Era verano de 1999. Finales de agosto y en Cáceres, como todos los finales de agosto, el termómetro apretaba. 37, 38, 39 grados en el mercurio. Un calor que, en Monroy, el pueblo de mis padres, cerraba las persianas de las casas y vaciaba las calles desde las cuatro de la tarde hasta las nueve o nueve y media, cuando el sol empezaba a esconderse en la dehesa llena de encinas. Unos cientos de kilómetros más al sur, en Sevilla el termómetro también apretaba. Hacía calor, más aún que en Cáceres. 40, 41, 42 grados en el mercurio. En las gradas del Estadio Olímpico de una ciudad que no fue olímpica se disputaba el Mundial de atletismo. Y ahí estaba él. Un chaval joven, de 22 años. Con una increíble condición física y una melena negra que le daba un aire a Quimi, el personaje que interpretaba Antonio Hortelano en Compañeros, la serie con la que alucinábamos los chavales del momento. Se llamaba Yago Lamela, era asturiano y, por lo que había leído en los primeros periódicos que empezaba a leer a mis 11 años, era el mejor saltador de longitud español de todos los tiempos. Había saltado 8,56 metros unos meses atrás y se había convertido en el recordman europeo de una prueba reservada para los más rápidos y los más potentes. Yago nos regaló a la familia un dulce despertar de esa sagrada siesta que ocupa en Extremadura las tardes de verano. Trató de tú a Iván Pedroso y se colgó la medalla de plata en Sevilla. Plata mundial. 22 años. 8,56 metros (la misma distancia con la que ganó el oro Pedroso en España) como mejor marca personal. El futuro era suyo. Pedroso y él iban a ser los Lewis y Powell de la nueva década.

Casi 15 años después de aquella tarde, los medios anunciaron ayer que Lamela había fallecido. “Encontrado muerto en casa de sus padres”. Mi cabeza rebobinó y repasó las idas y venidas del saltador en estos tres lustros. Le recordé hinchado y alicaído pocos años atrás (en 2011), cuando salió en informativos y algún programa de televisión relatando su bajada a los infiernos. Había estado cuatro días ingresado en un hospital psiquiátrico por una depresión. Recordé las lesiones que le apartaron del atletismo. El tendón de Aquiles que se rompió en 2004 y le dejó sin Juegos Olímpicos, los de Atenas, los que tenían que ser suyos. Me acordé de que en Sídney’00, solo doce meses después de aquella tarde sevillana de calor y gloria, se quedó fuera de la final. Muchos domingueros del atletismo pensaron: “Otro bluf“. ¡Cuánto daño hacen esos presuntos aficionados al atletismo, cuánto daño los que se asoman una vez al año al atletismo y no valoran un cuarto, un quinto o un sexto puesto de un atleta! Juzgan sin saber ni las marcas del español de turno ni las del africano o europeo  que le quita la medalla, lo único que les importa. Se convierten en jueces de sofá y tachan de fracasados a veinteañeros que lo sacrifican todo para jugársela a una carta en un estadio repleto de público. Manías de nuevo rico.

Con Yago Lamela aquel 28 de agosto de 1999 despegaba un país entero. Un país de nuevos ricos que creía sacudirse los complejos. Un español ganaba una medalla de plata mundial en salto de longitud. Destacábamos en una especialidad totalmente distinta del fondo. El salto de longitud requería de instalaciones, de entrenadores formados y de talentos innatos como el de Lamela, talentos que se tenían que trabajar y trabajar para ganar en técnica y no caer en saco roto. España era moderna. No dependía de unos pobres tipos –los fondistas– que corrían y corrían y sufrían y sufrían resistiendo a todas las tormentas posibles para ganar, de tanto en tanto, una medalla. La muerte de Yago Lamela, un 8 de mayo de 2014, es la muestra de que el sueño de nuevo rico acabó en pesadilla de pobre eterno. A sus casi 37 años, el saltador asturiano no había sido capaz de reengancharse a la sociedad cuando las lesiones le derrotaron. Nunca traté con él, decían que era tímido. Pero tenía sus aficiones, sus pasiones, y, al parecer luchó por ellas. Quiso acabar sus estudios de Informática en EE UU y no pudo. Quiso ser piloto de helicópteros y tampoco fue capaz. Había invertido su adolescencia y su juventud en ser un gran saltador y las lesiones le habían acabado derrotando. Muchos pensarán que su carrera no fue para tanto, pero como profesional ganó, además de la plata sevillana, dos bronces más: uno mundial y otro europeo. Si eso no se valora, es que seguimos en un país que sigue sin admitir que se comportó como un nuevo rico en aquellos años en los que Lamela volaba por los fosos de medio mundo. Ni la triste realidad diaria nos ha despertado.

Sevilla no fue olímpica. Madrid tampoco lo ha sido. El estadio de La Cartuja en el que Lamela voló hasta los 8,40 metros se marchita vacío, triste y solitario. Al estadio madrileño de La Peineta, a medio construir, le espera el mismo futuro si el Atlético no acaba trasladando su terreno de juego allí. El atletismo español ha visto cómo en estos 15 años se acababan becas al mismo ritmo que se destapaban escándalos de dopaje. Nos creímos modernos y hemos retrocedido hasta los años 70, donde, de tanto en tanto, salía de la manga algún talento natural en el deporte español. De la nada. En el país que construye pabellones, macroestadios y velódromos sin pensar en el uso que se les dará hay deportistas que lo hipotecan todo y se mueren de hambre. De ese país que desahucia una ciudad para sacar pecho y decir que ha montado un circuito de Fórmula 1 en las calles de Valencia. De ese país que le da carta blanca al fútbol para que defraude a Hacienda miles de millones de euros año sí, año también. Eso sí, los que siguen mandando –a nivel federativo y político– son casi los mismos que mandaban aquella tarde de agosto de 1999, cuando después de la siesta vimos en casa de mis abuelos el vuelo de Yago Lamela, ese saltador de Avilés que no pudo brincar por encima de sus demonios. Su sufrimiento es el mismo que el de muchos deportistas que lo dan todo a cambio de nada. Descansa en paz, guaje.

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