“Pues cambiaron sus alianzas”. Así de fácil. Así me lo dijo una amiga que trabajaba en el proceso de paz de Colombia, hace diez años, cuando nos preguntábamos por qué todo apuntaba a que el grupo armado X había atacado al grupo armado Y si, en teoría, habían actuado en conjunto por varios años y todos decían que eran supercamaradas. “Las alianzas no son permanentes, no tienen por qué serlo”.

Durante los siguientes días la teoría de mi amiga fue sumando evidencias hasta que se reveló cierta. Y yo me la pasé buscando otros casos similares en diversos conflictos, preguntándome por qué me costaba tanto trabajo, de entrada, creer que un grupo cambiara de bando. Por qué, por ejemplo, un grupo paramilitar X decidía aliarse con su archienemiga, la guerrilla Y, para atacar a su otrora aliado, el grupo paramilitar Z… o al ejército nacional que, supuestamente, lo conformó y entrenó.

Lo que encontré parece muy simple: los discursos y los juegos. Pero son esas versiones simples las que van moldeando las explicaciones más complejas que tenemos de nuestro mundo. Así, si uno crece jugando ajedrez y damas inglesas y aprendiendo discursos históricos dicotómicos (el Eje contra los Aliados, Mao vs. Chiang Kai-shek, los revolucionarios contra Díaz o los franquistas versus la República), entonces el mundo se torna blanco y negro, buenos y malos, donde el bando que uno elige tiene que ver menos con la lógica que con la tradición del entorno. Incluso en los juegos multijugador las alianzas tienden a ser más o menos fijas.

Pero en el mundo real no. Y ahí es donde esta explicación falla y aparece otra: la teoría de la conspiración. Ésta tiene la ventaja de volver al mundo inteligible otra vez, sin embargo nos convierte en víctimas pasivas del mismo. ¿Por qué?

La teoría de la conspiración -ya sea que trate de extraterrestres, política, campañas de vacunación, guerras o de la educación de los niños- consiste en que hay un grupo de élite que tiene el poder para decidir y actuar sobre el resto de la población. Hasta aquí todo suena más o menos coherente y podemos echar mano de un montón de ejemplos obvios: si Bill Gates, Carlos Slim o la OTAN toman una decisión, ésta sin duda afectará a millones de personas. Pero el problema radica en que las teorías de la conspiración rara vez se quedan en este nivel tan básico, sino que buscan explicar porqué y cómo deciden y actúan dichos grupos de élite. Más aún, tratan de explicarnos su “naturaleza”.

Así, en primer lugar, los grupos de élite siempre buscan el beneficio propio. Es decir, son un grupo compacto hipersolidario donde difícilmente hay rencillas o rompimientos internos, todos son las fichas blancas que nunca se traicionan porque eso “no está en las reglas” del ajedrez. En segundo lugar, este beneficio del grupo por lo general se traduce en el perjuicio del resto de nosotros. O sea, son malos, y con esto redondeamos la explicación dicotómica inicial. Pero el asunto va más allá.

Ya que tenemos que son un grupo solidario y malévolo que está en nuestra contra, resulta que también son extremadamente inteligentes. No son como usted o como yo que más o menos nos explicamos lo que pasa en nuestro entorno. No, ellos saben a ciencia cierta qué pasa en el mundo. Oh sí, ellos “conocen el mundo”: si hay una revuelta en Sudán, se extingue una especie de arácnido o suben las acciones de las empresas de jugo de granada, ellos lo saben inmediatamente. Es más, ellos ya sabían lo que iba a suceder. Es decir, no sólo tienen el don de la omnisciencia sino también el de la profecía. Pero, ojo, no por inspiración divina sino porque ellos fueron los que orquestaron que todo eso sucediera: ellos vieron el mundo, lo analizaron, razonaron qué era lo mejor para ellos, decidieron y entonces actuaron para que sucediera. Y listo: sucedió.

¿Pero cómo actuaron? Pues fácil, ya que ellos tienen el poder, basta con tomar las decisiones adecuadas (que siempre las toman) y echar a rodar los mecanismos del mundo: las escuelas, los ejércitos, los medios masivos de comunicación, los laboratorios de investigación de punta, la distribución de bienes, las leyes y todo lo que usted guste. Ellos pueden hacerlo y lo hacen muy bien. Lo hacen tan bien que incluso ellos tienen una de las virtudes cardinales de griegos y cristianos, la paciencia, así que pueden esperar décadas para que se logre su objetivo (p.e.- infiltrar todos los gobiernos del mundo o preparar a un ejército de clones de Hitler). Peor tantito, en las versiones más elaboradas, nosotros somos cómplices de sus designios sin saberlo.

Ryszard Kapuscinski decía que en Latinoamérica nos encantaban las teorías de la conspiración, sólo que se quedó corto en su delimitación geográfica. Y sí, son bellas, entretenidísimas y fascinantes, pues hay buenos y malos, hay un orden en el mundo y se puede ejercer un control total sobre éste. Por eso nos gusta creer en ellas. Lamentablemente, sólo existen en la ficción (como en las historias de superhéroes, donde funcionan muy bien) mientras que el mundo real, como mencionaba al respecto de las explicaciones dicotómicas, es bastante más complejo e impredecible.

Así, si bien nos podemos divertir mucho elucubrando teorías de la conspiración, también valdría la pena pensar -por lo menos- a quién estamos dotando de superpoderes (y ya luego, si hay chance, vemos cómo está aquello del orden en el universo).

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