Víctor mora capitán trueno 0

Cuando era enano, me pasaba los veranos ochenteros en Chiprana (Zaragoza) en casa de mi abuela María. La única emoción que recuerdo de aquellos veranos está ligada a ir con mi abuela a comprar a la tienda de Teodora, donde, como si del viejo oeste se tratara, todo costaba el doble, e intentar convencerla para que me comprara el TBO. Los TBOs le llegaban creo que con unos cuatro años de retraso, o eso decía, pero para mí, aunque un tanto herido, no suponía un obstáculo infranqueable. Me saltaba todas las tiras cómicas, Mortadelos, Zipis y Zapes, que parecían hacer las delicias de algún que otro chaval, e iba directamente a la tira de El Capitán Trueno, donde la vida iba en serio.

Si recuerdo esto es porque el otro día murió con un considerable silencio nacional un auténtico mito popular español, Víctor Mora, y quizás ese silencio o esa carrera sin premios no es precisamente casual, a pesar de que El Capitán Trueno llegara a una tirada de 375.000 ejemplares semanales, guarismos que ya quisiera El Capitán Alatriste.

Un chaval Mora, en el año 50, con sus diecinueve añitos acude a la Editorial Bruguera con sus dibujitos todo ilusionado. El que lo recibe le dice: “Tus dibujos son una mierda, pero, ¿quién te escribe los diálogos, muchacho?”.

Los escribía él, que a su edad ya tenía más bagaje que hoy en día un soldado estadounidense en Afganistán. Su padre había sido un republicano de los resistentes, de los que permaneció hasta el 36 en Puigcerdà, esperando para continuar en el Levante, en sintonía con el ala heroica de Líster, más que con la rendición de Carrillo. Finalmente pasó a Francia, donde, irónicamente o no, le esperaba la muerte en un campo de concentración de aquellos donde los franceses esperaban con los brazos abiertos a los republicanos españoles.

La carrera como dibujante de Víctor Mora nos recuerda a aquello que decía Alexander Solzhenitsyn de que en la URSS no podía decir lo que pensaba, pero en los EE.UU. lo decía y nadie le hacía caso.

De Barcelona, comunista, español y catalán, por ese orden, precisamente el menos indicado para sumergirse en el cambalacheo cultural desde la Transición a nuestros días, Víctor Mora, que toda su vida fue entrevistado en clave de engolfamiento democrático por los periodistas de nuestro régimen actual, tuvo muchísimos más problemas para ser leído con sus polémicas y agudas obras sociales posteriores al régimen franquista que con El Capitán Trueno durante el Régimen.

Él mismo contaba cómo la censura era superficial, que los censores eran unos catetos y que mientras no pusiera al Capitán y Sigrid liándose o no se mencionara a Marx todo perfect. Incluso recordaba cómo la censura le quitó las navajas a muchos de los personajes, quedando irónicamente estos con el puño cerrado (recordemos que Víctor fue siempre militante del PSUC y hasta pasó por la cárcel junto con su esposa Armonía en sus tiempos de mayor popularidad, eso sí, una mano misteriosa de las altas esferas que nunca se descubrió los sacó de allí a los dos meses).

víctor mora capitan trueno

Así pues, mientras la censura sólo se afanaba en cuestiones de detalle, la idea nuclear de El Capitán Trueno no se tocaba. A saber, que el Capitán iba por el mundo, al grito de “Santiago y cierra, España”, derrocando sátrapas y colocando en su lugar a un consejo de ancianos sabios.

Víctor Mora ya nunca conoció éxito igual, a pesar o precisamente por eso, de la radicalidad explícita y permitida de su obra posterior, ya en democracia.

El propio autor confesaba que la censura le daba alas y aguzaba su sentido; que precisamente El Capitán Trueno hacía todo lo que él tenía reprimido: un héroe hispano que iba por el mundo liberando pueblos de bárbaros anglos y mahometanos.

Si me pongo a pensar, apenas recuerdo la impronta de las historietas, un capitán, heroico por lo resistente junto a la fuerza bruta de un tal Goliath y la pericia de un tal Crispín. Conmovía, además, que el capitán tuviera encandilada a toda una rubia de campeonato, cosa que a los españolitos de diez años, maliciosamente acomplejados por la tele paleta de la época, nos reforzaba la autoestima bastante más que Alfredo Landa haciendo de souvenir español de las suecas.

Pero lo fundamental del texto es que se trataba de un héroe republicano español (que son, si no, esos viejos que colocaba gobernando tras cargarse al tirano sino una república platónica) que salía de España a liberar pueblos. Exactamente lo contrario de lo que era el régimen de Franco, una colonia de la barbarie alemana -y posteriormente estadounidense- con un sátrapa al mando.

Algo tan naive, potente y revolucionario era permitido por el franquismo. El mismo canto de Santiago y cierra España que relajaba a los censores del régimen fue precisamente el que sonaba ridículo y carca a los ilusionados hijos de la Transición, los cuales, en la línea de los despistados inquisidores, habían olvidado que lo importante era la idea y no la parafernalia.

Junto a la incomprensión de los demás niños por leer algo tan presuntamente serio en el año 88, también recuerdo cómo, abruptamente, Teodora dejó de traer el TBO. Pasé unos meses un tanto confundido hasta que descubrí, para mi pasmo, que en la biblioteca de Caspe (Zaragoza), eso sí, sin poder salir de allí, tenían la colección completa en tapa dura. Aquello me pareció casi un pecado, como algo prohibido, poder hacerme spoiler mirando el final, pero me resistí y eso sí: me leí los diez tomos dos veces.

Allí me tenías, un niño de siete u ocho años, sólo toda la tarde en la biblioteca junto al bibliotecario, un chileno pinochetista, que años después cuando le pregunté por libros sobre la Unión Soviética, me los sacaba del escondite donde los tenía mientras me sermoneaba con las maldades del comunismo. Recuerdo una que especialmente me impactó: me contaba que en un pueblo perdido siberiano, en lugar de mandar a una familia que vivía en la montaña a la ciudad, cada mañana iba un helicóptero del Gobierno, con el consiguiente gasto de queroseno, a buscarlos de propio, y a la tarde, de nuevo a llevarlos; y que aquello era un despropósito.

Mientras me lo contaba, yo pensaba que era muy bonito que el gobierno soviético hiciera eso, de lo cual deduzco, y quizás, no los ha soltado, que dentro de mí ya se había puesto a los mandos El Capitán Trueno de Víctor Mora.

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