Es imposible decir algo nuevo sobre Grecia. Aportar consideraciones que no se hayan dicho ya. Por lo tanto, no quiero redundar: tampoco podría. Ni soy corresponsal, ni estoy en Atenas, ni tengo los suficientes conocimientos económicos como para ofrecer una interpretación exacta y minuciosa del escenario actual. No obstante, la mía es una página de opinión. Y como soy un buen español, tengo una opinión y voy a usarla: todo el mundo al suelo.

Describir lo que está pasando en Grecia mediante la fábula de los buenos contra los malos es una tentación evidente. Están cayendo muchos, sobre todo por la izquierda. Bueno, en esto cometo pecado de eufemismo: el relato de un contubernio oscuro y pérfido de banqueros con monóculo y déspotas aplastando desde la última planta de un rascacielos de Gotham y sin un ápice de humanidad, la dignidad del pueblo griego, único baluarte de la democracia en Occidente, constituye la esencia del corpus ideológico de emergencia que llevan desplegando desde hace semanas todos los políticos, intentos de, periodistas (también intentos de), opinadores, tertulianos y diletantes todos miembros o afines a Podemos, Izquierda Unida, partidos anticapitalistas, periódicos como Público o El Diario, televisiones como La Sexta, etc. Qué les voy a contar, que ya no sepan.

La cuestión es que todo esto, como sospecharán, es bullshit. Pero yo no vengo aquí a hablarles de Syriza. Alexis Tsipras y la coalición de comunistas y partidos antisistema, en que se apoya su poder parlamentario, no es más que la consecuencia última de una dinámica cultural, social y ambiental, por la cual Grecia ha ido eligiendo consecutivamente malos gobiernos: el de Tsipras no es más que el último. Los griegos, durante años, votaron a nefastos gestores de lo público: asistieron impávidos, aquiescentes, cuando no entusiásticos cómplices, al desorbitado endeudamiento de su Estado. Cuando la tormenta se desató sobre la Hélade, terminaron por echarse en brazos del comunismo redentor, cénit de sus decisiones extraordinariamente perjudiciales con las que han destruido su país para ellos y lo que es peor, para sus hijos y nietos.

Grecia sostuvo un Estado del Bienestar disparatado desde antes de entrar en el euro; la entrada del país en la Eurozona no hizo sino posibilitar que este dislate fluyera durante unos lustros más gracias a las condiciones de financiación y acceso al crédito que les permitía su condición de socio comunitario, comparativamente mejores que las existentes fuera de la unión monetaria. Durante décadas, los griegos se jubilaron antes que ningún otro país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos; su economía era de una competitividad exterior muy pobre; se “privó a los jóvenes griegos de sus futuras pensiones mediante el vaciamiento de la capacidad de endeudamiento del país para financiar las generosas prestaciones sociales a la tercera edad que, recuérdese, en Grecia empieza a los 55 años. O dicho de otra forma en vez de racionalizar el sistema de pensiones lo que se hizo fue una clara redistribución de jóvenes a mayores, endeudando a los jóvenes para financiar el consumo y bienestar de los mayores. El sistema político griego, que incluye a votantes y políticos, fracasó de forma rotunda y no se puede alegar ignorancia. No hay más que seguir los distintos intentos de reformas de los sucesivos gobiernos griegos hasta el año 2001, que coincide con la entrada de Grecia en el euro, para darse cuenta de que éste era un problema del que tanto los votantes como clase política eran conscientes y decidieron darle la espalda y dejar que las futuras generaciones se las arreglasen como pudiesen. Los primeros que fallan a los jóvenes griegos son sus mayores en el país heleno que en vez de velar por los intereses de sus hijos prefirieron exprimir lo más posible al estado para garantizarse un nivel de consumo que sólo podía ser a costa del consumo de sus hijos” (Notas sobre Grecia, Tano Santos); según datos del Eurostat, en 2007, año en que aún se sostenía la pamema, sólo el 67 por ciento de los gastos de la seguridad social griega procedían de lo ingresado por las aportaciones de trabajadores y empresas.

Por no mencionar el falseamiento reconocido por la Unión de los datos que avalaron la entrada de Grecia en el euro, o el kafkiano sistema de jubilaciones, pensiones, la cuestión de la evasión de impuestos, las elefantiásicas empresas públicas o el derroche monumental de recursos en instalaciones empíricamente deficitarias.

Con esto no quiero enarbolar la bandera de la llamada Troika, o ponerme un frac y decir que los griegos se merecen lo que les está ocurriendo. Nada más lejos de mi intención. Pretendo, aunque temo estar expresándome quizá con demasiada torpeza, señalar que la libertad no es sino el ejercicio de la elección. Cada elección tiene consecuencias. La diferencia fundamental entre el autoritarismo y la democracia es que la toma de decisiones lleva aparejada la responsabilidad que uno asume sobre las consecuencias de lo que se elige y lo que se descarta: en la ausencia de libertad, el individuo delega en la autoridad paternal del Estado toda su responsabilidad, incluso la que tiene sobre sus actos. Ahí es cuando germina y florece la barbarie.

Los griegos eligieron mal. Cometo traición a mí mismo englobando a toda la población en ese abstracto letal los griegos: pero un gran porcentaje de griegos, un número grande y decisivo de su población votante desde los años 80 hasta hoy, han cometido un sinfín de equivocaciones cuyas consecuencias son, como estamos viendo, la catástrofe económica, ergo social, de Grecia. Quienes desde España alientan el relato falso y mefistofélico de Europa contra el pueblo griego no hacen sino alimentar la inconsciencia y la irresponsabilidad entre su caladero electoral patrio: quienes se disponen a votar a Podemos, quienes compran la narrativa de la democracia contra “los poderes financieros”, quienes, en suma, están dispuestos a hacer como los griegos entre 2001 y 2009: hipotecar el futuro por el confortable nonsense del presente. En estos tiempos difíciles y contradictorios, la conciencia sobre los propios actos y la determinación sobre las propias decisiones no son sino condiciones indispensables que el ciudadano ha de tener en cuenta a la hora de comprar los discursos en venta. Otro día hablaremos de por qué ese intermezzo blandiblú e impersonal en el que se está quedando la Unión Europa, sin atreverse a dar el paso definitivo hacia los Estados Unidos de Europa, está provocando que naciones que son cigarra quieran sacar en procesión a las hormigas y colgarles el sambenito de “nazis”.

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