Thiago es joven. Como mucho tendrá 25 años, la barba y el pelo negros y largos. Carga una cámara reflex de aficionado, pero en la cabeza lleva un casco en el que se lee: “Prensa”. Es el último entre los 200 que han pasado corriendo por una avenida de Río de Janeiro. Cuando la gente se concentra en un lugar para manifestarse y acaba dispersa, con cara de asustada o con ganas de romper lo primero que se le ponga por delante, es que la manifestación no ha sido precisamente un éxito. Ese proceso de protesta y fuga debe haberlo recogido la cámara de Thiago. “Nos juntamos para protestar para la Copa. Éramos unos 400 y queríamos llegar hasta el Maracaná, donde había partido –comenta–, pero cuando llegamos allí la policía empezó a disparar bombas de humo y pelotas de goma para que nos separáramos”. Después llegaron las carreras para huir de los gases que arrojaban los cientos de antidisturbios que rodeaban el estadio y la rabia descargada por algunos activistas sobre un semáforo, varias papeleras y la cristalera de un banco.

–¿Qué estás haciendo aquí? –le dice a Thiago una mujer madura en plena calle, cortando en seco sus explicaciones.

–Soy reportero.

–¿Reportero de dónde? ¿Qué estás haciendo aquí?

–Hago fotos para este colectivo –contesta el joven mostrando una tarjeta de visita– Estamos en contra de la Copa por todo el dinero que nos han robado los políticos y la FIFA.

–Yo en ese casco no veo que ponga Globo o Récord. Tú no eres reportero, no me mientas. ¡Largo de aquí!

–Señora, yo solo he estado haciendo fotos de la manifestación y la policía ha empezado a lanzarnos bombas de humo.

–Mira, vete de aquí porque si no te marchas te van a coger esos tres chicos de allí –señala la mujer hacia el mogollón de gente que ve un partido de Argentina en un bar– y te van a llevar para aquel callejón para matarte. No les gusta que estés aquí.

***

La mujer que ha expulsado a Thiago se llama Eloísa. Esta carioca bajita y de pelo corto ya ha pasado los 60, pero tiene la memoria intacta para acordarse de los años de la dictadura. “Fue una época muy difícil. No se podía protestar por nada, no podías decir lo que pensabas. Esos sí que eran momentos complicados y no los de ahora. Esta juventud no valora todo lo que hemos conseguido. Sí, sé que Dilma está rodeada de ladrones, pero voy a votar por ella en octubre. ¿Quién está en la oposición? Los hijos de los que tuvieron en la cárcel y torturaron a la presidenta cuando era joven. Lula cambió Brasil y solo Dilma puede traernos cosas buenas. El Mundial es una de ellas”, explica Eloísa. Considera que ha salvado al joven fotógrafo “de una paliza segura”. “A las bandas de las favelas no les gustan los manifestantes. Cuanto menos problemas haya con la policía, mejor para ellos. Y los manifestantes crean problemas…” A diferencia de Thiago, ella aprovecha los partidos de Brasil en la Copa para vestirse de amarillo y acudir a una rúa cercana donde se huele el churrasco que se asa en la acera y se bebe cerveza a mares. Allí, Eloísa se cura la saudade de no tener cerca a sus dos hijos (la mayor vive en Brasilia y el pequeño en Angola) y sus tres nietos. Las familias bajan comida de las casas a la calle y todo se comparte mientras se baila al son de un grupo de samba que toca al aire libre. La cara del tipo que hace sonar la pandereta es la felicidad personificada; la escena en su conjunto, la confirmación de que al brasileño le hace falta muy poco para disfrutar al máximo de la vida. Algún blanco, muchos mestizos y bastantes negros agradeciendo a Neymar sus goles y al Partido de los Trabajadores los pequeños lujos que gozan actualmente, conquistas de una existencia de clase media: el piso, el coche, la nevera llena, la carrera universitaria de uno de los hijos…

***

Alex en cambio no tiene ni piso ni coche ni una nevera que llenar porque vive en la calle. Por eso tampoco tiene dinero para asegurarle a Jorge, su hijo de 11 años, una carrera universitaria en el futuro. No es que no le importe que su hijo vaya a estudiar o no, simplemente no es su máxima preocupación para con él. Lo que más le preocupa a Alex es volverle a ver.

–Pero él está bien. Cuando junto algo de dinero llamo a casa de mi madre. El niño vive con su abuela, que le cuida muy bien. Me alegra saberlo. Yo tengo que vivir apartado de ellos porque me metí en problemas, problemas serios y no les haría bien estando a su lado.

Hace dos meses que no ve a su familia porque abuela y nieto viven en el barrio de Pavuna, a media docena de paradas de metro de distancia del lugar en el que Alex suele dormir. Lleva tantos años allí que conoce a casi todos los vecinos. Los menos se acabaron acercando con el paso del tiempo para ofrecerle algo de comida o un cigarro. Los más, a fuerza de ser saludados cada día y cada noche acabaron devolviendo el saludo. No muchos se paran a hablar con él, “aunque hay de todo”. Quienes lo hayan hecho y le hayan preguntado sobre la vida habrán escuchado que Alex habla mucho, rápido y, sobre todo, que es claro en sus ideas. “El problema de Brasil es que, aunque es tan rico, no tiene estructuras de ninguna clase. No hay escuelas, no hay oportunidades para querer salir adelante. Se cae en vicios muy fácilmente. La gente viciada es rechazada automáticamente, a nadie le interesa”, dice sin complejos.

Quizás, por eso, el milagro de Lula y Dilma solo ha llegado a una parte de la sociedad. Importante, pero solo una parte en un país infinito en kilómetros cuadrados y millones de habitantes. Es el Brasil con miedo a perder lo ganado con tanto sudor, el Brasil que cree en el futuro de un país que avanza imparable en la economía mundial entre evento y evento, el Brasil que mira con malos ojos a aquellos que puedan aguar la fiesta que tanto esfuerzo les ha costado preparar. Alex no tiene más que una mochila, unas chanclas que necesitan recambio y un par de mantas. Pero se siente feliz y sonríe cuando habla. Coge una Biblia que lleva con él y la acaricia mientras reflexiona.

–Está Dios y está el Diablo. Los dos existen y cada uno elige con quién se queda. Había una vez un rico que comía en una mesa llena de alimentos. Un pobre estaba debajo de la mesa y no le caían ni las migajas. Dios le dijo al rico: “¿Quieres entrar en el cielo? ¿Sí? Vende todo lo que tengas y reparte el dinero entre los pobres”. El rico no lo hizo y fue al infierno. El cielo es de los pobres porque Dios, por mucho que te equivoques, lo perdona todo.

Y Alex sigue sonriendo.

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