El día que Pedro de Echave y Luis Ortas se sentaron en un despacho de IB3 para vender el documental que estaban realizando de norte a sur de las Balears, su interlocutor –un directivo del recién estrenado ente público del archipiélago; estamos en 2005– les despachó con una frase aparentemente inocente, pero llena de trasfondo. “Eso no interesa. Es demasiado dramático y reabriría muchas heridas”. Como el martillo pilón de un juez supremo, la radiotelevisión balear cortó de raíz cualquier opción de que Memòria i oblit d’una guerra [Memoria y olvido de una guerra] ocupara una franja en su parrilla. En pleno segundo mandato de Jaume Matas en el Consolat del Mar, “se quería evitar totalmente una producción de este tipo”, como destaca casi una década después Ortas, que rescataba un buen número de relatos que se desarrollaban entre la II República, la Guerra Civil y los duros y grises años 40 en Balears. “Ni siquiera sirvió que la serie fuera de lo más plural. En los 18 capítulos se escucha a gente de izquierdas y derechas. ¡Si hasta salía Joan Huguet, que ahora está en el Senado con el PP y hablaba de uno de sus tíos!”, continúa Ortas, el hijo de un matrimonio madrileño que emigró a la pujante Mallorca de los 70 y que, a sus 40 años, da rienda suelta a su pasión por el cine dirigiendo la productora Cinètica e impartiendo clases de Narrativa Audiovisual en la Universitat de les Illes Balears.

Mientras en IB3 se vetaba a Memòria i oblit d’una guerra y se invertía, en cambio, en firmar multimillonarios contratos a la productora de José Luis Moreno, Orta y Echave siguieron erre que erre, visitando hasta el pueblecito más perdido de la Serra de Tramuntana en busca de más peripecias que narrar. Dos años después de aquel no, consiguieron que su serie se emitiera en TV Mallorca: al cambiar de manos el gobierno insular de la isla, los políticos de Unió Mallorquina que dirigían el canal compraron el proyecto. Un guiño al interés general en una cadena pública que tuvo que cerrar a finales de 2011 debido a la pésima gestión de sus rectores. Gracias a la serie documental, los espectadores de la cadena insular vieron a falangistas arrepentirse de sus crímenes después de que el alzamiento triunfase en Mallorca. Parpadearon varias veces al enterarse de que “a un cura de Sa Pobla le fusilaron porque tenía una radio con la que se comunicaba con unos rojos que estaban escondidos y murió gritando ‘¡Viva Cristo Rey!’”. Escucharon a abuelos rejuvenecer al recordar las juventudes socialistas o los ateneos libertarios a los que se afiliaron durante aquel lustro de sueño republicano. “Notamos que muchos estaban más que dispuestos a hablar de la República. No querían que ese recuerdo se perdiera”, amplía Luis Ortas.

“Al grabar ‘Memòria i oblit’ notamos que los entrevistados no querían que esa época se olvidara”, afirma Ortas

Joan March, principal avalista del golpe de Estado de Franco y Mola.

Joan March, principal avalista del golpe de Estado de Franco y Mola.

El realizador profundiza en su reflexión y añade un matiz: al menos, en Balears, no todos los republicanos eran de izquierdas. Un veterano vecino de Calvià, marcadamente conservador, les confesó haber formado parte de una logia masónica. “De una ideología o de otra… Daba igual. Éramos personas luchando por ser ciudadanos, ciudadanos libres”, confesó al equipo de grabación de una serie que también cuenta con el testimonio de uno de los historiadores que mejor han pintado ese paisaje de la historia española, Paul Preston. “Fíjate –continúa Orta–, hasta Joan March, el banquero que financió el golpe de estado del 36 fue republicano a su manera. Para él, el nuevo sistema era una manera de acabar con los privilegios de la nobleza que había controlado desde Palma la política de las islas. Lo que le ocurrió es que se dio cuenta en que la República no era tan fácil de manejar como pensaba. Le llegaron a encarcelar por contrabando. Por eso puso tanto empeño en acabar con ella”. Y mientras añade, como curiosidades ejemplares que March y Alejandro Lerroux llenaran la plaza de toros palmesana en un mitin previo a las elecciones de 1933 o que en el puerto de la ciudad la familia del todopoderoso empresario posea un yate bautizado ‘Plus Ultra’ [el nombre del hidroavión que cruzó el Atlántico en 1926 pilotado por Ramón Franco, hermano del Caudillo] , Orta no deja pasar la ocasión para preguntarse con malicia: “¿Por qué nadie ha hecho aún una película sobre Joan March? Si lo tiene todo para ser el protagonista perfecto…”.

Para Orta, March reúne todos los ingredientes para ser un filón cinematográfico. Hijo de una familia con aspiraciones del interior de Mallorca que se dedicaba a la ganadería, “su primera transacción fue robarle un billete de 1.000 pesetas a su padre”. Su éxito como contrabandista a principios de siglo confirmaron que estaba hecho para hacer que más dinero brotara del dinero que ya comenzaba a amasar entre sus huesudas manos. Navieras, tranvías y la banca a la que da nombre su apellido fueron ampliando el imperio de March, aquel chico que empezó criando cerdos en su Santa Margalida natal. Francesc Cambó, el hombre fuerte de la derecha catalana, un regionalista que acabó abrazando al Franquismo, le otorgó el dudoso título de “último pirata del Mediterráneo”. ¿Quizás por estafar a Abd El-Krim durante las guerras del Rif al venderle un cargamento de rifles saboteados? ¿O por sobornar a sus carceleros y fugarse a París en el 32, cuando estaba preso en Madrid? ¿O por ser su bolsillo el que pagara el alquiler del ‘Dragon Rapide’, el avión que trasladó a Francisco Franco de Canarias a Marruecos para encabezar la revuelta militar en el frente meridional? Argumentos no le faltan a Orta, consciente como el que más que desempolvar estas historias significa tocar material sensible. Sobre todo en los marcados confines de Mallorca. “Hace unos años la familia llegó a comprar todos los ejemplares de una biografía no autorizada de Joan March [fallecido en 1962 por las heridas que le causó un accidente de automóvil; tenía 82 años]. Se censura toda publicación que se salga de la línea que le dibuja como un benefactor para la isla. Es cierto que también tuvo ese perfil de mecenas: por eso es tan interesante este personaje a nivel narrativo”.

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El conde Rossi, en Manacor, tras derrotar a los republicanos del capitán Bayo.

Ortas cree que Joan March es un personaje “ideal” para protagonizar el guión de una película sobre la República

Sin embargo, es la “ausencia de nuevos géneros a la hora de narrar en el cine esa época” lo que parece preocupar por encima de todo a este profesor cinematográfico. “Si Tarantino ha hecho un Western sobre la II Guerra Mundial, ¿por qué no lo podemos hacer nosotros con la República? Imagina, el forastero anarquista que llega a un pueblo rural de la España republicana con la idea de colectivizar las tierras de cultivo. Ahí hay tensión, hay drama”, expone. Para Ortas, la vía iniciada por filmes como La Vaquilla (Berlanga, 1985), donde cabe la comedia para explicar esa década de esperanza y masacre, “está superada”. “Hacen falta nuevos códigos para explicar aquello. Lo peor que nos ha pasado es que se ha convertido aquella época en un género. ‘¡Otra peli sobre la Guerra Civil’, escuchas decir. Está muy bien la comedia o el drama carcelario, pero hacen falta pelis de espías, pelis sobre el exilio o, fíjate, de cómo se protegieron los cuadros del Museo del Prado. Hay que revitalizar ese período a nivel cinematográfico. ¿Por qué? Porque el celuloide ayuda a cambiar nuestra realidad”.

El ejemplo de ‘Fresa y chocolate’

El ejemplo que pone el director mallorquín a continuación es tajante: si Fresa y chocolate (Gutiérrez Alea y Tabío, 1994) consiguió romper el tabú –y rebajar la represión– que pesaba en Cuba sobre la homosexualidad, ¿por qué no restaurar los principios fundacionales de la Segunda República española mediante el séptimo arte? “Si no fuéramos tan peligrosos, no tendrían tantas ganas de censurar según qué cosas y en países como Irán la gente no se jugaría la vida para hacer cine. Si te fijas, existen muchas más películas sobre la Guerra Civil y la posguerra que sobre el período democrático que hubo justo antes”, comenta Ortas. En una época en la que los valores democráticos y las libertades individuales a las que aludían los protagonistas de Memòria i oblit… “están en serio riesgo”, Ortas se lamenta hondamente: “Vivimos en un país en el que no se pueden excavar unas fosas, identificar unos huesos y volverlos a enterrar. No nos tiene que extrañar que una cadena de ámbito nacional, ni siquiera la pública, apueste por un formato como la serie que produjimos en Balears. En las noticias no suele verse a unos etarras arrepintiéndose de sus crímenes y pidiendo perdón a las familias que destrozaron. Eso ocurre y no sale. Así, ¿permitirían que unos falangistas, muchachos manipulados en bastantes casos, a los que pusieron una pistola en la mano para que ajustaran cuentas, se arrepientan de la represión franquista? Es triste, pero tenemos que seguir luchando para que se acabe un olvido que ya dura muchas generaciones”.

Los responsables de Cinètica creen que los grandes medios ocultan deliberadamente el arrepentimiento de exfalangistas que asesinaron a inocentes durante la Guerra Civil

 

Epílogo

Diciembre de 2011. José Ramón Bauzá ha arrasado unos meses atrás en las elecciones autonómicas del archipiélago balear. Su mayoría absoluta le permite devolver el poder político, cuatro años después de la derrota de Jaume Matas, al Partido Popular en unas islas en las que solo Formentera (“Que fue campo de concentración durante los años 40, aunque muchos no lo sepan”, recalca Luis Ortas) no ha vivido una victoria de las siglas de la gaviota. Tiempo de reajuste. Según Ortas y De Echave, no solo en lo económico. Cuando se decidió cancelar las emisiones de la desfalcada TV Mallorca, también se ordenó la destrucción de los archivos físicos que almacenaban los 18 episodios de ‘Memòria i oblit d’una guerra’. Una mano amiga los indultó cuando ya estaban empaquetados camino a la incineradora. La revolución tecnológica, por su parte, facilita a que la llama de la memoria no se extinga. A través de www.cinetica.tv pueden verse en alta calidad desde cualquier ordenador con conexión a Internet.

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