Las tintineantes luces del pasillo daban a la fábrica un aurea diabólico, lo convertían en el perfecto escenario de una película de miedo. Únicamente la redecilla que envolvía mi pelo, aquel mono blanco nuclear dos tallas más grandes y el intenso olor a morcilla y chorizo le quitaban todo el terror a la situación.

Eran las 11 de la noche y yo andaba un poco perdida por allí. No había nadie en aquel lugar al que poder preguntar donde estaba la misteriosa “sala blanca”, ese lugar en el que días atrás, en un lacónico mensaje de texto, se me había convocado. Después de 15 minutos caminando entre ristras de embutido que caían del techo, logré dar con una minúscula puerta, también de color blanco, que anunciaba el lugar.

La abrí con delicadeza, asustada por lo que pudiera encontrar en su interior. Y ahí estaba: una sala totalmente deshabitada con una hilera de percheros y un montón de monos de color azul y botas verdes de agua. Nada más entrar, una mujer envuelta en ese extraño atuendo se acercó. “¿Eres la nueva, no?”, espetó. Yo asentí con la cabeza, poco convencida de lo que hacia allí. “Coge un mono, unas botas y ponte esta mascarilla. Te espero dentro”. Y desapareció por otra puerta.

Me enfundé en esa ropa como aquel que dice que se va a la guerra. Yo solita me había metido en ese lío. “A ver si aprendes a comportarte como una persona normal”, me repetía mentalmente mientras cruzaba al otro lado. Y de pronto, entendí porque era “la sala blanca”. Las paredes eran níveas y parecían desprender una absoluta sensación de limpieza. En medio, varias máquinas de metal presidían la sala y un buen número de operarios trabajaban a destajo y sin pausa. “Si hubiera estado Marx aquí podría haber desarrollado perfectamente su teoría de la alienación”, me dije.

Me pusieron junto a una de esas máquinas. “Tienes que envasar las piezas de lomo que te vayan llegando del magro, luego pesas la merma y me traes el número de kilos. Suerte”. Creo que no hay nada más dramático que desearle a alguien suerte en la vida o, peor aún, suerte con un embutido. Lo más irónico es que no había comprendido muy bien las palabras de esa extraña mujer. ¿Merma? ¿Magro?

La máquina se puso en funcionamiento y las lonchas de lomo comenzaron a caer a través de una plataforma giratoria. La velocidad era vertiginosa y el lomo volaba por todas partes. Mis manos intentaban atrapar con suerte aquellas tímidas lonchas que estaban a mi alcance y con menos suerte meterlas en el envase. Me sentía como en el juego del Tetris cuando la piezas comienzan a descender frenéticamente y sabes que el game over está a la vuelta de la esquina.

Un hombre entrado en carnes –y no es el recurso fácil– se puso a ayudarme. “Eres nueva”, objetó ante mi incompetencia para lonchear. “Sí”, respondí sofocada evitando que un paquete de lomo se cayera al suelo. “Y, ¿a qué te dedicas?” preguntó. “Soy periodista”.

Y de repente silencio. El silencio incómodo.

“¿Y qué hace una chica como tú en un sitio como este?”.

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