Virginia woolf

El deseo nos mueve, el deseo nos impulsa por caminos insospechados. Estamos amarrados a los deseos como el adoquín al asfalto. Ella amaba la ciudad, sus calles y edificios; la vida urbana. Un lápiz fue la excusa para iniciar la ruta. Todos en algún momento de nuestra vida hemos salido a la calle para andar sin rumbo, sin itinerario, pero con una idea o deseo que nos mecía lentamente por las esquinas mientras acariciábamos el olor a gasolina.

A Virginia Woolf le debemos nuestras habitaciones propias y una infinidad de consejos para empoderarnos como escritoras. Nos habló de Jane Austen, de Mary Carmichael y lo hizo desde la sinceridad más abrumadora: basta con 500 libras. Con ella nos enamoramos de Roger Fry. En Las olas conocimos personajes extraordinarios y enigmas vitales. Y si Clarissa, La señora Dolloway, no hubiera existido, la mezquindad no tendría ese aire aristocrático. Pero si hay algo que aprendimos de Virgina fue a salir de nuestros cuerpos y ser espectadores de nuestras vidas y de sus relatos. En Sin rumbo por las Calles, una aventura londinense descubrimos cómo Woolf desmenuza la capital británica y nos señala lugares míticos en un paseo de serendipia. La ciudad se humaniza en una aventura con un motor creativo y sencillo: la búsqueda de un lápiz. José J. Olañeta, editor, recuperó este pequeño viaje de la escritora en un librito de 75 páginas perfecto para la lectura en un tren o en un autobús.

Virginia utilizó la excusa de la compra de un lápiz para echarse a andar… pero en esa pretensión nimia desarrolló un ejercicio de observación y relatos entrelazados. En su diario, en 1926, escribió: “Un día de estos escribiré algo sobre Londres para contar cómo la ciudad toma el relevo de tu propia vida personal y la prolonga sin el menor esfuerzo”, y así publicó un maravilloso relato en la Yale Review durante 1927.

En él, descubrimos cómo un pequeño pretexto da  sentido a la ciudad y al no lugar.

Recuerdo una noche, al principio de esta primavera. Habíamos ido a un mitin político en un barrio en Sant Andreu. Hacía calor, las plantas de los pies se recocían y entre gritos de independencia de Cataluña, un atardecer violento avistaba nubes oscuras. Carla me dejó con el coche en el otro extremo del parque Joan Miró después de contarme una historia, como la de Virgina, corta, hecha como para un viaje en coche, pero intensa. Cuando bajé del coche, la ciudad parecía haber guardado un minuto de silencio por la maravillosa historia. Entonces eché a andar con la historia dando vueltas en mi cabeza, pero también con el deseo de descubrir más relatos de Barcelona. Bajé hasta la Gran Vía y me quedé en Plaza España, frente al Paseo María Cristina, una avenida inmensa presidida por el Museo Nacional de Arte de Catalunya.

“Pues el ojo tiene una curiosa propiedad: solo se detiene en la belleza, como una mariposa, que busca colores y disfruta de su calidez”, explicó Virgina. Seducida por la noche, por el paseo y el silencio,  las historias de Barcelona afloraban como las plantas trepadoras del parque Joan Miró. Era 1929 y se celebraba la Exposición Universal.

De repente empezó a llover muy fuerte. La tormenta mojó mis párpados y el asfalto olía a limpio. Volví a casa caminando lentamente. Por unos segundos, pensé que podría escribir mil noches poesía y que Virginia tenía razón: “Escapar es el más grande de los placeres”.  Sin rumbo por las calles de Bogotá o Barcelona, al final se me olvidó por qué empecé a caminar.

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