Definitivamente, hacen falta ruinas para apreciar el fracaso. Sólo así se comprende la necesidad de buscar pequeños referentes que rediman nuestra identidad colectiva, humillada en tiempos de crisis. Y qué tentador resultaba levantar el único ranking que podíamos ganar: la generación más preparada de nuestra propia Historia. ¿Quién podía negarlo, si nunca hubo tantos jóvenes españoles repartidos entre colegios y universidades?

Los primeros en aplaudir con orgullo fueron los padres. Y no es para menos. Se asoman a nuestras orlas y no les cuesta reconocerse en el legado que ellos construyeron para nosotros. Porque ésta no solo es la generación más preparada de todas las historias, sino que, además, lo es del mejor modo posible: es decir, democráticamente y con igualdad de oportunidades al alcance de todos.

Cierto es que, como en todo eslogan, el fondo del mensaje parece haber quedado cómodamente postergado. Algún aguafiestas podría referirse a la diferencia que existe entre “cantidad” y “calidad”, pero, ay amigos, sobre el papel se parecen tanto, que basta con pronunciarlas rapidito para dejarlas equiparadas de una tacada, de modo que tan leve imprecisión ortográfica no logre echar por tierra toda la euforia. ¿Y por qué no iba a creerse ésta la generación más preparada de la historia? Si, al fin y al cabo, para ser humilde uno tiene que alcanzar a saber lo mucho que ignora.

Lo prodigioso del asunto, lo realmente pasmoso, como constatan los cataclismos renovados de cada Informe PISA, es que cualquier alumno español medio apenas da para emitir un chapoteo argumental con el nivel freático bajo mínimos. Pero no importa: antes sacábamos pecho por las balas y ahora por nuestros birretes de saldo. Y todo ante la clamorosa claudicación de un sistema educativo en el que suspender a un alumno ha pasado a ser cosa de fachas, como la misa de domingo o los golpes de Estado. Es un sálvese quien pueda. O quien sepa.

Para mayor asombro, la etiqueta se refiere, como alusión modesta, a esa gran desconocida, que es, precisamente, la Historia de España. Permítanme ponerme de ejemplo: tengo 30 años y a nadie se le ocurrió explicarme de modo mínimamente serio (a lo largo de un colegio, un bachillerato de la Logse en Ciencias Sociales, una licenciatura en Periodismo, y un máster) qué diablos pasó en España antes de Carlos IV.

Y ésta es una privación trágica, porque la Historia es una imprescindible forjadora de puntos de referencia. No hay mejor antídoto contra la vanidad patriotera o el desamparo doliente que ponerse respetuosamente en contexto, y, de paso, recordar que, con una excepción insignificante, el mundo está (y estuvo) compuesto por otros. Algunos de ellos, cierto es, ya bien muertos. Pero, hombre, qué algo se podrá aprender aún de ellos.

Claro que, siempre habrá un señor con gafas de pasta que nos explique lo necesario que ha resultado el “cambio de método” que nos ha traído hasta aquí. Por el camino, de paso, hemos perdido una cualidad tan patria como la mística: sólo en labios de un español, una retahíla de sílabas guturales como la lista de los Reyes Godos podía sonar a mantra de ojos vueltos, al tranquilizador padrenuestro de la tradición asumida. Qué intratable barroquismo.

Porque si las modas educativas tienden a pasar de largo, en España lo hacen a lo ancho y con la debida vehemencia. Siete (¡siete!) sistemas educativos distintos lo han venido acreditando desde 1970. Desde entonces, lo que pudo parecer un sensato intento de fomentar la comprensión por encima de la memorización ha terminado por desalojar a las dos virtudes escolares, a las que, ciertamente, nunca se sumó con demasiada asiduidad el esfuerzo. Que a nadie sorprenda si ahora los godos han pasado a ser los malos del Señor de los Anillos.

Y es que la ignorancia no resulta tan sutilmente perniciosa como la ilusión de cultura. Al analfabeto, le cabe aprender. Pero el graduado medio ya cree haber estudiado todo lo que le hacía falta, instalado en el amable mundo de los sucedáneos. Lo hace, además, con la autosatisfacción del deber cumplido: era lo que se esperaba de él. El legado, al fin, saldado. ¿Y puede haber algo más banal o, digámoslo de una vez, reaccionario, que esa autosatisfacción?.

Algo ha influido también la cláusula unamuniana del “que inventen ellos”, esta vez aplicada a la red de redes. En apenas quince años hemos asistido a la dislocación de 20 siglos de tradición educativa basada en la jerarquía. Nos dan dato por liebre. La información se confunde con el conocimiento y toda máxima se minimiza hasta lograr un rasero acogedor en el que todo el mundo quepa. Así, del socrático “sólo sé que no sé nada” al “puedo saberlo todo con sólo apretar un click”, media un abismo pragmático, igualitario y perfectamente optimista, como toda democracia se esfuerza en ser. La diferencia es que nunca la meta fue tan ancha como ahora.

Al fin y al cabo, la ilusión es sagrada en estos tiempos. Del fútbol a la política, de los medios de comunicación a las universidades, nos rodea una cantidad tan grosera de proyectos ilusionantes, que solo puede explicarse a través del generoso infantilismo institucional, por fin, apto para todos los públicos. Y qué ternura la de ir estirando franjas de edad como si fueran chicles de fresa: los 50 son los nuevos 40, los 40 los nuevos 30. Suma y sigue.

La progresión no tiene pérdida: la meta es la gozosa carne de la niñez, ese estado de beatitud dócil al que no cabe exigir responsabilidad alguna. Algo todavía más entretenido que la libertad: sin culpas, sin remordimientos. Y, por supuesto, sin suspensos. Bien provista, además, de un arsenal de monstruos que sirvan para encarnar todos los males. Todas las coartadas.

Pero tampoco hay que ensañarse. Esta generación está sufriendo una durísima crisis económica, para la que nadie, por cierto, la había preparado. Pero alzarla entre harapos de birretes y loas sólo denota un españolísimo culto al esperpento. Y que esa piñata esté cargada de buenas intenciones, sin un ápice de ironía, solo añade síntomas a un mal mayor, que es el de todos. Porque no sabemos qué es más inquietante: si que los padres mientan o que los hijos les crean. O que una sociedad entera se consiga engañarse a sí misma, con sonrisa de orla, y, acaso, confeti.

Fotografía: 3Ro-Rokenublo

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