Albert Camús portero

Sabemos que cuando Éder carga la pierna derecha antes de disparar a la portería de Lloris, en un lugar muy pero que muy lejano, incluso inexistente, el camarero de la taberna está secando unas copas después de servir la cuarta cerveza de la noche a Günter Grass. Fuera, en la calle, las luces rojas de neón del Café Eternitas iluminan la terraza en la que, sentado en una silla, un portugués a quién no le gusta el fútbol lleva casi dos horas de espaldas al televisor mientras completa crucigramas, tranquilo y con vistas al mar. Se llama José Saramago y le importa un comino que la selección de su país esté jugando el partido más importante de su historia, por eso cuando oye los gritos del gentío dentro del bar no se inmuta lo más mínimo y se limita a levantar la vista del periódico, dar un sorbo a su copa de vino blanco y escribir la respuesta a la siete vertical, que casualmente es “negocio”. El camarero, que dice haber sido también portugués en otra vida, sale corriendo saltando de alegría y decide invitar una ronda a todos los parroquianos; es clavado a Fernando Santos, el seleccionador de su país, ese hombre con cara de cocinero de área de servicio y con pinta de pasarse las vacaciones de verano en un camping, seguramente de Tarifa, descansando todo el día en una tumbona y vistiendo camiseta blanca de tirantes. Pero Fernando Santos está dentro de la tele, celebrando el gol de Éver, y donde nosotros estábamos es en el Café Eternitas, justo enfrente de ese televisor en el que ahora se ven a los jugadores de Portugal abrazándose y celebrando el gol.

Cuando ese camarero con cierto parecido al entrenador luso empieza a invitar a todos los allí presentes, se para delante la mesa de Albert Camus y de repente el silencio se apodera de la cantina. Está hundido, no para de repetir “merde, merde!” mientras observa una vez tras otra la pantalla y se lamenta por el centímetro que le hubiera bastado a Lloris para atajar ese chut del delantero portugués. Aun así, el camarero le deja el vaso de chupito encima de la mesa y Camus le mira con cara de pocos amigos, como preguntándole si le está vacilando o alguna cosa por el estilo. “Ahora sabes lo que es besar el polvo, ¡eh!”, le grita Günter Grass, que el otro día casi le parte la cara cuando Camus le choteó durante horas después de la eliminación de Alemania ante Francia en la tanda de penaltis. Junto a ellos, Pier Paolo Pasolini se lo mira todo con fascinación mientras a su lado Manuel Vázquez-Montalbán tiene un ojo pegado al televisor y otro al plato de pulpo a la gallega que se está comiendo con la misma devoción con la que se enamoró de las piernas de Sofía Loren. Sabemos que hace días que se citan allí casi cada noche, que hace tres semanas el bar estaba lleno hasta la bandera, que incluso Conan Doyle se había acercado para tomar algún whisky a pesar de que su selección escocesa no se hubiera clasificado para el torneo, pero también sabemos que últimamente ya solo se dejan caer por allí los irreductibles, los veteranos a quienes el fútbol les seduce más que el abismo de una página en blanco. Así pues, que Saramago haya decidido pasarse por allí esta noche es, sin lugar a dudas, una sorpresa enigmática, más enigmática aún que la presencia de un tal Halldor Laxness, un islandés con la pegatina del Nobel en el maletero del coche que cuando entró el primer día y dijo que venía a ver cómo jugaba al fútbol su país, Islandia, tuvo que soportar que todo el bar se reía antes sus narices. Dos semanas después, en cambio, se marchó recibiendo las felicitaciones, incluso de Camus, que estaba exhausto después de celebrar los cinco goles de los suyos ante esa formación nórdica llena de jugadores con nombres impronunciables.

Lo que no sabíamos es que, en realidad, se juntan allí porque la cosa que más echan en falta de la vida no es la literatura, sino el fútbol. Sabemos que Camus, de joven, llegó a jugar de portero en el equipo de su ciudad, en Argelia; unos dicen que dejó de ser centrocampista para meterse bajo palos después de que una tuberculosis le obligase a dejar de correr, pero otros aseguran, en cambio, que se enfundó los guantes porque era tan pobre que no podía pagarse un par de zapatillas cada año y pensó que, jugando de portero, el calzado se gastaría menos que en el medio del campo y le duraría más de una temporada. Camus suele repetir, también ahora alguna noche en el Eternitas, que todo lo que aprendió en la vida acerca de la moral y las obligaciones se lo debió al fútbol y a nada más. Cuando lo dice, Pasolini siempre asiente con la cabeza y dice “la cosa più bella del mondo” mientras una sonrisa se le dibuja en el rostro. Hoy va vestido con un polo azul normal, pero el italiano se planta cada domingo en el bar vistiendo la zamarra del Bologna, por eso se vuelve loco cuando el camarero le dice que a la misma hora hay partido del Sankt Pauli y Günter Grass, que ha llegado antes que él, le ha pedido que ponga la Bundesliga en vez de la Serie A. A Pasolini, sin duda, lo que más le gusta es explicar aquella historieta, fechada en el año 1975, de cuando retó a Bernardo Bertolucci y todo su equipo a jugar un partido en una pausa de los rodajes de Novecento y Saló o los 120 días de Sodoma. Siempre dice lo mismo: “El bastardo de Bertolucci dice que ganaron 5-2 y que me piqué, pero en realidad ganamos nosotros 3-1, lo que pasa es que le dije al periodista que fue a cubrirlo que Bertolucci cumplía años aquel día y me dio tanta pena que le dije que amañara el resultado, que ese era mi regalo”.

Todos los que están hoy allí, pues, son los parroquianos ilustres de cada semana, los que como Vázquez-Montalbán -que ya ha terminado el plato de pulpo-, se reúnen cada dos por tres para gozar de ese espectáculo que, más que un deporte, para ellos es una forma de entender el mundo y la humanidad; quizás por eso el propio Montalbán consideraba que el Barça, más que un equipo de fútbol, era el ejército desarmado de Catalunya. “Bobadas”, reniega desde la terraza Saramago. Lo sabemos porque lo dice chillando y lo oímos todos desde la barra. “No decís más que bobadas”, repite el luso. Para él, el fútbol no es más que un opio sin sentido, un espectáculo convertido en negocio que, igual que la política, es más falso que el Puente de Rialto que construyeron en aquel casino de Las Vegas que quiere ser Venecia en medio del desierto. El autor del Ensayo sobre la ceguera, centrado en sus crucigramas, lleva diez minutos impasible mientras dentro del bar todos están atónitos delante el televisor.

Eusebio Portugal

Sabemos, pues, que de repente se oye un silbato final, que se oye a Camus diciendo “merde!”, que sigue al grito un puñetazo sobre la mesa, que Günter Grass suelta la ocurrencia de que si esta Eurocopa se pudiera novelar se llamaría La negación de lo previsible y que, a través del televisor, un comentarista explica que los jugadores de Portugal pasarán a la historia, otorgando a los Cristiano Ronaldo, Nani, Rui Patricio, Éder y compañía la condición de eternos. Sabemos que nuestros hombres sonríen al oír la frase y cuando se marchan de la taberna, en la playa, delante del mar, ven a ese hombre negro que siempre viste una camiseta roja. Sabemos que le saludan con la mano y que él, sonriente, les devuelve el saludo mientras sigue escribiendo “obrigado” con un palo encima de la arena. Se llama Eusébio, llevaba toda la eternidad esperando este día y lo sabemos porque sabemos que ganar una Eurocopa en la prórroga, sin la estrella del equipo en el campo por lesión y ante el anfitrión es, aunque no todo el mundo lo entienda, altamente poético.

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