Pedro Sánchez, el pobre, es precioso como un globo aerostático flotando sobre un prado. Vemos rápidamente que en él no hay más que telas y vacío, eso sí, telas diseñadas al milímetro con colores bellos y evocadores. Su quietud es evidente, por eso nos sorprende que vaya ascendiendo poco a poco.

Uno no sabe cómo una estructura tan alta y tan falsa consigue levantar el vuelo. Dicen que trabajan para el líder socialista los mejores artesanos del helio, que amasan con Prisa toneladas de aire y lo hacen crecer en las encuestas, que son, a la vez, el gas noble más potente. Lo han inflado tanto que se le ha tersado la cara, le han brotado unas cuantas canas y hasta se le han puesto los ojitos visionarios de Obama, las orejas duras de un hombre de Estado con bandera y los morros apretados e indagadores de quien se sabe viviendo en un eterno contrapicado.

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Algo queda, no obstante, del chico que se destrababa la lengua escupiendo propuestas que el partido desmentía a la carrera. A veces, se le ve un poco incómodo y a disgusto porque ya no le dejan despachar a los medios con esos lamentables juegos de palabras que tanto lo excitaban: esos golpes verbales, esas comparaciones efectistas que rozaban la magia de los anuncios de detergente. Qué gozada. Después de decir, por ejemplo, “ni los de Podemos son tan castos ni yo tan casta”, sus sienes se apaisaban, orgullosas, abrumadas por la fingida humildad de quien acaba de ganar un duelo a florete. Ahora, de tanto en tanto se desquita inventándose historias, contando vidas de limpiadoras, de Juanas y Valerias, y entonces al Secretario General se le sube a las cicatrices del acné un calorcito de satisfacción evangélica.

Las cejas concesivas o lastimeras, el gesto contento y triunfal de quien confía plenamente en que ha cautivado al espectador. Estas cosas se notan y dan un poquito de vergüenza. Pero, claro, al pobre lo han diseñado para eso, él no tiene culpa. De cualquier manera, poco importa ya: ciertos medios lo ensalzan desde hace meses, pulen y barnizan su metro-noventa de inconsistencia ideológica y le aplican buenas paletadas de prestancia institucional.

Podría pensarse que el PSOE se equivoca, que no pinta nada un líder elaborado a base de modernidad templada y norteamericana en un momento político tan visceral. Sin embargo, los españoles ya tenemos las ideas del caos y el desastre inoculadas y, cuando lleguen las Elecciones Generales, el temor a lo diferente y ese instinto patrio de ser rebeldes siempre que no nos levanten del sofá harán que muchos españolitos contemplen con simpatía y alivio a ese personaje que flota, vacío, vulnerable a cualquier brisa, sin provocar miedo ni esperanza.

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