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No existe mejor destino en esta vida que nacer brasileño y hacerse futbolista. O eso al menos debió pensar de pequeño Douglas Pereira dos Santos después de que su madre lo alumbrase un 6 de agosto de 1990 en Monte Alegre de Goiás. Cuando 24 años y 21 días más tarde fichaba por el Barça, todos los hinchas culés nos hicimos la misma pregunta: ¿de qué planeta viniste?

Es posible que, ahora que ha fichado por el Sporting de Gijón, algunos sigan haciéndose la misma pregunta, pero Douglas ya cuenta con un palmarés que lo avala: ha ganado el doble de ligas españolas que Cristiano, las mismas Champions que Zidane, los mismos mundiales que Messi y los mismos balones de oro que Xavi. Es más, en sus dos temporadas como azulgrana, con él sobre el césped, el equipo no ha perdido ni uno solo de los ocho encuentros que disputó.

Debutó en La Rosaleda en la quinta jornada de liga con una actuación sólida. Las crónicas del día después no recogieron las pertinentes alabanzas por sus desbordantes internadas por la banda derecha o por su infalible gambeteo. Tal vez porque no sucedió o porque solo sucedió en la cabeza de Douglas. El entrenador lo mantuvo en el ostracismo de la grada o del banquillo durante tres meses, pero el brasileño, con una fe inquebrantable, esperó su oportunidad, que llegaría en sendas eliminatorias coperas. Contra el Huesca deleitó con un regate inverosímil en las proximidades del córner; contra el Elche dio una asistencia de gol a otro ilustre brasileño, Adriano Correia, en el tiempo de descuento del partido de vuelta para finiquitar la eliminatoria (9-0 en el global) y mantener vivo el sueño del triplete.

En su segunda temporada en el club, las lesiones lastraron la trayectoria de Douglas. Ya en Brasil existía en su cuerpo una querencia por el reposo prolongado. Cuando fichó por el Sao Paulo, procedente del Goiás, pasaron tres meses hasta su debut por una lesión en el pubis. También al llegar a Gijón se lesionó en el primer entrenamiento y en el primer partido de pretemporada que disputó. Es posible que anímicamente aún estuviera tocado por su salida del Barça. Cuentan los periódicos deportivos catalanes que cuando el club le comunicó que lo cedían al Sporting, Douglas prefirió no firmar los papeles que lo mandarían rumbo a Gijón y prefirió quedarse en las oficinas del club durante horas, como un Bartleby del balón, hasta que consiguieron desalojarlo.

La salida de Douglas del club es también una pequeña tragedia para los culés miserables que solo acudimos al campo cuando nos regalan una entrada para la primera eliminatoria copera o para los culés que tienen la dicha de que la final de la Copa Catalunya se dispute en su pueblo. ¿Con quién nos vamos a deleitar ahora? ¿Con Aleix Vidal? No es lo mismo, y lo saben.

El último y reciente contratiempo de Douglas ha sido una lesión en el glúteo tras regresar en autocar de un desplazamiento a Vigo. Una mala postura al echar una cabezada en su asiento ha sido la culpable. Al pobre Douglas le esperan tiempos duros en Gijón. ¿O es que alguien puede no temer por su integridad física al zambullirse en el Cantábrico, al subir a los Picos de Europa en teleférico, al chamullar con noctámbulas asturianas o al zamparse un cachopo de medio metro? ¿Quién no podría dislocarse un codo escanciando un culín de sidra?

Existen numerosos jugadores con los que podríamos comparar a Douglas. Así, a bote pronto, se me ocurren Carlos Alberto, Garrincha o Cafú. Pero tal vez el más semejante de sus semejantes, el precursor de todas las hazañas balompédicas que Douglas pueda protagonizar, el espejo en que reflejarse sea Carlos Henrique Raposo. Conocido simplemente como Carlos Kaiser, por su porte elegante al trotar por el césped y su melenita al viento como un Franz Beckenbauer del trópico, tenía fama de artillero. Pero a lo largo de su carrera marcó un gol o ninguno, según qué fuentes se consulten. Raposo tenía un don para el noble arte de la nocturnidad y el refocilo, pero sus cualidades balompédicas eran inexistentes. A pesar de ello, ¿por qué no podía llegar a ser jugador profesional? “Yo quería ser jugador, pero no quería jugar”, resumió años más tarde su carrera en una entrevista en la televisión brasileña

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A finales de los setenta y principios de los ochenta, en la noche interminable de Río de Janeiro, Raposo trabó amistad con varios futbolistas de primer nivel o futuras estrellas como Ricardo Rocha, Romário, Edmundo o Renato Gaúcho. Gracias a sus contactos y a su estampa, con 20 años consiguió firmar por el primer equipo del Botafogo. Ahí llevó a la práctica una serie de técnicas para que los entrenadores, los directivos y los aficionados de los equipos donde iba a jugar no descubrieran su ausencia de talento. Al llegar a los primeros entrenos alegaba que estaba fuera de forma y así ganaba un par de semanas para ponerse a tono. Después, cuando tenía que incorporarse a la disciplina del equipo con el balón en juego, solía lesionarse haciendo un estiramiento desmedido en busca de un balón que iba demasiado largo. O a veces, alguno de sus compinches dentro del equipo topaba con él de manera fortuita y el Kaiser se retorcía de dolor para ir directamente a la enfermería. Como en esa época no se practicaban resonancias magnéticas en Brasil, la evolución de las lesiones musculares dependía de las sensaciones del propio jugador. Y, cuando ya no podía estirar más el dolor físico, acudía a un amigo dentista que le emitía un certificado por una infección en una muela. Como los contratos que solía firmar eran de corta duración (unos tres meses) y siempre había algún jugador en algún equipo que lo avalaba, podía seguir con su particular peregrinaje por distintos clubs: Flamengo, Puebla, El Paso Patriots, Fluminense o Vasco da Gama fueron algunos de los equipos que tuvieron el honor de contar en sus filas con Carlos Kaiser.

Durante sus años de profesionalismo futbolístico cultivó amistades con la prensa, repartiendo camisetas de los clubs en los que militaba y siendo siempre afable en el trato con los periodistas. De ese modo ganó también la publicidad que le hacían los medios de comunicación. Cuando fichó por el Bangu, un periódico de la época tituló: “Bangu ya tiene su rey: Carlos Kaiser”. En este equipo brasileño tuvo una de las situaciones más tensas de su carrera. Aún no había debutado, pero en un partido, estando en el banquillo de suplentes, el presidente Castor de Andrade le ordenó hacer un calentamiento para entrar al campo. Su equipo perdía por 2-0 y su fama de goleador le convertía en el revulsivo ideal para aquella situación. Temeroso de ser desenmascarado, Raposo salió a la banda y a los pocos segundos se encaramó a la valla que le separaba de los aficionados rivales para iniciar una pelea. El árbitro no tuvo otro remedio que expulsarlo. Cuando Castor de Andrade, furioso, bajó al vestuario Carlos Kaiser le empezó a contar una historia: “Antes de que usted me diga nada, deje que le explique que Dios me dio un padre biológico y se lo llevó. Y el Señor me dio otro. Jamás voy a permitir que digan que mi padre es un ladrón, que era lo que los aficionados estaban diciendo.” Años después, ya retirado, Raposo confesó que el discurso caló en el ánimo de su presidente que lo agarró por la nuca, lo besó y le renovó el contrato por seis meses.

Hacia el final de su carrera gozó de la gran oportunidad de venir a jugar a Europa, al modesto Ajaccio Carlos Henrique Kaiser, Brazilian soccer Forest Gump. Photo by Luciana Whitaker 2011de la segunda división francesa. El día de su presentación saltó al campo donde le aguardaban miles de aficionados expectantes. Carlos Kaiser pensó que apenas tendría que saludar a los aficionados, besar el escudo y hacerse unas fotos con su nuevo uniforme. Pero su sorpresa llegó cuando vio un montón de bolas diseminadas por el campo y se dio cuenta que debía mostrar sus habilidades con ellas. Una vez más, este maestro del escapismo encontró una salida, pateando cada una de las pelotas hacia la grada donde eran recogidas por los entusiastas seguidores. No quedó una sola bola sobre el césped y así pudo prolongar durante unos meses su estancia en Francia.

El fingimiento de Raposo, en ocasiones, iba más allá del terreno de juego. Durante su estancia en el Botafogo, en las pausas de los entrenamientos, cogía un primitivo teléfono móvil y se ponía a hablar en inglés con agentes extranjeros que se interesaban por su fichaje. Por su puesto, ni hablaba inglés, ni el teléfono era de verdad, ni había nadie al otro lado de la inexistente línea telefónica.

En otra ocasión, a su amigo y compañero Renato Gaúcho lo invitaron a la zona VIP de un club nocturno, pero cuando llegó al local y dijo su nombre el portero le impidió la entrada explicándole que Renato Gaúcho ya estaba dentro del local. Raposo había tomado prestada la identidad de su colega.

En entrevistas recientes, Carlos Kaiser afirma haber formado parte de la plantilla de Independiente de Avellaneda que se proclamó campeona de la Copa Libertadores y la Copa Intercontinental en 1984. Y lo documenta con una fotografía oficial del equipo en la que aparece su nombre. Pero los dirigentes de Independiente lo niegan. Dicen que en aquel equipo jugó un Carlos Enrique, sin H, lateral izquierdo argentino. En eso, Douglas Pereira le lleva ventaja al Kaiser. Puede demostrar que él estaba en la plantilla del Barcelona campeón del Mundial de Clubs.

Hay gente que sospecha de Douglas, quien lo considera un epígono de Raposo, quien piensa que tal vez todo se trate de una broma infinita o la actuación de alguien que está protagonizando un clandestino mockumentary que verá la luz de aquí a unos años. Nadie sabe qué nos deparará el futuro. Desde su salida del Camp Nou, el Barça ha tenido su segundo peor arranque liguero en lo que va de siglo y, en cambio, el Sporting ha arrancado con brillantez (pese a la previsible derrota en el Calderón en el estreno oficial de Douglas). Los dirigentes del Barça deberían saber que no se puede desafiar a los dioses: el orden cósmico requiere un Douglas para compensar la bendición de tener a Messi en tu equipo. Nunca debió haber salido de las oficinas del Camp Nou. Tal vez aquel día Douglas no dijo preferiría no hacerlo. Tal vez dijo, guiñando un ojo, I’m still here.

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