Anoche me di cuenta de que repito las manías de mis colegas cuando veo un partido solo. Supongo que me convertiré en una especie de monstruo abominable, seguro que también un poco entrañable. De camino a casa compré un litro de Steinburg Especial –joder, nos jugábamos estar en la final del Europeo- y una bolsa de kikos. Llegué a mi piso y me quité las zapatillas de camino a la habitación, como hace mi colega Gonzalo. Me quité la camiseta y metí la birra en el frigo como mi colega Tomás. Me senté en la cama y abrí los kikos y comencé a devorarlos con la boca abierta y la mandíbula amenazando con darse de baja y salpicándolo todo de trozos infinitesimales de maíz frito, como hace mi colega Juanfran.

Comenzó el partido y yo empecé a sentir nostalgia. Me acordé de cuando tenía 15 o 16 años y Pau Gasol estuvo a la altura de Julian Casablancas gritando I SAID: PLEASE DON´T SLOW ME DOWN IF I´M GOING TOO FAST. Me acordé de la cara de empanado que tenía Pau Gasol hace 10 años, y de cómo gritaba en casa, rebosante de rabia, cada vez que le hacía un mate en la cara a unos tipos muy cool que se llamaban Shaquille O´Neal, Rasheed Wallace o Tim Duncan. Me acuerdo del día que salimos al recreo como borregos en estampida y, en lugar de imitar la última locura de Zidane, nos pusimos a imitar la traqueotomía que Pau Gasol le hizo al orgullo de Kevin Garnett. Me acuerdo que yo no era negro ni alto, así que hice del narrador yanqui: “¿QUÉ PASA, BIG TICKET, QUÉ PASA? ¡OLE, OLE, OLE! ¡UNO, DOS, TRES!” Quizá ahí empezara todo.

Me acordé de cuando Pau jugó su primer All- Star con la Conferencia Oeste. Con su chándal hasta arriba en la presentación, de brazos cruzados mientras sus compañeros bailaban y regalaban flow. Recuerdo que pensé que estaba más fuera de sitio que Ian Curtis en una manifestación pro vida. Sí, hace unos años era asquerosamente pedante. Me acordé de cuando Francia nos ganó el verano pasado y a mi colega Fran y a mí nos dio la noche. Jamás me he puesto tan triste por un partido. Recuerdo a Fran, apoyado en la barra del bar de su padre, escuchando mis penas: “Joder, tío, es que…esta selección…es el equipo que más me ha emocionado nunca”. Creo que fue la primera vez que utilicé la palabra emoción para describir lo que me provoca Pau Gasol y la generación que lideró. Hasta ese momento utilicé expresiones como “es que son la hostia”, “qué huevos tienen” o la frase más rancia en la historia del baloncesto FIBA: “Seguro que si jugaran en la NBA llegarían a la Final”. Ojo con el toque de pretendida prudencia de ese “llegarían a la final”, rollo: no digo que ganarían, porque soy prudente y controlo del tema. También recuerdo la vuelta a casa. Fuente Librilla estaba igual de desolada y solitaria que cualquier día a la una de la mañana, pero ese día murió algo. Recuerdo los mensajes de voz de mi colega Tomás. La persona más locuaz que conozco no dejaba de balbucear: “Pffff…tío…joder…”. Pensé que si me cruzaba con alguno de los espabilaos que dicen que el fútbol son 22 tíos detrás de una pelota –en esta expresión, “fútbol” se puede sustituir por “baloncesto”, 22 por 10 y “tíos” por “larguiruchos” o “grandullones”- le hubiera metido una hostia. Recordé que, desde hace diez años, Pau Gasol es Pau en casa. Ha alcanzado un nivel de familiaridad al que no hemos llegado ni mi padre ni yo, que seguimos esperando recelosos la especificación “hijo” o “padre” cada vez que oímos nuestro nombre.

Recordé tanto que no me di cuenta de que llevaba media hora sin internet y que no estaba viendo el partido. En vez de intentar arreglarlo, conté a mis colegas que no tenía internet, y que si me lo podían narrar ellos. Casi lloro, joder. Deduje que habíamos ganado porque Dani y Tomás solo decían: “Vamoooooooooooooooos”, “Tomaaaaaa”, “Puto paquete Batum”. Entonces salí de la habitación y fui a buscar a mi compañero francés. Le di la mano con una sonrisa en la boca, porque a mi colega Perico le encanta salir después de una victoria a saludar a los perdedores. “Eh, eh, vamos a salir a saludar a los franceses”, hubiera dicho. El cabrón lo diría como si fuera a cazar zombies o nazis o vampiros.

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