1.

Mi mujer se ha vuelto feminista. Entrados los treinta, se despertó en ella una conciencia más intensa de sí misma como mujer. Durante el pasado otoño se sintió iluminada, presa de un fulgor feminista. Ella, que siempre había tenido dificultades para sentirse parte de algo más grande que ella; que siempre había ansiado tener un grupo al que pertenecer y había fracasado en los escenarios que le había presentado la vida, como el colegio o la universidad; que atravesaba un momento de su vida en el que se sentía un tanto perdida; de pronto sintió el orgullo de ser mujer, se sintió poderosa, madura y capaz de muchas cosas, y sobre todo, se sintió hermanada con el resto de mujeres del mundo.

Por mi parte, yo asistía a este cambio en ella con curiosidad y orgullo. Nos acompañamos en el viaje que son nuestras vidas, y admiro la manera en la que va ella creciendo, tanto hacia afuera como hacia adentro.

De forma paralela, fui advirtiendo ciertos cambios en nuestra relación. Insistía en leerme pasajes Cómo ser mujer de Caitlin Moran y de Teoría King Kong, de Virginie Despentes, y me ha animado a que yo leyera también Idiotizadas, el último cómic de Moderna de Pueblo. A mí me divertía esa forma suya de entusiasmarse con las ideas y querer compartirlas conmigo. Durante los meses que vivimos en Barcelona, me pidió que la acompañara a una manifestación en contra de La Manada. No recuerdo el motivo por el que no pude o quise acompañarla, pero ella volvió emocionada: estaba llena de mujeres como ella.

En ocasiones sin embargo me ha hecho sentir mal conmigo mismo. Me ha acusado de machista por algunos comentarios (unas veces opino que con razón y otras sin tanta), aunque cuando lo hace se apresura a añadir, en tono circunspecto: no pasa nada, yo también lo soy, todos lo somos, lo importante es que nos demos cuenta.

Hace unas semanas emitieron en la tele El lobo de Wall Street, la película de Scorsese, que en su momento me había parecido colosal, desternillante y frenética, como una anfetamina. La vimos juntos y mientras yo tenía ganas de reírme, ella permanecía seria y callada. Luego me confesó que le preocupaba que yo fuera uno de esos hombres que desean ser como Leonardo di Caprio y su jauría de pecadores capitales y capitalistas.

Otras veces he sido yo el que me he autocensurado. A raíz del estallido del caso Harvey Weinstein, de la reactualización del caso Woody Allen, me he descubierto sin atreverme a hablar con ella con la confianza y desparpajo con la que hablamos sobre cualquier otro asunto. En una ocasión quise compartir con ella mi opinión de que la campaña de #MeToo contra del acoso sexual corre el riesgo de meter a tíos pegajosos, sobones y babosos en el mismo saco que violadores y depredadores sexuales. Sin embargo, a medida que hablaba e iba escuchando mis propias palabras, yo mismo comencé a justificarme y matizar y suavizar mis posturas, autocensurándome otras opiniones todavía más controvertidas, de tal forma que, tan pronto como acabe mi razonamiento, y antes de que ella hablara, comencé yo mismo a disculparme por mis propias ideas machistas.

2.

Lo cierto es que yo también me considero feminista. Me relaciono con mi mujer en concreto y con las mujeres en general con respeto e igualdad. Como psiquiatra, estoy convencido de que las personas nos definimos y se nos ha de juzgar no por nuestras ideas ni palabras sino por nuestros actos. Lo que cuenta es cómo nos comportamos con nosotros mismos y con los demás, ese es nuestro legado. Por otra parte, conozco las tesis feministas y estoy de acuerdo con la mayoría de sus reivindicaciones.

Me considero feminista, pero no lo digo por miedo a que alguien me reproche que yo no soy feminista. Tengo la sensación de que un hombre no pueda declararse a sí mismo feminista, como si ese fuera un título o distinción que los hombres no pueden gozar, a menos de que una mujer feminista se lo conceda. Si me preguntaran, dudaría sobre cómo debería definirme. ¿Estoy legitimado a autoproclamarme feminista? ¿O debería decir que soy aliado feminista? ¿O tal vez profeminista? ¿Hombre sensible a las cuestiones de género? ¿Hombre no-machista? Da la sensación de que ni siquiera las feministas se ponen de acuerdo en este asunto. Por eso me sorprendió sobremanera aquel español que salió en Salvados, guerrillero que combatía contra el Daesh en Raqqa, y que cuando Jordi Évole le preguntó qué hacía allí, él se definió como feminista. Me admiró más su osadía para proclamarse feminista que el hecho de que estuviera jugándose la vida en Siria con un kaláshnikov entre las manos.

Yo en cambio me guardo habitualmente de emitir mis opiniones sobre temas de género por miedo a meter la pata, o que se me malinterprete, se me juzgue, y caiga sobre mí la acusación de machista. Especialmente cuando me encuentro en un ambiente queer (que me es conocido), o entre feministas, me noto en tensión, sobrealerta. Es parecido a cuando me cruzo con un coche de la policía: reduzco la velocidad instintivamente y repaso mentalmente que llevo todo en regla.

A veces pienso que cualquier opinión que emita un hombre que en su enunciado conste la palabra “mujeres”, es sospechosa de machista hasta que se demuestre lo contrario. De hecho, puedo imaginarme los entrecejos fruncidos de las mujeres que lean este texto, los ojos amusgados de feministas que juzgarán si este artículo pasa la censura o debe ser condenado por protomachismo. A mí mismo me sorprende mi audacia en este momento.Feminismo4_Pablo-Cobos3.

Me dan un poco de miedo las feministas. Y ahí está el quid de la cuestión. Ampliando la observación de lo particular a lo general diré: a los hombres nos dan un poco de miedo las feministas. Ningún hombre está lo suficientemente seguro de no poder ser juzgado como machista. Ni siquiera las mujeres pueden estarlo.

He llegado a la conclusión de que con el feminismo/machismo, sucede parecido a lo que sucede en las religiones: los puros/impuros, cristianos/pagano, musulmán/infiel. El mundo se dicotomiza. Es la vieja y peligrosa dialéctica de buenos y malo, blanco y negro, cielo e infierno. Lo mismo que con las ideologías: ario/judío, comunista/burgués, independentista/no-independentista. La sociedad funciona así en un modo paranoide, como describe el psiquiatra Pedro Cubero en su obra El grupo paranoide. Y cuando la sociedad funciona bajo estos supuestos culturales, los derechos del ser humano individual se resienten. Nadie está a salvo. Todo el mundo corre el peligro de ser acusado. Porque nadie es lo suficientemente puro. La acusación del machismo sobrevuela como un fantasma, como antes sobrevolaba la acusación de impuro, infiel, burgués o judío. Como en 1984, de George Orwell, nadie está seguro de ajusticiado por la policía del pensamiento, que en nuestro mundo acusa y ordena represalias desde Twitter, Facebook, redes sociales, medios de comunicación. Por eso, la postura más sensata y precavida es la que adopta Winston Smith, el protagonista: estarse calladito y dialogar solamente uno con uno mismo. De lo contrario, te la juegas.

Michael Haneke, director de Amour, cargaba recientemente en una entrevista contra este nuevo puritanismo que odia a los hombres y critica la caza de brujas. Más que brujas, brujos. Y lo peor es que a menudo la condena llega sin juicio previo. Ahí van las feministas ya con las antorchas, dijo el otro día un conocido mío. Como en tiempos de la Inquisición: cuando se trataba de averiguar la culpabilidad o inocencia de una persona acusada, se le sometía a una ordalía. Al desgraciado se lo metía en una hoguera: si se quema: bruja, sino se quema: inocente. Existen otras variantes como la del agua hirviendo o los hierros candentes. Pero eso es otra historia.

A principios del siglo XX, Sigmund Freud describió la angustia de castración: un miedo constitucional de los hombres a que alguien más poderoso les cercene el miembro viril, o en un sentido más alegórico, lo que éste simboliza: poder, superioridad, virilidad, (y de forma paralela, describió la envidia de pene en las mujeres, que se sentirían inferiores a los hombres por no tener falo). No hace falta que explicite lo machista que me parece esto (¿o sí?). Traigo esto a colación porque, a principios de siglo XXI y con el cambio del Zeigeist, el espíritu de los tiempos, ha surgido un nuevo complejo en los hombres: la culpa de pene. Así es: muchos hombres nos sentimos culpables por el hecho de serlos. Una culpa que está emparentada con la white guilt, la culpa por ser blanco en un mundo racista, o la culpa de ser heterosexual en un mundo que desgraciadamente sigue siendo homófobo, aunque ahora con sordina.

En este conflicto social, los hombres nos sentimos los malos de la película. Y, salvo a los perversos (y esos son muy pocos) a nadie nos gusta sentirnos malos. Esto es casi un axioma psicológico. ¿Qué hace una persona cuando se siente acusada, señalada, cuestionada, criticada, etcétera? Ponerse a la defensiva: levantar el escudo. Esa es la sensación que tengo en mi trabajo como psiquiatra. Fuera y dentro de la consulta veo a muchos hombres asustados y la defensiva. Con una diferencia: los mayores de cuarenta están asustados y enfadados, los menores de cuarenta, están asustados y perdidos.

Todo lo cual, me llevó a rumiar en los meses previos que algo mal están haciendo las feministas. Algo mal deben estar haciendo cuando tienen a los hombres enfadados o desorientados; cuando muchas mujeres, a las que pretenden representar, les miran con recelo y se defienden al ser preguntadas: eh, que yo no soy feminista; cuando, a pesar de estar luchando por causas justas, están logrando poner mucha gente en su contra; cuando hay les insultan de feminazis y a algunas personas les parezca atinado el neologismo.

Pero, ¿el qué?Feminismo5_Pablo-Cobos5.

Tengo un grupo de WhatsApp con mi mujer y uno de mis mejores amigos. Al principio era un grupo superficial y ameno, donde básicamente nos dedicábamos a criticar a gente conocida, ponernos de acuerdo para salir los fines de semana y comentar la jugada el día después, a veces nos enviábamos un artículo, o una canción. Lo típico, nada demasiado trascendental, pero gozoso al mismo tiempo. Sin embargo, desde el juicio a La Manada, el grupo se llenó de prolijos y sesudos debates en torno al caso. Han sido discusiones vehementes y fervorosas en las que mi mujer se rasgaba las vestiduras cada vez que el juez tomaba decisiones difícilmente comprensibles ni justificables y mi amigo ejercía de abogado del diablo pidiendo que se respetaran la presunción de inocencia y se mantuvieran las condiciones para realizar un juicio justo. La mediatización del caso y su duración les permitió dilatar el debate durante meses, el cual les permitía a su vez manifestar y enuncia sus teorías psicológicas, sociológicas y políticas en torno al problema del machismo. Yo guardaba la esperanza de que mi mujer pudiera hacer cambiar de opinión a mi amigo en cosas que me parecían impepinables.

Sin embargo, nada de eso ha pasado. El combate de boxeo se sigue jugando, los rounds se suceden cansinamente, se dan hostias retóricas con más pasión que eficacia, sin lograr noquearse el uno al otro, y conmigo como único público y árbitro, papel que interpreto con desidia, pronunciándome únicamente para sancionar algún golpe feo o señalar el ganador por puntos al final de la jornada. Se me ve el plumero y más frecuentemente me pongo de parte de mi mujer y sus argumentaciones antimachistas, aunque mi amigo es muy a menudo elocuente, sus argumentos suelen estar bien construidos y a menudo dan en el blanco: encuentra los puntos flacos de su contrincante. Por lo demás, por mí como si se matan. Cuando miro el móvil entre paciente y paciente, descubro a menudo más de cien o doscientos mensajes y como no encuentro fuerza ni interés en leerlos todos, les suelo pedir un resumen. Y es que es que lejos de ponerse de acuerdo o encontrar puntos de encuentro, lo que ha sucedido en estos meses es que cada día parecen más lejos de entenderse. Las declaraciones de mi amigo, para disgusto mío, se han ido radicalizando y tornándose incendiarias: el feminismo esclaviza a las mujeres, el feminismo infantiliza a las mujeres, el feminismo es una droga. Mi mujer por su parte se ha ido cabreando cada vez más con los hombres, y no estoy seguro de que su opinión sobre ellos sea demasiado buena en este momento, lo cual me preocupa todavía más que la radicalización de mi amigo. Cruzo los dedos para que esta opinión me excluya a mí, su cónyuge.

Situaciones como esta le han llevado a mi mujer a comenzar a sentirse un tanto decepcionada con el problema machismo/feminismo. Ella quería compartir con sus amigos, muchos de ellos hombres, lo que estaba sintiendo y entendiendo en este momento particular de su vida, pero la respuesta que obtenía nunca era la que ella esperaba. Cuando se lanzaba a defender en una fiesta o en un bar lo que había ido aprendiendo, descubría a menudo que se había quedado sola con sus argumentos. Lo más duro para ella era escuchar como algunos o algunas le decían: se ha vuelto feminista, ya se le pasará, como si fuera una moda. Era doloroso, se sentía incomprendida. “A las personas no les suele gusta que cambies, aunque se tiren toda la vida pidiéndotelo”, me escribió el otro día.

6.

Me encontraba en una clase de psiquiatría acerca de Entrevista Motivacional cuando por fin creí comprender qué es lo que las feministas están haciendo tan mal.

En el ámbito de la psiquiatría, los alcohólicos y drogodependientes, han sido considerados tradicionalmente pacientes mentirosos, manipuladores, que a menudo boicotean cualquier tratamiento que los médicos les ofrecían consiguiendo desesperar y enfadar a los profesionales y a los familiares. Este panorama se encontró William R. Miller cuando comenzó a ejercer la psicología en Estados Unidos en la década de 1970. Él se dio cuenta de que, cuanto más trataba el médico de orientar al paciente y decirle lo que tenía que hacer, más parecía resistirse el paciente a abandonar su adicción. En vez de solucionar el problema, lo que hacían los profesionales era agravarlo. Lo que concluyó Miller es que si te dedicas a decirle a una persona por qué debe de cambiar, lo único que vas a conseguir es que él se dedique a decirte por qué no debe cambiar. Cuanto más le empujes a cambiar, más se va oponer al cambio. Miller propuso una forma diametralmente opuesta para abordar estos casos. En vez de hacer que los pacientes les escucharan a ellos, lo que los médicos deben de hacer es escuchar ellos a sus pacientes. El paciente no quiere sentirse atacado, sino comprendido. Si quieres que alguien cambie, no te puedes oponer a él. Debes colocarte a su lado. No ser su enemigo, sino su aliado. La idea parece simple, pero es lo contrario de lo que se venía haciendo.

Casi al mismo tiempo, los psicólogos Prochaska y DiClemente, postularon un modelo transteórico del cambio, con el que lograron responder a una de esas preguntas universales, que se preguntan los filósofos y también la gente en la peluquería: ¿cambia la gente? Sí, cambia, responden Prochaska y DiClemente. Pero para que la persona puede lograr cambiar es imprescindible que encuentre sus motivos para cambiar. La gente no cambia cuando otra persona le da motivos para cambiar, la gente cambia cuando encuentra sus propios motivos. Así, una persona no deja de beber o drogarse porque el médico se lo diga, ya sabe lo que el médico le va a decir, cual es la opinión del médico respecto al alcohol o las drogas. Lo dejará cuando él mismo se diga a sí mismo que lo quiere dejar, y eso lo hará, por ejemplo, por no fallar a sus hijos, o a sus padres, o para que su mujer no le abandone, o porque se está arruinando, por ejemplo.Feminismo2_Pablo-Cobos7.

Algo de esto pienso que nos pasa a los hombres con las feministas. Se comportan en cierta manera parecido a aquellos médicos con los pacientes alcohólicos: se enfrentan a ellos en vez tratar de escuchar lo que puedan decir; les dan sus motivos de por qué debe cambiar la sociedad, pero no se detienen a preguntarse y descubrir cuáles pueden ser los motivos de los hombres para cambiar; y cuanto más se enfrentan, discuten y argumentan, más hombres se ponen a la defensiva, y más se convencen de sus propios argumentos para no hacer caso a las feministas. Es lo mismo que sucede entre mi mujer y mi amigo: cuantos más argumentos esgrime mi mujer, con más contraargumentos se defiende mi amigo, sus opiniones cada vez están más distanciadas y enfrentadas.

Una revolución feminista que no cuente con los hombres tiene todos los visos de fracasar. Aun en el caso de que triunfara, ¿compensa a las feministas hacer una revolución con los hombres en contra? Para mi mujer, no. Después de la ilusión inicial, en este momento se siente un tanto decepcionada. Ya no habla alto en las discusiones, ni se pone confrontadora. Tiene la sensación de que eso no sirve. “A mí los hombres me encantan. Quiero que sean mis amigos, no mis enemigos. Yo no quiero ir a ninguna parte sin ellos”, me escribió. Se encuentra expectante. Ha dado un paso para atrás, aunque intuyo que únicamente para coger impulso.

En lo que a mí respecta, opino que los hombres tenemos muchas razones para querer adentrarnos en una sociedad más igualitaria. También los hombres somos víctimas de una sociedad machista. Seríamos más felices liberándose de los códigos de conducta del heteropatriarcado, que nos someten a unas formas de sentir, pensar y actuar, aunque no veamos las cadenas. Nos compensa, aunque solo fuera para podernos llevar de nuevo bien con las mujeres.

Todavía no se oye hablar mucho de esto, pero la masculinidad se encuentra en crisis por primera vez en aproximadamente tres mil años. Ya lo he dicho antes: hay muchos hombres que se sienten perdidos. Durante siglos, los hombres supieron cómo debían de ser hombres y las mujeres sabían cómo debían de ser mujeres. Pero estos modelos de hombre y de mujer en los últimos cincuenta años se han quedado obsoletos, son inútiles, trastos del pasado. Las mujeres están encontrando nuevas formas de ser mujeres, en las que puedan tener los mismos derechos, oportunidades, más igualdad. Y eso es genial. Pero, ¿y los hombres? Ya nadie quiere ser James Bond, Frank Sinatra, ni Humphrey Bogart, ni Ernest Hemingway. ¿Cuáles son nuestros referentes? ¿A quién se desean parecer los adolescentes de esta década ¿A Cristianos Ronaldo? ¿A Pablo Escobar? ¿Amancio Ortega? ¿Justin Bieber? ¿C. Tangana?

¿Cómo se hace para ser hombre en el siglo XXI? Esa es otra pregunta a la que me gustaría saber responder.

8.

La revolución feminista será amable con los hombres o no será.

Esta es mi conclusión.

Mansplaning, me temo. Machoexplicación.

Y ahora me voy preparando para vuestr@s comentarios.

Con una sonrisa.

Que sea mutua, por favor.

9.

Post Scriptum. Di a leer a mi amigo y a mi mujer el primer borrador de este artículo. Mi amigo me contestó por el grupo de Whatsapp: “A las feministas no les va a gustar, desde luego. A los hombres como yo tampoco. O sea que te ha quedado un artículo para tibios socialdemócratas”. Mi mujer también me contestó por el grupo: “A mí me parece más guerra de sexos. Yo esperaba un artículo esperanzador. Que nos uniera un poco”. Lo he revisado y reescrito dos veces. He tratado de ser menos provocador y sabelotodo, y más humilde y sugerente. También me pide que reflexione y responda cuales son mis motivos para ser feminista. Pero eludo la pregunta. Eso tendrá que ser respondido en otro artículo.

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