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Podrían ser diez negritos, pero son ocho y solo uno es de color. Podría ser Reservoir Dogs, porque todos están encerrados en una habitación la mayor parte del tiempo, pero es una del Oeste, un Oeste frío y nevado, como el de Fargo, como el de El renacido, porque las localizaciones de los blockbusters, como los accidentes de aviación, ocurren de tres en tres. Podría ser un homenaje a La Diligencia de Ford, esa película que Welles vio 40 veces antes de hacer Ciudadano Kane, porque en una diligencia empieza la trama. Podría ser un homenaje a Los diez mandamientos porque es tan larga que tiene intermedio, como la ópera. Podría ser una ópera, porque alguien que canta hace avanzar la trama. Podría ser una enciclopedia de referencias al cine clásico, y no solo al americano sino a la sala de cine, porque es para verla en ese espacio para lo que está pensada. Podría ser un teatro de Beckett o un ensayo de Godard, pero es un cadáver a los postres con la narración fracturada, una pulp fiction vintage, una revisión posmoderna de códigos y de géneros, no sólo de géneros narrativos sino de identidades de género.

Podría ser un alegato antirracista, o uno feminista, o una parábola sobre el pecado original americano, una sobre sobre la violencia y los pilares que sustentan la ideología de un país hecho a sí mismo, pero no es un artefacto intelectual ni quiere serlo. Podría ser un espejo de la política actual, con su norte y su sur, sus republicanos y demócratas, su izquierda y su derecha, sus políticos y sus ejecutores, sus hombres de ley y sus mercenarios, sus castas y sus grupos rebeldes, sus jueces y sus terroristas, sus blancos y sus negros, pero tampoco es eso porque su autor no es un autor político. Podría ser una pieza de cámara con un puñado de actores en estado de gracia, pero resulta que también son graciosos y cuando el humor entra por la puerta, el respeto a sus labores sale por la ventana. Podría ser un cabaré de monólogos memorables y obscenos, pero eso al autor se le supone, como el honor al soldado. Podría ser un spaghetti western, porque su majestuosa música es de Morricone, pero es una fábula social bien americana, de hombres –y mujere– sin piedad. Podría ser un espectáculo digital, pero está grabado en 70 milímetros y panavisión, con espectaculares vistas analógicas, de naturaleza salvaje, muy salvaje.

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Podría ser una película gore o un grand guignol, pero es otra de Tarantino. La número ocho, reza en los créditos. Odiosa ocho, odiable ocho. En puridad, sería la 8 y 1/2, como la de Fellini. Pero es Tarantino. Puro Tarantino, con diálogos de Tarantino. Con la tendencia al exceso de Tarantino. Con la referencialidad de Tarantino, a su propia obra y a la ajena. Puro cine, nada más. Conocí a Tarantino cuando no era Tarantino, o era Tarantino pero no era nadie. Se presentó su película en la Seminci vallisoletana con el aval de Danny de Vito, que era un aval pequeñito. Tarantino era entonces un imponente empleado de videoclub que presentó en el festival una película enorme, un atraco perfecto a Kubrick donde un psicópata le hablaba a la oreja de Van Gogh en una nave áspera y claustrofóbica donde unos tíos intentaban matarse en variaciones de cinco tomadas de tres en tres o de dos en dos. Pero no era un auteur en el sentido estricto de esa mala palabra, y quisieron demostrarlo organizando esa noche una fiesta hooters donde unas stripers se contoneaban sobre un billar al más puro estilo honky-tonk. Quentin estuvo pronto borracho como una cuba igual que un adolescente rebosante de feromonas cinefílicas y escasa resistencia al garrafón; nosotros, fascinados por el espectáculo etílico y decadente hasta que escuchamos la gutural voz de la experiencia de Paco Rabal, que nos iba susurrando a los más jóvenes de los allí presentes: “¡Folláoslas, que los americanos están pedo y yo ya no tengo edad!”. Si Tarantino hubiera sido otro, otro gallo cantaría a su prestigio. Pero aunque se le acuse a él de narciso y de egotrip a su filmografía, ha sabido inocular el veneno del cine en una generación o en varias. Aunque solo fuera por eso sus obras maestras imperfectas merecen la admiración que no les tienen los críticos.

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