Fotografía: Luis Nocete

Poseidón era, en la mitología griega, el dios de los océanos y los caballos, que con sus barbas blancas y su tridente, surcaba los mares montado en un carro. Para los psicoanalistas junguianos, el dios Poseidón encarna el arquetipo del hombre emocional, bajo cuya superficie se mueven hondas y secretas corrientes de sentimientos. Me atrevería a decir que algo hay de Poseidón en Ricardo Lezón, que ha publicado Esperanza, su primer disco en solitario y que es además líder de la banda de música McEnroe y miembro de Viento Smith. Quizá no es una casualidad que en sus canciones, capaces de sumergirnos en evocadores estados emocionales, se cante a caballos y palmeras, a las mareas que vienen y van, y a las ballenas que esperan a las corrientes para llegar a aguas más calientes. Ni tampoco es quizá casualidad que uno de sus discos lleve por nombre Las orillas y otro Mundo Marino. Quedamos para esta entrevista en una cafetería de Madrid, yo le hice preguntas incómodamente íntimas y él se ofreció a mostrarme los tesoros y los monstruos marinos que habitan en sus abismos.

–¿Te gusta dar entrevistas?

–No… No es que no me guste pero a veces voy con expectativas… Me hace darme cuenta de que llevo muchos años en esto: el mundo del indie es tan pequeño que al final se repite todo. No es culpa de nadie, pero es así. Hay algunas entrevistas a las que vas y te das cuenta al minuto de que al entrevistador no le interesas nada, que lo está haciendo como para rellenar currículo o decir: “Hice otra”. Hay a veces que pienso: “¿De verdad me vas a preguntar esto?” Igual yo también me he convertido en un cascarrabias, pero me han preguntado tantas veces las mismas cosas. Si entras en internet tienes ahí ya las respuestas… Pero tampoco tengo a fobia a las entrevistas, a algunas sí que voy.

–Dices que el mundo del indies pequeño, pero tengo la impresión de que en los últimos años se ha ido construyendo un circuito, con sus salas de conciertos y una red de festivales,  unos medios de difusión, con sus radios y sus revistas, que igual antes no había.

–Pero a excepción de los festivales, que surgen como setas, el resto… Igual la palabra no es pequeño, sino muy repetitivo. Incluso los festivales tienen muy poco de música, son otra cosa. No sé cómo explicarlo. Después de quince años tocando en las mismas salas, joder, me pregunto: ¿no hay proyección más allá de esto? El indieque hemos importado a España no es como el de fuera. En España, a diferencia de otros países, no hay un estadio intermedio entre lo indie y lo comercial. O eres Malú  o eres… Vetusta Morla o Love of Lesbian, pero esos son unos pocos. Cuando eres indie, te da la impresión que estás dentro de un círculo muy pequeño: tocar en los mismos sitios, sonar en los mismos programas. Sí, está Radio 3, pero es que es la única radio que pone este tipo de música. Ahora mismo, si no sales en Radio 3, ¿dónde sales? Pero bueno, no quiero que suene a queja, estoy en una época de mi vida muy anti-queja. Estoy hasta los cojones de la gente que se queja.

–Transmites cierta frustración.

–¿Yo? Ninguna. ¿Te estoy transmitiendo frustración? [se ríe].

–Como si implícitamente dijeras: “No es esto todo lo que quería, quería algo más”.

–Al revés, yo no quería nada. Todo lo que he vivido ha sido… Hay una frase que me dijo Guille Galván, de Vetusta Morla, que define muy bien todo esto: “Tienes todo el rato la sensación de que van a descubrir que eres un impostor”. Como si fueran a descubrir lo malo que soy yo en mi casa, o lo malo que creo que soy yo, o lo poco valorado que tengo lo que hago. Es agobiante. A mí me pasa a mucho menos nivel que Guille, él es un tío que con Vetusta Morla toca en sitios brutales. Se lo oí decir y me hizo gracia. Yo creo que eso es algo que tenemos muchos.

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–¿Muchos músicos o muchos artistas?

–Yo creo que muchos músicos y tal vez también los escritores. El rollo ese de pensar: “Joé, si lo que escribo es una mierda, ¿cómo puede gustar?”.

–¿Cuándo compones una canción o sacas un disco piensas que va a venir un hachazo?

–Cuando estoy haciendo discos o componiendo canciones ya no lo tengo. Le escuché esa frase a Guille y me reconocí en ella, porque esa es una sensación que tengo muy dentro, pero que aflora igual cuando estás en sitios como esos. Me lo dijo durante el festival Cosmopoética de Córdoba, que es una cosa muy especial. Un certamen de poesía con cuatrocientas personas delante, y él y yo estábamos teniendo una conversación casi como la que estamos teniendo ahora, y te salen estas cosas. Pero cuando estoy haciendo canciones a solas no tengo esa sensación de ser un impostor ni tampoco el miedo a que me vayan a dar un hachazo. Aunque tampoco la ilusión de “esto va a ser un pelotazo”. No. Para nada.

–¿Sientes vergüenza sobre los escenarios?

–Sí. Yo creo que esa es una de las cosas que cuando van pasando los años se te van quitando. Al principio, mucha vergüenza, demasiada incluso, tanta que te impide hacer cosas. Luego se te va quitando y es un proceso muy gozoso. De repente empiezas a pasar de esas cosas y a disfrutar realmente. Yo antes no cantaba, ¿sabes? Al principio yo no era el cantante de McEnroe, era Gonzalo, el guitarrista. Pero él se quitó, dijo que no le gustaba y fue entonces cuando yo empecé a cantar y estaba acojonado. Yo sabía que podía cantar, pero me acojonaba la idea de que me fueran a escuchar, y eso se notaba en la forma en que cantaba.

–¿Habías cantado antes de McEnroe?

–No.

–¿Llegaron antes las letras que la voz? Hay un verso de la canción El alce, que dice: “Este imbécil que escribía canciones de amor en las servilletas de cafeterías desiertas”. ¿Es real esa imagen? ¿Hubo un poeta antes que un cantante?

–Bueno, un poeta… yo escribía mucho antes de McEnroe. Escribía poemas, escribía relatos… Siempre me ha gustado mucho escribir. Luego, cuando pasé a ser el cantante y compositor de McEnroe, no me fue tan difícil. De hecho fue bastante natural, estaba bastante acostumbrado a sentarme a escribir.

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–¿Cuántos años tenías cuando formasteis McEnroe?

–Yo tenía 33, justo acababa de nacer mi hija.

–Me causa curiosidad. No eras un adolescente que quería tener un grupo con sus amigos.

–Hay una brecha generacional muy grande en el grupo. Estamos Jaime [segundo guitarrista] y yo, que teníamos 33 y 34, y Gonzalo y Edu [batería] tenían 21.

–¿De qué os conocíais?

–Edu, el batería, es primo de Jaime. Yo no sabía ni que tocaba. Estábamos en un sitio donde ensayaban todos los grupos de Getxo, al que yo iba con Jaime a hacer nuestras canciones. Había un tío que daba clases de batería allí. Un día nos escuchó tocar entonces entró en la sala de ensayo la y nos dijo: “Estoy dando clases a un chaval que segura que le mola vuestra música porque le mola Will Oldham”. “Pues dile que baje”, le contesté. Y resulta que era el primo de Jaime. Fue como: “Joder, Edu, ¿qué haces aquí?”.

–¿Fuiste a la universidad?

–Sí, fui, pero… había una prueba para mayores de 25 años, no sé si eso sigue existiendo.

–¿Qué estudiaste?

–Turismo, pero no acabé. No he estudiado en mi puta vida. Pensé: Turismo suena fácil, relajado. Rollo Cifuentes, ¿no? Voy ahí y salgo con el título de Turismo que no sé para qué cojones lo quiero. Estuve dos años ahí. Fue en Deusto. Lo que pasa es que era acojonante. Pasó una cosa que me fascina. De hecho he pensado: voy a ir a preguntar a ver si esto es un recuerdo distorsionado o es real. Resulta que tú hacías la prueba para entrar y en el mismo examen tenías que decidir qué idioma escogías: francés o alemán. En esa prueba tenías que escoger qué ibas a estudiar durante los tres años de la carrera. “Elige: francés o alemán”. Y yo “Bueno, déjeme pensarlo”. “No, no, no. Ya, tienes que elegir ya”.

–¿Y qué elegiste?

–Alemán [nos reímos los dos]. Luego me di cuenta de mi craso error, ¿sabes? Y dije: quiero cambiar a francés. No, ya no se puede, me contestaron. Entonces, claro, eso era un lastre que lo hacía imposible. No sabía ni una palabra.

–¿Recuerdas por qué escogiste alemán?

–Sí, un profesor que vigilaba durante el examen y que me vio dudando. Era precisamente el profesor de alemán y me dijo: “El alemán tiene muchas más salidas y no lo habla nadie”. Y yo pensé: “¿Dónde hay que firmar?”. Luego te hacían una entrevista personal, en alemán, y el mismo profesor me preguntó que por qué había elegido alemán y yo: “Porque me lo has dicho tú, cabrón”. “¿Pero sabes algo?”, me dijo. Y yo: “Bueno, veo mucho Eurosport”, que era todo en alemán, los goles de la Bundesliga. “Estás jodido”, me dijo. “¿Y no puedo cambiar?”, le pregunté. “No”. Entonces fui a clase y de doscientos alumnos matriculados en Turismo, solo seis habíamos elegido alemán. El primer día pasaron lista y era: “¿Otto? Sí. ¿Klaus? Sí. ¿Ricardo? Sí, sí, aquí”. Había otro imbécil, se llamaba Mikel, que le había pasado como a mí. “Esto no lo saco en mi puta vida”, pensé. No entendía ni las notas cuando me las daban. No sabía lo que había sacado en los exámenes.

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–¿Fuiste mal estudiante?

–Muy malo. Infecto. Yo repetí séptimo de EGB [el actual primero de ESO] que no repetía nadie, un curso que era imposible repetirlo. La gente iba con el miedo de octavo, que en mi época era el primer año que tenías que aprobar todas para pasar de curso, a BUP, y todo el mundo le tenía un miedo de la hostia. Séptimo en cambio era de transición, estabas llegando a octavo y nadie se quedaba rezagado, pero yo repetí. Luego, al año siguiente, pasé a octavo pero suspendí siete en junio y tenía que aprobar las siete para poder pasar de curso. Mi padre me dijo: “Si apruebas te compro una Vespino”. Y aprobé las siete. Entonces me dijo mi padre: “Eres un hijo de puta”. Me acuerdo mogollón de esa frase. “Eres un cabrón”. No me dio la enhorabuena. Eres un cabrón que suspende porque le da la gana.

–¿Qué querías ser cuando eras adolescente?

–Yo me conformaba con ser algo. Tuve una adolescencia muy jodida. Mis padres se divorciaron, que no era una cosa muy habitual en esa época. No tengo muy buen recuerdo de la adolescencia. Tuve mucha ansiedad. No sé lo que quería ser. El único recuerdo que tengo de querer ser algo fue un curso que encontré no sé dónde, cuando todavía era la época de los trípticos. Ahora es todo por internet. Alguien me dio un tríptico para estudiar para anticuario. “Pues yo quiero ser anticuario”, me dije. Me sonaba… fácil, no sé.

–¿Y romántico?

–Y romántico. Qué guay, tener un anticuario. Y le dije a mi padre: “Yo quiero ser anticuario”. Y mi padre: “Ya, pues muy bien”.

–¿Antes que escritor de poemas y relatos fuiste lector?

–No. No soy un gran lector, la verdad. Ahora leo mucho más que antes, pero cuando era joven no era un gran lector. Leía las cosas pero no puedo decir que haya leído de todo. Es verdad que las cosas que leía me marcaban mucho. Me ha marcado más la música, el cine, tenía más interés por eso. La lectura la tenía por una cosa como con cuentagotas.

–¿Recuerdas alguna lectura?

R: De esa época… El guardián entre el centeno me marcó mucho, de J. D. Salinger. Lo leí muy pronto. No tengo un recuerdo muy claro. Me gustaría volver a leerlo. Si me hablas de la novela igual no puedo ni contarte de qué va pero tengo un recuerdo de leerlo y quedarme muy fascinado y con las ganas de escribir.

–¿Escribías con alguna ambición?

–No, yo no tenía ambición. Ni con la música, ni con la escritura, no tenía más ambición que la de hacer algo. Eso lo tuve muy claro desde que empezamos con McEnroe. Y escribir, escribía para mí y punto. Ni soñaba con publicarlo. Tiempo después me regalaron una máquina de escribir y a partir de entonces comencé a escribir mucho. Era una máquina antigua, de esas que hacen mucho ruido, no recuerdo la marca, era negra y era cojonuda la verdad. Y eso me llamó mogollón.

–El ruido.

–Sí, el ruido. Todo en realidad. Es que la liturgia de escribir es importante. Cuando eran los exámenes finales yo suspendía todo, todo lo que me ponían delante lo suspendía, pero la liturgia de estudiar me gustaba mucho. “Me voy a quedar esta noche estudiando”, me decía. Me hacía un café, me ponía los libros en la mesa ordenados… Luego no estudiaba nada. A la hora de escribir, lo que me tiró fue eso, el ruido de la máquina de escribir. Luego descubrí que escribiendo era feliz, pero al principio era eso, la liturgia.

–Y ahora, ¿tienes una liturgia para componer tus canciones?

–No, no hay ninguna liturgia. Yo toco poquísimo la guitarra, poquísimo. No sé si es una liturgia, porque no puedo prepararlo, ni pelear con ello. Yo solo toco cuando me apetece, cuando de repente lo siento: “Voy a tocar la guitarra”. Si me pongo a planear: “Voy a componer una canción”, entonces no me sale. Tiene que salir solo.

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–¿Y las letras? ¿No las escribes antes?

–Pues mira, durante mogollón de tiempo, sí. Sobre todo al principio. Cuando ahora escucho las letras de Mundo Marino, hay muchas cosas que no entiendo. En esa época fumaba muchos porros, me ponía hasta el culo, y cuando me ponía a componer una canción, siempre salía una frase. No sé de donde salía. Me ponía a tocar la guitarra, y me salía una melodía y una frase. Mundo Marino está lleno de frases que ni yo sé lo que quieren decir. A partir de esa primera frase iba hilando. Me decía: “Esta primera frase que ha salido va a estar en la canción”, y a partir de ahí escribía todo el resto. Yo nunca me he puesto a hacer una canción. Sí me he puesto a tocar la guitarra pensando que me apetecería que saliera una canción. Pero no de una forma premeditada: “Voy a componer una canción”, no. Y mucho menos me he propuesto: “Voy a escribir sobre este tema”.

–Te imaginaba con una libreta en la que anotando versos y trozos de canciones. ¿No hay libreta?

–No hay libreta. Lo he pensado muchas veces, ¿eh?, como parte de esa liturgia. Venga, me voy a comprar una libreta guapa, una Moleskine de estas y voy a ir apuntando cosas sesudas, pero no, la verdad es que no. En el último disco, Esperanza, me leí un libro que me impactó mucho, de Gary Snyder, un libro que se llama La práctica de lo salvaje. Es un libro maravilloso. Me lo recomendó una tía por internet. Me escribió al Facebook de McEnroe y me dijo: “Tienes que leer esto”. Me lo leí y me pareció maravilloso y sí que de ahí saqué muchas ideas. No las subrayé, se me quedaron dentro. Muchas ideas que no sabía cómo expresarlas yo estaban ahí, en ese libro. Pero no, no he sido nunca de coger citas y tal.

–Has dicho: “Tuve una infancia difícil, ansiedad”. Luego has dicho que fumaste muchos porros, ¿has sufrido mucho?

–La adolescencia fue muy mala.

–¿Hasta cuándo?

–¿Hasta los cincuenta? [se ríe]. La adolescencia yo creo que… tengo un sentimiento, y me gusta tenerlo, de que cuando nació mi hija hubo un crack muy grande. Tenía 33 años.

–Coincidieron el nacimiento de McEnroe y de tu hija.

–Sí, de hecho el primer concierto que dimos como McEnroe fue como tres días después de que naciese.

–¿Qué pasó en aquella época?

R: Hubo un crack de felicidad muy grande. Yo tenía muy claro desde que era muy joven de que quería tener hijos y cuando nació mi hija fue una explosión de todo. Exploté yo por dentro, hice muchas cosas que antes no hacía… Me convertí en otra persona. Me liberé de muchas cosas. No sé, fue una cosa muy, muy, muy… Realmente es la primera explosión que recuerdo de mi vida. “Esto es otra cosa”.

–Guau.

–Sí… En esa época yo venía de haber estado viviendo en México una temporada. Estuve un año y pico en DF. Es una ciudad muy auténtica, en lo bueno y en lo malo. A mí no me gustó mucho la verdad. Me fui por amor: trabajaba allí la que luego fue mi mujer. Ella trabajaba en Unicef y la mandaron allí dos años y el último año me fui yo. Y bueno, estuve buscando trabajo pero tampoco trabajé mucho. Justo había tenido una pequeña galería de arte en Getxo. Cerré el negocio y con el dinero que saqué lo gasté allí el año y pico que estuve. Estuve viajando por Guatemala, por Honduras, fui a Canadá también.

–Suena bien.

–Sí, fue muy enriquecedor. Y luego cuando volví me casé… En realidad desde que me casé hasta que nació mi hija pasaron cinco años. Nos costó mucho tener hijos y de esos cinco años guardo buen recuerdo, pero todo cambió cuando nació Jimena.

–Conociste a Miren Iza, de Tulsa, cuando ella trabajaba de camarera en una hamburguesería que regentabas tú.

–Puede que la conociera de antes, pero fue ahí la primera vez que tuvimos una relación estrecha. Después de volver de México puse un sitio muy chulo en Lejona, era una especie de bar-hamburguesería, y conocí a Miren porque era la novia de Miguel [su actual bajista] y no sé si estaba buscando trabajo, creo que estaba estudiando Medicina. Ahí con entrar y decir que buscabas trabajo yo te metía ya detrás de la barra. Creo recordar que Miren por entonces estaba empezando con Tulsa, que al principio se llamaba Lula. Y de hecho la primera maqueta de su grupo la grabó Gonzalo, el guitarrista de McEnroe. Nosotros ya estábamos con McEnroe, todavía a un nivel ínfimo. Entre nuestros discos Al sur de mi vida y Mundo Marino, grabamos un EP de tres canciones, y en ese trabajo fue la primera vez que ella cantó con nosotros. Nada más conocerla y escucharle cantar, le invité a cantar en una canción de McEnroe.

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–Me contó Jaime Arteche, ahora músico de su banda y antiguo miembro de Joe la Reina, que cuando fuiste a fichar por Subterfuge te encontraste con Carlos Tarque por la calle.

–Sí. Había venido a Madrid y me había pasado por las oficinas de Subtertuge para mirar el contrato que nos ofrecían. Luego, yo iba por Malasaña con la que era mi novia entonces y nos encontramos con Carlos Tarque, que salía con una chica que era muy amiga de mi novia. Cuando tu novia se pone a hablar con otra, tú te quedas a lado como un pasmarote y estaba Carlos Tarque delante de mí y era como: “Hola, ¿qué tal?”. “Pues muy bien”. Y no sabes de qué hablar y justo pensé: bueno, pues este tío que es músico… Le hablé de que yo también tocaba y tenía un grupo que se llamaba McEnroe y claro, él no lo conocía nada. “Pero, ¿qué rollo hacéis?”. Y yo: “Rollo Migala”. Y él: “No sé quiénes son Migala”. Y entonces, como no sabía de qué hablar, aproveché para preguntarle: “Pues mira, nos han ofrecido un contrato en Subterfuge, y estamos pensando si firmar y no sabemos qué hacer”. Y entonces él me dijo una frase que se me ha quedado mogollón: “Firma”. “¿Sí?”. Y él: “Fuera hace mucho frío”. Y yo me dije: coño, pues si me lo dice Carlos Tarque, que él sabe de esto… Fui más seguro a firmar, con esa frase en la cabeza: “Fuera hace mucho frío”, aunque no sabía muy bien qué significaba.

–Ahora sois una de las bandas que más años llevan en Subterfuge.

–Miren también tuvo mucho que ver. Nosotros vinimos a Madrid como se venía antes, vinimos Edu y yo con unos cedés grabados en la época del USB e íbamos tocando a las puertas de las discográficas, que no sé por qué hicimos eso, yo creo que porque tampoco teníamos otro plan. Tocábamos en la puerta, nos abrían, les entregábamos el CD y nos quedábamos esperando en la puerta. “Pero, ¿qué quieres que te diga?”. “No, a ver si te gusta”. Los tíos se quedaban flipados y de hecho cuando cerraban la puerta los oíamos tirar el CD sobre otro montón de discos como si fuera un saco. Fuimos a muchas discográficas, hasta que nos cansamos y nos sentamos a tomar unas cervezas, y le dije a Edu que ya no iba a ir a ninguna más. Entonces quedamos con Miren y le dije que llevara ella el CD a Subterfuge. Ella ya había fichado con ellos. Le pedí que no me hiciera ir a mí. “Llévalo tú y se lo tiras ahí”. Nos llamó Carlos Subterfuge a las dos horas. “Oye, no firmes con nadie, no firmes con nadie”, me repitió. Y yo pensando: “¿Pero qué crees, que me llueven las ofertas? Si estoy en la estación de autobuses esperando para irme a mi casa”. Le dije que tranquilo, que no iba a firmar con nadie. “No firmes con nadie, no firmes con nadie, esto es una bomba”. Ya sabes cómo es él… Yo creo que le pilló un momento… McEnroe fue y es una apuesta muy personal suya. Él tenía muy claro –o al menos se dio cuenta muy pronto– que McEnroe no tenía ningún recorrido comercial.

–Pero sí habéis tenido un recorrido.

–Sí, pero no comercial. Alguien como Carlos que lleva tantos años en la música ya sabe que igual puede que pegues un pelotazo, pero un disco como Mundo Marino

–La primera vez que os vi en concierto fue en el Festival de Benicàssim.

–¿Entonces eras tú el de Benicàssim? No vino nadie a vernos.

–Creo recordar que el mismo día tocaban Tame Impala, y luego creo que Mumford & Sons y Arctic Monkeys.

–No. Tocaban los Strokes.

–Cierto. Tocabais el primer día.

–Nosotros hicimos la prueba con Tame Impala, que tenían diecisiete años entonces. Eran unos chavales, iban descalzos, eran majísimos. Súper majos, porque ese festival fue el de los gilipollas. Unos gilipollas… todos los técnicos de sonido eran ingleses y nos trataron como mierda y los de Tame Impala fueron los únicos que se mostraron amables con nosotros. Fue un gustazo. Luego me alegré muchísimo de que pegaran el pelotazo, porque se lo merecen. Y a parte es que tocaban… Yo me acuerdo de escucharlos en la prueba de sonido y pensar: “¿Yo qué hago aquí?”. No sabes cómo tocan, es una burrada. Luego fue muy gracioso también porque los técnicos eran ingleses y había un equipo de la hostia. Yo veía el escenario y pensé: “Yo no he tocado en un sitio así de grande, ni siquiera en una sala como este escenario de grande”. Era brutal. Claro, salimos a tocar pensando: “¿Quién me ha traído aquí?”. Luego te sacaban por pantallas gigantes. Hacía además muchísimo calor, por lo menos cien grados. Eran como las cinco de la tarde. Tocábamos enchufados a unos amplificadores que eran los mismos que usarían los Strokes: tocabas una cuerda y se oía en Valencia. Y se me olvidó encender el amplificador. Empecé el concierto y estaba tan cabreado con la gente del festival, unos gilipollas que habían estado todo el rato metiéndome caña, que toqué la primera canción y no sonaba. Recuero que le dije a Jaime: “Estos tíos, mucha hostia y luego no saben ni poner un puto ampli”. Entonces le dije al tío, en un inglés macarrónico: “My guitar!”. Y el tío se acercó a donde estaba yo, le dio al botón de mi amplificador, y se comenzó a escuchar mi guitarra. Me lo había dejado apagado. The story of my life.

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–Un tiempo después os vi tocar en Segovia junto a Joe la Reina, que eran vuestros teloneros. La gente que asiste a vuestros conciertos suele decir que es una experiencia poderosa. Recuerdo las letras de Tú nunca morirás, desgarradoras, pero terriblemente emotivas. Entiendo que algunas hablan de la ruptura de tu matrimonio. Me gustaría preguntarte, si el nacimiento de tu hija fue una explosión, ¿qué fue la ruptura de tu matrimonio?

–Hombre, muy duro. Yo llevaba con mi mujer desde los diecisiete años y me divorcié con 37. Estuvimos veinte años juntos. Lo vivimos todo, todo lo que se puede vivir con una pareja. El despertar de todo, conocerlo todo, pasé toda mi adolescencia horrible con ella, vivimos en México, tuvimos hijos. Fue como una pequeña vida en veinte años. Se rompió, fue muy jodido. Pero no tengo la impresión de que Tú nunca morirás estuviera muy basado en eso. Yo me separé en 2006 y esto fue como dos años después y yo ya estaba con otra persona. Había pasado mucho tiempo… Aunque hay muchas cosas que salen con retardo, ¿no? Quizás fue una catarsis. Fue tal vez una catarsis en diferido.

–Hay un disco de Fito Páez que se titula El amor después del amor…

–A la presentación de ese disco fui yo en México, al Auditorio Nacional. Tuve una época muy Fito Páez. Luego me empaché.

–¿Hay amor después del amor?

–Hay un amor primero… Dicen que no hay ningún amor como el primero pero tampoco hay ningún amor como el segundo, ni como el tercero. Todos son diferentes. Quieres de otra manera, te vas llenando de cosas, te conoces más… ¿Hay amor después del amor? Sí. No igual, pero sí hay. Espero.

–¿Estás enamorado?

–Sí.

–Lo que quería preguntarte es si es posible, después de una ruptura con alguien con quien lo has apostado todo, volver a reconstruirte, volver a confiar en alguien, volver a depositarte en alguien.

–Sí, pero no de la misma manera. Que no tiene que ver si mejor o peor. Pero si hay que contestar sí o no, entonces: sí, sí hay.

–Tenía otra pregunta en la cabeza pero se me ha olvidado.

–Es curioso eso que decías de Tú nunca morirás. Los discos siempre los hago pero luego no los escucho. Me da mucha pereza, termino muy cansado de todo el proceso de grabación y mezcla. De pronto pierden todo el… no me apetece. Y entonces cuando me hablas de Tú nunca morirás, yo estaba intentando acordarme de las canciones. Ya ni siquiera las recuerdo…

–Las canciones: Los valientes, Tormentas, El alce

El alcepor ejemplo es la canción por la que más me han preguntado en mi vida. Debe haber una de cornudos en el mundo, ¿sabes?… Porque todo el mundo me pregunta por esa canción. Pues no, a mí no me ha pasado.

–Te lo preguntan por la metáfora del alce como símbolo de la infidelidad.

–Me la piden en los conciertos mogollón. Siempre he pensado que si yo estuviera en el público nunca pediría El alce. A veces ha ocurrido de alguien que la pide en voz alta y varias personas se vuelven para mirarle, “es para un amigo y tal”… Es broma. Lo que sí te das cuenta a medida que te haces mayor es que los tópicos son verdad. No los desprecies. Alguno dirá que son un lugar común, sí, pero por algo existen. Hay otras cosas que no son, pero los tópicos ocurren.

–¿En qué tópico estás pensando?

–Es un tópico eso que dicen que una vez que haces las canciones, dejan de ser tuyas. Yo eso lo siento mucho. Yo no tengo ningún control sobre lo que la gente dice y cree sobre mis canciones. A mí me han abrasado con lo de la tristeza tanto que ya estoy hasta las pelotas. “Es que sois un grupo muy triste”, me dicen. Pues tristeza te dará a ti, pero a mí tristeza no me da. Yo solo tengo control sobre lo que mis canciones ejercen sobre mí. Yo tengo el control para decidir: esta canción no la saco, y esta sí, y no porque me da tristeza sino porque me gusta. “Pues a mí me da mucha tristeza”, me dicen. Me dan ganas de decir: “Pues tío, cómetela, es tu problema, no el mío”. Eso me lleva a lo que dices sobre Tú nunca morirás y el desamor. No sé si trata sobre mi separación, pero sí creo que viví una catarsis. Me costó… Ha muerto mi padre el año pasado y, joder, lo he vivido en diferido. Cuando justo murió, y es un sentimiento que le pasa a mucha gente, me culpaba de no estar pasándolo lo suficientemente mal. “Debería estar destrozado”, me decía, y no lo estaba. Y luego ya me quedé destrozado, pero tuvo que pasar un tiempo. Con Tú nunca morirás creo que pasó algo parecido, incluso con el título.

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–¿Cómo fue la muerte de tu padre?

–Pues conocí el significado de esa palabra que es tan rara y que la ves tanto: “huérfano”. La orfandad, que nunca la terminas de entender, de pronto la entiendes. Explicarlo es complicado. Pasas a otra posición. Tu relación con muchas cosas cambia, con tu familia… Un movimiento de fichas que descoloca mucho y tras el cual luego te tienes que volver a colocar. Y sobre todo es como una casa, ¿no? Yo siempre tenía a mi padre como un sitio al que podía ir. Y de repente y ya no puedes ir más, y te conviertes al mismo tiempo en el sitio al que van a ir otros. Y eso cuesta. Me ha coincidido además con estar ingresado en el hospital por mi operación de vesícula, lo que te hace sentir muy solo, muy vulnerable. Y si a eso le añades que ya no está mi padre, que era médico… Lo he sentido mucho.

–Tengo entendido que de Soria te sacó la muerte de tu padre.

–Estaba enfermo. Me volví de Soria para estar con él.

–En una entrevista leí que durante los diecisiete meses que viviste en un pueblo de Soria la soledad no se te hizo pesada.

–No. Todo me sorprendió mucho. Yo vivía en Marbella, un sitio espantoso, con una vida de trabajar sin parar para una inmobiliaria, para arriba y para abajo, viendo a gente todo el rato. Por cierto, encima de mi piso estaba el ático de Ignacio González. Yo vivía justo debajo de él. Y todo me sorprendió mucho cuando me fui a Soria. Ya había estado antes, ¿eh? A mi abuelo le gustaba mucho viajar en coche. Le fascinaba. Estaba todo el día en el coche, iba a todas partes en coche con mi abuela, le gustaba conocer pueblos y una vez paró en Abejar, que es un pueblo de Soria y decidió que toda la familia en Semana Santa nos íbamos a ir a Abejar a un hotel de carretera, al lado de una gasolinera…

–Qué casualidad, yo voy también todos los veranos con mi familia a Abejar. Es una especie de liturgia familiar. Nos reunimos allí en una casa rural, al lado de la gasolinera.

–Pues el hotel que hay allí, Hostal La Torre, que ahora está cerrado era donde mi abuelo quería todas las Semanas Santas y por cojones teníamos que ir allí todos los demás. Soria antes era Soria. Antes nevaba. Un plan que no gustaba ni a mis padres ni a mis tíos pero íbamos allí y yo me acabé enamorando de ese sitio, de todo. Me parecía todo tan auténtico que lo he tenido siempre ahí metido. Entonces, antes de irme a vivir allí la última vez, ya había estado otra vez, durante un invierno. Cuando hicimos Las orillas yo estaba allí, en un pueblo que se llama Torreblacos. De hecho salió el otro día un reportaje en El País sobre el pueblo porque se ha quedado sin habitantes. La segunda vez fui a Noviales. Miré en Internet. Siempre buscaba en internet pensando: “Seguro que hay un hostal en una aldea en Soria por cuatro duros”. Y lo encontré. Cogí el coche desde Marbella a Noviales a ver el hostal, lo vi y dije: me lo quedo.

–¿Lo compraste?

–Lo alquilé, fui a Marbella a por mis cosas y volví. Y cuando llegué allí, me puse a funcionar y al poco tiempo se fue yendo toda la gente y en invierno nos quedamos tres personas. María Jesús, Carlos y yo. Y entonces sí me acojoné. No me acojoné pero me dije: “Hostia”.

–Da la sensación de que hay una idea romántica en torno a la soledad, pero igual no se habla tanto de lo angustiosa que puede resultar y más en un pueblo en invierno cuando anochece a las cinco de la tarde.

–La soledad es angustiosa en un pueblo o en Nueva York. Mi plan no tenía romanticismo, era una cosa que quería hacer. Entonces fui, puse el hotel y sí que es verdad que al principio me asusté porque de pronto me sentí plenamente feliz, como no lo había sido nunca, conmigo mismo. Me faltaba gente, pero conmigo mismo, era un sentimiento de felicidad que no había tenido en ningún otro sitio. Y entonces me acojonaba al pensar: “Yo para ser feliz, ¿tengo que estar aquí, en un sitio que no hay ni Dios?”. Y me dije: “Pues igual sí”. La gente lo interpretó como si fuera un alarde de algo, una cosa estratosférica y estrafalaria. Mucha gente me preguntaba: “Pero tío, ¿qué hacías ahí?”. No entiendo porque sorprende tanto. “Pues ya está, llevaba un negocio que era mío y vivía feliz. Yo no te pregunto a ti qué haces trabajando en una acería de Sestao, o tú, qué haces todos los días levantándote a las ocho de la mañana para ir a Zamudio”.

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–Has tenido una galería de arte, has llevado una hamburguesería, has trabajado en una inmobiliaria, has regentado un hostal. Lo último que sé es que trabajas para una gasolinera…

–Me han echado, por cierto.

–No sé si te identificas más con el Bukowski de Factótum, yendo de un trabajo a otro, o con Paterson, el personaje de Jim Jarmusch.

–Bueno, Paterson tenía un trabajo fijo de conductor de autobús.

–Me refiero a si eres alguien que encuentras la inspiración en trabajos ordinarios o alguien que sufre la vida capitalista para ganarse los cuartos como Bukowski.

–Hay una frase que leí hace poco de un poeta, no me acuerdo de quién, no sé si era Alberti, no, no era Alberti. Era un poeta que decía: “Yo solo acepto trabajos que me supongan un gasto neuronal mínimo. Yo las neuronas las quiero para otra cosa, no para esto”. Solo acepta trabajos como vigilante de parkings. No es mi caso, yo necesito el trabajo, pero es muy difícil que yo encuentre trabajo a menos que sea algo que monte yo. No espero encontrar la felicidad en el trabajo. Donde hay obligación no hay alegría.

–Creo que fue a Cortázar a quien le leí decir que a los escritores les conviene tener trabajos que sean manuales.

–Yo ahora con la gasolinera estaba bastante contento porque empecé con una misión y acabé con un tema manual, que era de mantenimiento, y es verdad que la satisfacción que encuentras en algo manual… Por ejemplo: “He arreglado una cafetera. Joder, soy Dios”. Esa satisfacción es mucho mayor que la de las cosas intangibles. “He cerrado un contrato”, por ejemplo. Joder, ¿eso qué es? A mí me ha costado mucho siempre leer a Cortázar, me produce un aburrimiento atroz, pero el otro día leí una frase suya, ¿cómo era? “Cuando alguien te dice que se quiere ir, ya se ha ido”. Acojonante.

–Da la sensación de que en los primeros discos de McEnroe hay muchas resacas y en cambio en los últimos discos parece que las letras estén menos empapadas de alcohol… ¿practica Ricardo el arte de la moderación?

–No, no tengo moderación. Cuando empiezo a soplar no sé parar. Tengo 48 años y siempre estás esperando a que llegue un día en que vayas a saber hacer eso. “No, hoy no bebo más que mañana tengo que trabajar”. Tengo muy poco dominio sobre mí mismo. Creo que el alcohol está sobre todo presente en Mundo Marino, era una época de mi vida en la que bebía más que ahora, estaba muy asociado al amor también, ¿no? Cuando tenías problemas amorosos te dabas al alcohol o al hachís, porque si Mundo Marino tiene algo es sobre todo hachís. Luego no sale escrito, ¿sabes?

–¿Dejaste luego el hachís?

–Sí, me sentaba fatal. De hecho siempre me sentó mal. Pero como cada cinco porros que me fumaba había uno que era maravilloso, pues me aguantaba los otros cuatro esperando que llegase el quinto. Yo creo que no se habla lo suficiente de eso. El hachís te puede destrozar. Como coja a un tío un poco vulnerable…

–Bueno, eso sí que se dice.

–Pero a la gente no le llega. Hay una percepción social de que no conlleva ningún riesgo. “Ey, tío, venga, hazte un porrito”. Yo me he fumado porros que he pensado: joder, me muero. O peor, que me quiero morir.

–Tampoco se oye lo contrario, lo bueno que es el sexo con hachís…

–[Se ríe] Una cosa no quita la otra. Lo cortés no quita lo valiente. El mejor sexo que he tenido yo ha sido con resaca. Lo único que quita la resaca es eso. Amarse con resaca es maravilloso.

–En alguna canción también aparecen Lorazepams, creo que era en Islandia.

–Sí, Lorazepam, que en aquella época era como: “¿Tomas Orfidal, tío?”.

–Como de enfermo mental.

–Sí. Como: “¿Tío, estás bien?”. Ahora en cambio lo toma hasta… Hace mucho que no lo tomo. Yo tuve mucha ansiedad. De hecho hice terapia de grupo con un psiquiatra y me lo curó, macho, me quitó la ansiedad. Fui sin ninguna expectativa. Este tío qué va a hacer y tal. Fui como arrastrado y me curó.

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–¿Qué hizo?

–Pues nada. Era un tío muy curioso. Se llamaba Fernando Marquínez, había hecho la mili con mi padre y en una de las maniobras un burro le dio una coz y se le saltó un ojo. Mi padre, que era médico y fue el que le curó. Desde entonces le quería mucho a mi padre y era súper majo. Pues lo primero que me dijo fue: “Mañana me traes tu vida escrita en un folio” y lo hice. Creo que me faltaba sacar eso fuera. Luego me dijo: “Tienes ansiedad”. Y ya solo con que te digan eso… el principal rasgo de la ansiedad creo, o por lo menos lo que sentía yo, es que no sabía lo que tenía. “¿Qué me pasa?”, pensaba. Me encontraba mal y no sabía qué era. Y cuando alguien te lo pone en palabras y te dice: no te preocupes, que te la voy a quitar, ya has recorrido mucho… Luego fui a una terapia de grupo con gente que estaba mucho peor que yo.

–Y eso te ayudó.

–Sentí bastante vergüenza. “Estoy de puta madre”, pensaba, “estos sí que están jodidos”. Y luego me hizo un juego con el Lorazepam que fue cojonudo. Me dijo: “Esta pastilla tómatela solo cuando no puedas más, cuando pienses que vas a explotar y te va a pasar algo”. Yo pensaba que eso era una bomba, la llevaba a todos lados pero no la tomaba. Hasta que un día me la tomé y flipé con lo bien que me sentí. Entonces el psiquiatra me dijo: “Lo que te has tomado es una mierda”. Yo además me tomaba medio Lorazepam. Es lo que dan a los niños para dormir. Con todo eso se me fue quitando la ansiedad.

–¿Qué esperas del futuro?

–Por ahora tengo el proyecto de tocar en el Teatro Arriaga, en Bilbao. No sé si ya puedo hablar de esto, pero hay un ciclo en Bilbao, que además está de puta madre, en el que bandas en activo versionan un grupo o un disco o una época que les haya marcado mucho. Entonces das un concierto en el que la mitad sea tu repertorio y la otra mitad lo que quieres versionar.

–¿Y tú estás entre The Smiths y Julio Iglesias?

–Lo he hecho ya tres veces, porque lleva mucho tiempo. He hecho a Bill Oldham, que lo canté en castellano; he hecho folk-rock americano, Damien Jurado y otros; y he hecho El último de la fila, que me flipa también. Y entonces el próximo proyecto, con el que se pretende dar un salto, consiste en alquilar el Arriaga y que yo toque a Julio Iglesias. Yo soy mucho más de Julio Iglesias que de Sonic Youth. Lo que yo oía en mi casa era Julio Iglesias. Y Dyango. Y Bruce Springsteen.Eso es lo que oía yo. Julio Iglesias tiene unos discazos… Un tío muy caricaturizado en España, pero un crack. Yo le vi en la plaza de toros de Marbella y fue muy divertido porque en mitad del concierto se fue la luz y toda la gente empezó a gritar “¡Julio, Julio!” para que cantase a capela. Y va y se pone a cantar a capela pero no se le oía ni en la primera fila. No tiene voz. Y no cantó más. A José Luis Perales también lo he escuchado mucho. Es muy hortera, más que Julio Iglesias, pero me gusta mucho también. El otro día estuvimos tocando en el Colegio Mayor Chaminade, que me pareció brutal cómo lo gestionan. Pensé que si llega a haber un sitio así en mi época yo también hubiera estudiado. Tocamos con María Rodés,que iba con un guitarrista. Estábamos en el camerino cuando dije que me gustaba Perales y entonces el guitarrista me dice que él es quien toca la guitarra con Perales. Era un tío joven pero llevaba girando con Perales ocho años. Le pedí que le dijera de mi parte que es el puto amo y me contestó: “Es que es el puto amo”. Perales vive en una cabaña en Cuenca estando podrido de dinero.

–¿Tanto dinero tiene Perales?

–Ha escrito canciones para todos los mejores. Miles de canciones que has escuchado son de Perales. Y el tío tiene su casa pero vive en una cabaña, como Bon Iver, pero a la gente le mola Bon Iver y no Perales. Tienes que ir allí y entrevistar a Perales.

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