A mí a Nueva York me obligó a mudarme Patti Smith. No a golpe de pistola, sino chantajeándome en su libro Éramos unos niños con una escena costumbrista de la que era imposible no querer formar parte aunque fuera como árbol en Central Park, pero harta distinta de la que encontré. Ni la puerta del piso alquilado estaba abierta, ni el ricitos de Robert Mapplethorpe yacía tendido en la cama. Fue una rubia con el pelo planchado quien me abrió la puerta cuando se disponía a marcharse. Como no iba a perder su vuelo a Miami por mí, sólo tuvimos tiempo de intercambiar escuetos “nice to meet you” separadas por su ciento diez de pecho, cortesía de su exprometido. La talla y la identidad del pagano me las confesaría a la vuelta en la misma ocasión en que se sinceraría sobre su nariz esculpida por un cirujano que la exhibía en congresos de cirugía plástica como su obra maestra. Michelle era la hermana pequeña de Irene, quien sí me mostró los aposentos donde iba a alojarme: un trastero con una cama a un lado y al otro, un montón de basura que parecía recolectada por alguien con síndrome de Diógenes. Como bienvenida, tuvo la amabilidad de ofrecerme un chupito de wheatgrass (la traducción es pasto de trigo, pero juro que el nombre en inglés y el aspecto me hicieron creer que estaba bebiendo césped) mientras enumeraba todas sus propiedades. Irene y Michelle eran neoyorquinas de origen ruso y nada tenían que ver con Patti Smith, ni Robert Mapplethorpe, ni Jim Carroll, ni Lou Reed.

El blanco y negro es cosa del pasado. Nueva York luce ahora a todo color mal que les pese a los fanáticos de los filtros retro de Instagram. Aterricé en el Aeropuerto John F. Kennedy como testigo ocular de clichés ya desaparecidos por la rapidez con la que la ciudad cambia de decorado. Esa evanescencia y la obsesión por capturarla es la que sigue reteniendo en la gran manzana a Daniel Arnold, natural de Milwaukee, desde que se mudara en 2003: “Parpadeas y el sitio ha desaparecido por completo y el único lugar en el que existe es en tu cabeza o en tus fotos o en cualquier manifestación creativa que tengas en tu vida. La Nueva York de mi cabeza probablemente no existe”. Autoapodado “el paparazzi de los desconocidos” se gana la vida sacando fotos a incautos sin pedirles permiso. Todavía nadie le ha zurrado pero no le han faltado candidatos.5-21-2015Cuando los retratados le pillan in fraganti, la mayoría de veces deslumbrados por el flash, pide perdón por las molestias y justifica el disparo con un cumplido: “Tú haces que Nueva York luzca como siempre he querido que luzca”. Esto es: con gemelas ya creciditas vistiendo idénticos atuendos, con Spiderman y un ciudadano de a pie consolando a Batman, con una cuadrilla de adolescentes con sus cabezas cubiertas por hiyabs púrpuras haciéndose selfies, con un hombre con un parche en el ojo coloreando la ilustración de un gorila en un cuaderno pinta y colorea o con un viejo repartiendo caramelos a niñas uniformadas a la salida de un colegio. No existe documento gráfico de aquella vez que las disculpas y el cumplido no bastaron, el sujeto en cuestión arrancó el carrete de la cámara y lo tiró.

Daniel Arnold sale a la calle con una cámara pero sin expectativas concretas y camina fotografiando a diestro y siniestro durante horas que exceden la jornada laboral común. Confiesa que se ha vuelto un yonqui. Cada día necesita una fotografía nueva de la que sentirse orgulloso. Prioriza el fondo a la forma: “Mis fotos realmente no tratan sobre fotografía, tratan sobre personas”. En su casa examina el resultado y sube las mejores a Instagram (@arnold_daniel). La aplicación le concedió a la galería de su iPhone el aura de seriedad que él mismo le denegaba. Su cuenta actual de Instagram sucede a la original, con su nombre en orden (@daniel_arnold), abierta en 2011 y censurada por la imagen de dos bañistas tomando el sol en topless en la playa Fort Tilden. La víspera de su trigésimo cuarto cumpleaños desmintió que nunca segundas partes fueran buenas. Con 40 dólares en el banco y sin saber cómo pagar el alquiler, colgó un mensaje en Instagram anunciando que durante ese día ponía a la venta impresiones de 4×6 de cualquiera de sus fotos por 150 dólares. Al final del día era 15.000 dólares más rico. La revista Forbes se hizo eco de la noticia. Luego vinieron los encargos del New Yorker, Vogue y Vice, las exposiciones y los miles de seguidores que le convirtieron en un fotógrafo profesional.

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Su deseo voyeur le impide respetar la distancia prudencial con los fotografiados. Los años que lleva en Nueva York le han dado licencia para presionar hasta que alguien diga basta. Dispara desde una proximidad que iguala a los asistentes de la Gala Met con los ocupantes del metro. A través de su objetivo lo cotidiano se vuelve sublime y lo sublime, cotidiano. Le han criticado por subir fotos de rostros desfigurados y cuerpos deformes, pero él no entra en polémicas, prefiere que las imágenes hablen por si mismas. No esperen, pues, asistir a un freak show, para Daniel Arnold todo el mundo tiene potencial para ser una musa sin necesidad de un posado. Cada una de sus fotografías es un tratado antropológico que ovaciona al individuo de la multitud.9-8-2014Después del chupito, Irene prometió llevarme a comer pizza al mejor restaurante italiano del barrio. Tuve que decirle que hasta ahora allí sólo había visto supermercados chinos y patos laqueados en los escaparates y que tampoco estaba yo como para cruzar la ciudad en busca de un trozo de pizza. Me contó que antes de que los chinos se instalaran en Bensonhurst, la comunidad italiana que había era la más numerosa de Brooklyn, pero que la mayoría se había mudado a Nueva Jersey y que los negocios de la mafia habían sido desmantelados. Tony Soprano estaba en Nueva Jersey, claro. Pero Tony Soprano no existe. Ni tampoco Robert Mapplethorpe, ni Jim Carroll, ni Lou Reed. Pero Patti Smith sigue empeñada en que ustedes pasen y vean.

Fotografías: Daniel Arnold (Instagram)

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