Teresa Raspall Rovira i Trias no tiene más de 70 años. Nació en el barrio de Sant Andreu de Barcelona y es una independentista catalana convencida. Cuando me invitó a cenar me dijo que sus padres eran de fuera: de Andalucía y Extremadura, pero no quiso decirme de qué parte para no hablar del pasado: no quería mencionar a España ni recordar. Antes de empezar la cena en el pequeño piso en el que vivía sola me regaló cuatro libretos de la colección Memorial 1714, en ellos se informaba sobre el pasado esplendor catalán en Europa, la opresión española, el origen catalán de Cristóbal Colón o los héroes catalanes que lucharon contra el dominio español, como por ejemplo Josep Moragues i Mas, que fue decapitado por las autoridades borbónicas españolas en el año 1715 por presentar una resistencia catalanista tenaz contra el enémigo. Al final de los cuatro volúmenes se decía a los lectores que era importante ir a la celebración popular de la Diada de l’Onze de Setembre: hecho que conmemora la caída en 1714 de una Cataluña que resistió hasta el final para no quedar bajo el dominio español. Teresa no faltaría ese año e iría el once de septiembre al centro de Barcelona en autobús.

Teresa Raspall Rovira también me regaló un mapa de las identidades nacionales europeas antes de una cena a base de butifarras y la cerveza barcelonesa Moritz, pues decía que la Estrella Damm no era catalana de corazón al venir la información de esta cerveza también en español, mientras que la Moritz sólo informaba en catalán. En esa tarde que se hacía noche y la luna no se veía descubrimos juntos varias identidades nacionales que no sabíamos ni que existían, como por ejemplo, en Rusia, las de Komi, Udmurtia, Chuvasia o Baskortostán. Seguíamos hablando y cuanto más bebía Teresa más tabaco me pedía. No podía fumar por recomendación médica, por lo que su familia le había prohibido comprar cigarrillos, pero le daba igual y a mí también, así que le daba el tabaco que me pedía y había querido antes que le comprase.

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El último regalo de Teresa Raspall – ya era de noche y por la ventana casi se veía la luna – fue un recorte del periódico catalanista El Punt Avui, del dijous 10 de juliol del 2014. Me hizo ver una noticia sobre uno de los héroes catalanes que lucharon contra los españoles a inicios del siglo XVIII. Era de nuevo Josep Moragues. La noticia se titulaba así: El general Moragues, decapitat pel futbol, y el texto decía que en Sort, en la provincia de Lleida, un grupo de aficionados alemanes había cortado la cabeza de una estatua del general tras el partido de fútbol contra Brasil en el Mundial. Es decir, no había motivo político ninguno, se especificaba en la noticia, pues se atribuía a la euforia alemana. Pero a Teresa no le importaba, ella sólo leyó el titular y le echó la culpa a los españoles, dijo: “No hay ni habrá perdón”. 

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Independentismo. No. En este artículo no quise escribir sobre esto, sino de algo que nos enseñaron en la Facultad de Periodismo, la manipulación de la información para convertirla en propaganda. Aunque la propaganda no la suelen hacen los periodistas, sino los lectores leyendo lo que quieren leer. Los periodistas solo la sirven bien, como la cerveza, con cuidado, porque saben cómo se hace.


Fotos: Jesús J. Prensa.

1 y 2: Castells en Barcelona.

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