Seisme_de_Boumerdes_2003

La Península Ibérica se alza sobre una placa tectónica que parte en dos el Mediterráneo dividiendo los continentes de Europa y África. En Sicilia tienen el Etna. En Nápoles, el Vesubio. El año pasado, el napolitano Sisto Farina, con el que compartía piso, me contó una mañana que había tenido una pesadilla terrible. El Vesubio entraba en erupción en sus sueños. Cuando te crías en un pueblecito al lado de Pompeya (petrificada por la lava que escupió el volcán hace casi 2.000 años) debe ser normal tener delirios oníricos como el suyo. O eso fue lo que supuse cuando me contó su pesadilla. Muy tranquilo no se debe vivir si sabes que el gobierno de tu región, la tierra que ha parido a la Camorra, no ha diseñado un plan de emergencia para evacuar un área en el que se amontonan más de 3 millones de personas. Decenas de pueblos agrícolas trepan desde tiempos inmemoriales por las laderas del Vesubio, aprovechándose de la fertilidad que dejan con el tiempo las cenizas que suceden a la destrucción. Vivir al lado de un volcán es como tumbarse encima de un dragón dormido. Su calor te reconfortará, pero el día que la bestia despierte, te hará pedazos. “Pero no creas”, me dijo Sisto, “que la gente esté muy preocupada por eso. La mayoría pasa del tema”. Solo los incautos se olvidan de qué está fabricado el lecho sobre el que se recuestan.

Es curioso como en España –en los medios y en las conversaciones de bar– causan tanto revuelo terremotos como el registrado hoy a 163 kilómetros de Málaga. Acostumbrados a verlos por televisión en la pantalla del cine, hablamos de estas catástrofes naturales como si no fueran con nosotros. Son cosas que les ocurren a los estadounidenses en las pelis y que los japoneses regatean con estoicismo, ingenio y disciplina en los telediarios. Sin embargo, lo que ocurrió en Lorca (Murcia) en 2011 no fue un hecho aislado. Si tiramos atrás en el tiempo nos tropezamos con el gran temblor que demolió la ciudad imperial de Lisboa a mediados del siglo XVII… provocando un tsunami que aumentó el cauce del Guadalquivir llegando a inundar Sevilla. Pero no hay que retroceder demasiado para encontrarnos con temblores asesinos cerca de nuestra casa. En los últimos 20 años, las placas tectónicas se han movido y marroquíes y argelinos han sufrido las consecuencias. En 2003, un seísmo de 6,8 grados acabó con la vida de más de 2.000 personas en Argel y sus alrededores. Recuerdo que el paseo marítimo de Sant Antoni de Portmany, el pueblo ibicenco en el que me crié, se inundó sin más daños que los materiales tras una versión simplificada de la ola que embistió Sevilla tres siglos atrás. África, también en lo que a catástrofes naturales se refiere, nos parece un territorio lejano y exótico. Un buen profesor de Geografía e Historia, nos sacó de nuestra inopia unos años después de aquel tsunami en miniatura. El maestro trazó cuatro líneas en la pizarra y golpeando aquel mapa con la tiza dijo:

–¡Mirad! Aquí está Ibiza. Y aquí Barcelona. ¿Os parece que está muy cerca, verdad? ¿El avión solo tarda una hora? ¿Vais mucho a Barcelona, no? ¡Pues Argelia está a la misma distancia que Barcelona!

No olvidéis que sois mediterráneos. Y que querer ser más altos, más rubios, más europeos y mejor angloparlantes está muy bien, pero la realidad es la que es. Que no nos olvidáramos que vivimos sobre las fauces de un dragón. Eso creo que fue lo que nos dijo aquel profesor.

Fotografía: Wiki Commons. Terremoto de Bousmerdes (Argelia, 2003).

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