A lo largo de la Historia numerosos devotos del Marqués de Sade (1740-1814) justificaron la misoginia y misantropía subyacente en sus libros, congraciándolos con la pasión que este sentía por los placeres primarios. Simone de Beauvoir (1908-1986) elaboró un proceloso análisis sobre la fascinación que la figura del noble francés y su peculiar concepción de las relaciones sexuales ejerció a lo largo de los tiempos. Con ¿Hay que quemar a Sade? (1950), la filósofa e intelectual francesa pergeñó un libro con el que quería explicar la influencia ejercida por el escritor, un entusiasta de los placeres de la carne y, sobre todo, una figura polémica que aun después de su muerte, suscita controversias por su obra.

Con libros como El existencialismo y la sabiduría de los pueblos (1948) –con el que la francesa criticó la Arcadia que simbolizaban el realismo, el idealismo o las propias utopías– o El segundo sexo (1949), –en el que razonaba sobre los inflexibles cánones de comportamiento estipulados por la sociedad en las relaciones entre hombres y mujeres–, Simone de Beauvoir ya se había erigido como una de las filósofas más importante de la posguerra. Pero es en sus reflexiones sobre Sade cuando las teorías desarrolladas en sus ensayos anteriores adquieren fuerza propia. Para ello, antes de abordar el estudio de su figura, detengámonos en dos preguntas fundamentales que Beauvoir se hace: ¿es posible satisfacer nuestros caprichos en una sociedad regida por códigos?, ¿debemos sacrificar lo que nos distingue para encajar en los cánones de un prójimo hipócrita?

Beauvoir analiza con minuciosidad la lucha que el noble francés llevó a cabo para resolver el conflicto existente entre vicio y virtud y los impulsos destructivos en los que desembocaba este conflicto. El análisis que hace la intelectual francesa de la figura del Marqués intenta buscar su correlato en la decisión del Marqués de hacer un llamamiento utópico a la libertad. Para Simone, Sade era un moralista que apoyó un patrón de comportamiento inaceptable en una sociedad como la del siglo XVIII. La crueldad de su narrativa —y, especialmente, la de muchos de sus personajes—, nos muestra el papel que ejercen las pasiones en las relaciones, propiciando dos figuras bien diferenciadas: la del tirano y la víctima, sujetos unidos siempre, en el caso del Marqués, por el hedonismo inmediato y el nihilismo, y en el caso de sus mártires, por su sumisión e insignificancia a los ojos de éste.

El proyecto maníaco de Sade y su dedicación a la atrocidad lo responsabilizan tanto de decisiones respecto a la libertad como de lo que él mismo asume como ética. Aunque su relato del poder desde la crueldad proporciona una crítica convincente de nuestras hipocresías sociales, políticas y personales, hace una apología de la dominación que se opone a la independencia de las personas. Al hacer recaer el acento sobre la vulnerabilidad de la carne y de la mujer, sus denuncias sobre el fariseísmo de su época devienen en ficción.

Al final, Beauvoir afirma que el Marqués entendió mal el erotismo y la libertad. En su fascinación por los placeres primarios, sustituyó el espectáculo por la experiencia vivida, aceptando intercambios estériles de sumisión para protegerse del miedo. Sade, según Beauvoir, violó sus obligaciones como autor y,en vez de apelar al colectivo para trabajar por la justicia, desarrolló teoríastorticeras para evidenciar el sufrimiento al que sometía a las mujeres. En ¿Hay que quemar a Sade? la francesa plantea la cuestión de la criminalización de la sexualidad para entender cómo éste, filósofo excéntrico, detractor militante del espíritu de la Ilustración, cayó prisionero de sus propias obsesiones: la muerte de la crítica de las normas o la negativa a pensar en la ética.

La francesa ofreció su punto de vista sobre uno de los grandes interrogantes para la mujer como el papel del sadomasoquismo en las relaciones sexuales,y sobre el determinismo del noble a la hora de justificar el mal como apéndice de su existencia. Siguiendo la doctrina hobbesiana, la maldad es consustancial a la condición humana. Y en una Ilustración en la que la idea de Rousseau sobre el entorno como responsable de la vileza del ser humano, era elfoco capaz de iluminar todas las pistas vacías y los ángulos muertos de la historia reciente, las ideas de Sade suscitaron rechazo y terror. Esa perversidad se encuentra en cada rito sexual que llevaba a cabo: aparte de buscar la negación de la voluntad de la mujer, pretendía criticar las conductas virtuosas de aquéllas convirtiéndolas en objeto de sus sevicias. A tal efecto, trocar a la víctima en victimario era fundamental para ensalzar sus propios tormentos.

La filosofía de Beauvoir presenta un punto de vista distinto a la de George Bataille, cuando este escribió sobre el Marqués y sus pulsiones criminales, encumbrándolo como uno de los mayores referentes estéticos que ha dado la literatura francesa. Sin embargo, a diferencia de aquél, ella hurga en el interior del propio Marqués para exponer las severas contradicciones que encuentra en su obra. Sade, en sus propias palabras, “pobló la soledad a la que lo condenaba su nacimiento con juegos eróticos tan arriesgados que hasta sus iguales volviéronse en su contra. Alboreaba un mundo nuevo, pero arrastraba tras de sí un pasado insoportable”.

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