Villoro, Salcedo Ramos y Caparrós; españoles como Cercas y Enric González y a multitud de europeos y norteamericanos –de Carlin a Lee Anderson pasando por Alexievich–, pero me voy a centrar en tres novelas  que no leí en su día y que hoy recupero y recomiendo con entusiasmo.

Plata quemada, de Ricardo Piglia (1999)

Sabía que el argentino Ricardo Piglia es –junto a Marías, Pauls y el fallecido Chirbes– uno de los mayores orfebres de la lengua castellana. Lo que no sabía es que había escrito una obra maestra del periodismo. Los diarios de Emilio Renzi y sus novelas Blanco nocturno y Respiración artificial son merecedoras de los mayores elogios, pero hasta hace poco no me animé a leer esta novelita corta que aparenta ser una historia policiaca y lenguaraz de gangsters pistoleros, y es mucho más. Plata quemada es una historia real, asombrosamente documentada y contada con una gracia incomparable. Piglia parte de una crónica policial de 1965, un asalto, una fuga y un interminable asedio acabado en un baño de sangre que en palabras del autor es “la versión argentina de una tragedia griega”. La reconstrucción de los escenarios, los personajes, el uso de la jerga rioplatense y el encauce del drama supera con mucho a cualquier novela policiaca al uso. Estamos ante un gran libro periodístico que es al mismo tiempo una obra maestra de la literatura.

Amsterdam, de Ian McEwan (1999) 

El inglés Ian McEwan no es periodista, lo sé. Pero nunca hasta ahora ­–con permiso de David Simon y The Wire–, me habían incrustado en el estrés, las intrigas palaciegas y los tejemanejes de una redacción como en Amsterdam, centrada en el dilema ético y moral de dos amigos: uno, músico en plena crisis; y otro, director de un importante medio que no para de perder lectores. Novela de finura y elegancia poco frecuente, estructurada con una precisión de reloj suizo que te agarra y no te suelta y va cerrando el círculo hasta desembocar en una tragedia de ínfulas shakesperianas. El final es lo que menos me gusta, pero el asombro ante la proeza literaria permanece intacto. Es imposible leerla sin acordarse con una sonrisa en la boca de los últimos resbalones periodísticos (zurriagazos mejor dicho) de los grandes medios españoles –la foto falsa de Chávez, los editoriales moralizantes, la indignidad de los directivos y la doble moral de los jefes advenedizos–. Un crítico la comparó con “un objeto de plata recién pulido por un mayordomo diligente”. Suena cursi, pero suscribo sus palabras.

El adversario, de Emmanuel Carrère (1999)

Novela corta, áspera a trazos, intimista, brutal. Se bebe como un vaso de agua pero la digestión es larguísima. En su día fue comparada con A sangre fría de Capote, pero a diferencia de esta, el autor francés aparece en la historia para confesarnos sus dudas, los pormenores de su investigación, su implicación y su sufrimiento. Ojalá Capote hubiera hecho lo mismo. No es su mejor obra, pero es la más recomendable para introducirnos en el universo no ficcional de Carrère, que es, para mí, el escritor vivo más interesante de Europa junto al inglés Martin Amis. Ambos son los popes de este género tan de moda que combina lo mejor de la autobiografía, el ensayo, la novela y el periodismo y que cultivan con tan buenos resultados Javier Cercas y Juan Gabriel Vasquez. No se pierdan De vidas ajenas, Limónov y su última genialidad: El Reino. Desde Bolaño no asistía a un banquete similar de erudición, procacidad y talento.

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